Los Estados Unidos Bananeros

El asalto al capitolio para George W. Bush le recuerda más a una "república bananera" y no a la "república democrática" como los EE.UU.

Es un espectáculo repugnante y desgarrador. Así es como se disputan los resultados de las elecciones en una república bananera, no en nuestra república democrática”. ¿Quién es el autor de estas palabras?

Ni más ni menos que George W. Bush, el ex alcohólico y cristiano renacido, ex gobernador de Texas (feudo de los Bush), y quien se convirtió en el cuadragésimo tercer presidente de su país, gracias a los corruptos resortes políticos de esa república bananera llamada Estados Unidos.

El mensaje de Baby Bush se dio luego del asalto al Capitolio cometido por las hordas más radicales de Donald Trump, ese otro clown de la política contemporánea.


Hasta antes de la llegada de Trump, Bush había sido el epítome del ridículo sentado y despachando en la Oficina Oval.

Moneros y comediantes hicieron escarnio del incompetente hijo mayor del clan Bush; quien llevó a su país al pantano de la guerra en Oriente Medio, no pudo gestionar el desastre causado por el huracán Katrina y propició el inicio de la Gran Recesión, en 2008.

Además de perder la votación popular ante Al Gore en 2000, la ingeniería política republicana maniobró para detener el recuento de votos en Florida, que de haber finalizado, pudo haber decantado a ese estado en favor del demócrata (¿Y quién era el gobernador de Florida en ese momento? Respuesta: Jeb Bush. ¿Así o más bananero el asunto?).

La república bananera con capital en Washington sirvió a los intereses de un personaje mediocre, que prometió bajar impuestos (denominación de origen de los republicanos) y dar más poder al Ejército (cuna de halcones), que llegó a jurar la Constitución gracias a esos corruptos resortes, aceitados por el dinero de los grandes contribuyentes, que esperan una legislación favorable a sus intereses o al menos colocar a sus ejecutivos en puestos clave del gobierno, con la política de puertas giratorias.

Pero Bush palidece ante el hombre del peluquín.

Donald Trump ha echado a la calle a ese segmento rabioso de radicales wasps, rednecks que ven peligrar su hegemonía ante un país cada vez más mestizo y multirracial (perdón por el anacronismo, pero es un término que sigue funcionando).

Hace algunos años escribí una reseña de El casamiento de Raquel, cinta de 2008 del extraordinario Jonathan Demme. En aquel momento, a días del triunfo de Obama, la película apostaba por ser una profecía de un Estados Unidos que se deslizaba hacia una sociedad marcada por la pluralidad, el progresismo y la mixtura.

Pero los supremacistas blancos –anglosajones–protestantes (por Lutero y sus derivados) no se iban a rendir tan fácil.

El perfil inédito de Trump acabó gustando a esos wasps que prefieren a un tipo tres veces divorciado y declarado maniaco sexual, pero que promete levantar un muro para frenar la ola de migrantes indocumentados (tan indispensables para el funcionamiento de la vida en Estados Unidos (acuérdense de la cinta de Sergio Arau Un día sin mexicanos)).

La xenofobia, el racismo y el supremacismo son la guía espiritual de este segmento de la población gringa, aterrada ante la posibilidad de seguir perdiendo terreno en la arena política, social y económica del país que fundaron sus abuelos.

A lo peor de ese segmento apeló Trump para triunfar en 2016. Esas hordas intransigentes, que odian todo tipo de control, ante su aversión a lo que para ellos tenga un ligero aroma comunista (para ellos Bernie Sanders es la reencarnación de Marx) son las que han puesto en jaque al gobierno federal en la recta final de la administración Trump.

Hace décadas fue la gestión de la United Fruit Company en los países centroamericanos la que inspiró a O. Henry a acuñar el concepto de “república bananera” a la que aludió Bush Jr..

Ahora, esa expresión despectiva, acuñada gracias al intervencionismo económico y político de los Estados Unidos, se materializa en pleno Washington, con elementos de la Guardia Nacional durmiendo en el Capitolio, ante la amenaza que suponen personajes tan estrafalarios, extremistas y peligrosos como Q–Shaman. Ahora mismo detenido en una prisión y que se niega a alimentarse porque la comida que le dan no es orgánica. Genial, sencillamente genial el asunto.

Pero el también autodenominado Yellowstone Wolf es una caricatura si se compara con los Proud Boys o quienes están detrás de QAnon.

Ese es amplio espectro de los Estados Unidos Bananeros que amenazan con recurrir a la vía armada, ante el miedo imaginario que sienten por las supuestas “amenazas” comunistas, de los migrantes o pedófilos satánicos que, según ellos, mandan en Washington.

La Noche de los Cuchillos Largos reloaded.