Martes, febrero 27, 2024

Las aguas concentran, en su corriente, remolinos de memoria

Así comienza Daniel Murillo Licea su prólogo al libro Leyendas del agua en México, compilado por Andrés González Pagés, publicado por el IMTA en 2005.


Con base en la certeza de que del agua depende la vida en la tierra, Murillo va destacando algunas de las principales formas de relación que las comunidades han establecido con ella. Parte de los tiempos antiguos, cuando en el territorio mesoamericano los pueblos aprendieron a controlar inundaciones, aprovechar la fertilización por los desbordes ya fuera para cultivar directamente en el suelo o a través del sistema de chinampas en los lugares donde le agua era muy abundante, y a partir de ahí comenzaron a edificar señoríos y ciudades utilizando canales y acueductos, pero siempre en una relación de adaptación con el entorno, de reciprocidad con la naturaleza de la que, de inicio, se sabían parte. Desde la relación con el agua, aquellos pueblos interpretaron y construyeron también su relación con la divinidad y entre ellos mismos. Se establecieron ritos y formas de convivencia, narraciones que se compartían y enriquecían de una generación a otra en las que se urdieron los bastidores para elaborar tejidos, dice Murillo, en los que hasta la fecha se entrelazan los hilos de la memoria, del recuerdo, de lugares, dioses y diosas, personajes y acontecimientos. Historias y acciones con las que se recuerda el origen de la vida, de la existencia de las personas siempre ligada a las aguas: lluvias, relámpagos, inundaciones y lugares sagrados.

Pero luego, continúa Murillo, chocaron las culturas y comenzó un muy largo periodo de lucha entre dos cosmovisiones que se mantiene hasta la fecha. Desde la llegada de Europa a la región se ha querido imponer la visión de que las personas y las comunidades no son parte de la naturaleza, sino que están fuera de ella y deben utilizarla en su beneficio. Se pretende alterar la convivencia adaptada al entorno, con la visión de cambio y de dominación; así, al agua, más que una fuente de vida para todas las personas, los pueblos y todos los seres vivos se le comenzó a considerar, y aquí termina Murillo ese apartado, como una fuente de bienestar privado, de capital, de rentas, de ingresos y, sobre todo, de poder de unas personas sobre otras.

Y esa lucha se mantiene hasta la fecha. La concepción utilitaria e individualista del agua se ha impuesto en muchos lugares de Mesoamérica y aquí en el Altiplano, sobre todo conforme ha avanzado el establecimiento de industrias y la construcción de grandes ciudades, al grado que se ha impuesto sobre la salud y las posibilidades de sobrevivencia de las personas. Pero, a pesar de esto, la resistencia de los pueblos también continúa: señales, celebraciones, lugares especiales y sagrados siguen presentes; las deidades antiguas conviven con las importadas y con sus ayudantes, tlaloques y ángeles en el mismo ejército, mantienen la presencia de las aguas del cielo y de la tierra, y fortalecen la vida y la resistencia comunitaria, y hasta apoyan la lucha para que la relación con la naturaleza se mantenga y se fortalezca en favor de la vida de todas y todos, y para que la alimentación y la salud de las personas vuelvan a tener la importancia de antes.

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Aquí en Tlaxcala, en la Cuenca Atoyac–Zahuapan, Tláloc y Matlalcuéyetl se reúnen con San Miguel, con el Señor del Monte y con La Virgen para convivir con las comunidades en Xochitécatl, en el Cerro de la Luna y en algunos templos durante la realización del Apantla, el Atltepeihuitl o de la misa, y ver juntos, deidades y pueblos, la forma de seguir haciendo que el agua caiga del cielo y de que se mantenga viva la que ya está en la tierra. Así, hoy, esas deidades y las comunidades (acompañadas también de investigadoras e investigadores y organizaciones de base) mantienen viva la memoria, los lugares y los acontecimientos, y luchan juntas contra las industrias acaparadoras y contaminadoras, contra iniciativas de ley y de políticas comercializadoras y privatizadoras, para que se pueda recuperar, mantener y fortalecer la salud de las personas y la vida en toda la Cuenca.

*Centro Fray Julián Garcés Derechos Humanos.

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