Viernes, julio 19, 2024

Lenguas indígenas en Tlaxcala: ¿qué hacer ante lo que pareciera ser su inminente desaparición? /Parte I

El pasado diez de enero trascendió en medios nacionales la triste noticia de que había muerto, a los 95 años, el señor Pedro Salazar, uno de los tres últimos “hablantes fluidos” del ixcateco, en Oaxaca. Esta lengua ha sido definida en varias ocasiones como un “idioma indígena que agoniza, que muere poco a poco”. Para los habitantes de la comunidad de Ixcatlán, el fallecimiento de Don Pedro ha sido motivo de mucha tristeza, pues no solo era de los últimos hablantes. También era un férreo promotor y defensor de su lengua y su cultura.

Para muchas comunidades de Tlaxcala, lo que ocurre en Ixcatlán no es tan lejano. Según las estadísticas oficiales del 2020 (INEGI), en nuestro estado hay 27,174 personas mayores de 3 años que hablan alguna lengua indígena. El náhuatl es practicado por 23,171 personas. Le sigue el totonaco, con 1,910; después el otomí (yuhmu) con 602 y el mazateco con 281 hablantes. De manera global, quienes hablan una lengua indígena en Tlaxcala apenas representan el 2.2 % respecto de la población total.

Las anteriores cifras podrían no ser tan desalentadoras, a menos que hagamos una somera revisión de la historia reciente. En 2015, INEGI registró 32,994 hablantes de una lengua indígena en el estado, es decir, el 2.74% de habitantes. La cifra oficial del yuhmu era de 736 hablantes y del náhuatl, 27, 518.

Estos datos confirman que, en cinco años, hay 164 hablantes menos del yuhmu, 4,347 menos del náhuatl y 5,820 hablantes menos del conjunto de lenguas indígenas en Tlaxcala. A esta velocidad, en veinte años o tal vez en un menor tiempo, las dos lenguas indígenas originarias de nuestro estado habrán desaparecido.

De hecho, el titular del INALI señaló en abril de 2019 que “de no emprenderse acciones de forma inmediata, las lenguas otomí o hñahñú y el náhuatl que son originarias de la entidad, desaparecerán”. También reconoció que uno de los factores que propician la desaparición de las lenguas originarias en Tlaxcala, corresponde a que históricamente los pueblos indígenas “han estado subordinados, excluidos y discriminados. Ha habido una política lingüística nacional de homogenizar, de castellanización, de considerar al español como la única lengua nacional, pese a que la ley dice que las lenguas indígenas también son nacionales y es una obligación de los estados y municipios tratarlas como tal”.

Este no es un fenómeno exclusivo de nuestro estado, pues se vive en muchas regiones indígenas del país y del mundo. En México se tienen identificadas 31 lenguas que enfrentan un riesgo mayor. Por su puesto, entre ellas están el náhuatl y el yuhmu de Tlaxcala. No deja de ser paradójico el hecho de que ambas pertenecen al grupo de lenguas indígenas con más hablantes en todo el país, aunque en nuestro estado tienen cada vez menos hablantes.

Aun cuando aparentemente el riesgo es menor para el náhuatl, ambas lenguas comparten un hecho preocupante: son ya muy pocos los jóvenes o niños que las están aprendiendo, salvo algunas palabras y frases sueltas en las escuelas que no posibilitan una comunicación fluida. También es cierto que, desde un punto de vista puramente numérico, el yuhmu enfrenta un riesgo mayor, pues de los 7,500 habitantes de Ixtenco, el único municipio en el que se habla, apenas unas 600 personas se comunican en esta lengua. Ello explica lo que señaló hace pocos días un hablante de esta comunidad: “el otomí de Ixtenco tiene los días contados”.

No es difícil prever, a partir de la realidad actual de las lenguas indígenas de Tlaxcala, si habrá un escenario favorable a futuro o si, por el contrario, el proceso de extinción a corto plazo para el yuhmu y a mediano plazo para el náhuatl, podría ser reversible. Lo que sí podemos asegurar es que, si la extinción se consuma, no habrá marcha atrás.

Ante la realidad que nos interpela, es necesario reconocer que para el diseño de lo que habrán de ser las nuevas políticas lingüísticas en el estado, no se puede partir de cero. Es urgente la realización de un diagnóstico sociolinguistico participativo en cada comunidad, que deberá considerar los factores principales que estableció el grupo de expertos de la UNESCO para evaluar la vitalidad y el riesgo de una lengua, además de iniciativas comunitarias locales que se deben fortalecer, pues han acumulado una valiosa experiencia. Sobre ello profundizaremos en la siguiente entrega.

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