Martes, agosto 16, 2022
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Los años de la impunidad

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Vivir un siglo no debe ser fácil y, quizá, tampoco sea muy grato aguantarlo, aunque como lo dijo alguna vez Juan José Arriola: “Debe ser peor no llegar a esa edad”. Para los ejercicios de memoria pública hasta medio siglo puede ser un tiempo pertinente para poner a prueba sus capacidades de resistencia e incidencia. Para un Estado tiempo suficiente para establecer justicia y reparación.

Las prácticas narrativas y de memoria que giran en torno al presidente más longevo de la historia de México, señalan que ese sexenio fue uno de los más ambiguos, en los que la violencia política se “refinó” hasta ignominia y que el desarrollo estabilizador o milagro mexicano llegó a su fin.

Echeverría fue la última bisagra de la llamada familia revolucionaria acuñada por el PRI y sus antecedentes históricos. Con Echeverría el mito revolucionario y la constitución usada como aval del presidencialismo mexicano se reconfiguró.

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Echeverría fue el instrumento político que el régimen utilizó para suavizar, aunque fuera simbólicamente, el perfil semiautoritario del sistema político, la confirmación de la nación del asilo humanista, la mano dura para el conservadurismo y la burguesía empresarial mexicana antes del cambio de paradigma neoliberal. Echeverría fue el sexenio “amansa frenéticos”, de esa efervescencia de la segunda generación hacedora de la revolución armada socialista, fue el sexenio del último intento por mantener el narcotráfico como Estado paralelo a ras de una politización que asegure en el futuro la paz y la estabilidad económica, social y política de México y los países inmiscuidos en esos ilegales negocios.

Echeverría fue el último hombre de los tiempos difíciles, de los únicos sobrevivientes de ese México que pocos quieren recordar, seguro él mismo a sus 100 años no quiere y no ha querido recordar, testimoniar. ¿Será que 100 años son suficientes para alcanzar el olvido? Realmente olvidó el refinamiento de la ingeniería represiva estudiantil del 71, los sucesos del 68, a él le tocó cambiar la página y borrar todo eso que salió mal, él tenia que eliminar todo registro, toda huella. Sabía que tenía que terminar su sexenio sin verse en la necesidad de decir que se iba con las manos limpias de sangre, por eso extendió su mano limpia a los jóvenes. Él sabía que todo tenía que cambiar, lo hizo bien o lo hizo mal, la memoria ha dicho que ni bien, ni mal, sino todo lo contrario. Su reingeniería de la violencia para administrar nuestra democracia fue pésima, burda y cínica. A la medida de su poder. Así han sido nuestros presidentes, impresentables desde entonces.

El poder de la memoria convoca una y otra vez a recordar, para no repetir, convoca a creernos que es posible un “nunca más”, aunque ese poder que la memoria ejerce tiende a veces a flaquear y a borrar la esperanza de su posibilidad.

Más de cuatro décadas de que México se convirtió en un tártaro permanente, ese México en el que el infierno se estableció para nunca irse. Miles, cientos de violentados, asesinados y desaparecidos desde entonces, miles de voces que exclaman justicia y verdad por todos los rincones de la geografía nacional y nada, nunca pasa nada, ni justicia simbólica, retributiva, restaurativa, nada, ninguna justicia ha llegado.

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Echeverría a sus 100 años sigue siendo algo más que un holograma de hombre, es una radiografía que nos evidencia que la impunidad goza de plena salud y camina radiante entre nosotros. Cuántos regímenes precedieron a Echeverría, cuántas transiciones han pasado y no ha pasado realmente nada. Se abren archivos, se cierran, se escribe, se señala, se acusa, se escriben historias, se develan otras verdades, se hace ciencia, periodismo, documentales y nada. Son monólogos estridentes que han sido arrojados al perchero del desprecio y olvido. Anécdotas que dan cuenta de cómo opera la violencia como consenso de Estado y no pasa nada. Literatura dolorosa que se acumula en las estanterías de bibliotecas solitarias.

El éxito de esa lógica ha sido tal que es importante preguntarnos cuántos de nosotros, al igual que Echeverría, recordamos a Rodolfo Reyes Crespo, José Reyes Mayoral, Jorge Carrasco o Víctor Arias, decenas de personas más que fueron desaparecidas durante su sexenio.

Acaso olvidamos ya las bitácoras de los vuelos de la muerte en Pie de la Cuesta en Guerrero, la contrainsurgencia actuando discrecionalmente en todos los espacios rurales y en las calles y barrios de las grandes y pequeñas ciudades.

La longevidad de Echeverría nos indigna, no porque haya vivido tanto una persona que arrasó con la dignidad y aplastó los derechos humanos: genocida, asesino, traidor, son algunos epítetos que le han sido endilgados. Pero sin duda, lo que más indigna es el horror de vernos en el espejo de esa historia y saber que poco ha cambiado, nos abochorna saber que hemos fracasado al evitar que ese muy anhelado “nunca más” y el reiterado “que no vuelva a suceder”, sea algo realmente imposible de alcanzar en México. Echeverría es el rostro de nuestro presente, envejecimos como ese hombre que hoy finge olvido y simula demencia.

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