La trivial historia

Fue común –o quizá sigue siendo– que durante las populosas comidas o reuniones familiares los adultos cuestionaran a los infantes cómo iban en la escuela, preferían detenerse en el campo de la historia.

Para los adultos era importante saber qué tanto los impúberes sabían de su país y el pasado. ¿A ver cómo vas en historia? ¿Qué tanto sabes ya de la historia de México? y, después de estos cuestionamientos, seguía una andanada de preguntas: ¿Quién descubrió América? ¿Quién es el padre de la patria? ¿Cuándo comenzó la Revolución? ¿Quién es Benito Juárez? ¿Quién es Madero? ¿Qué se celebra el 24 de febrero? ¿Cuándo se nacionalizó el petróleo? ¿Quién ha sido considerado el mejor presidente de México?, y así un sinfín de preguntas que, además de incómodas, solían ser absurdas. Esas preguntas no eran –o son– reflejo de nada, simples ejercicios memorísticos a través del cual los niños agradaban a los adultos y les servía para aprobar un examen escolar de opción múltiple.

Los adultos del pasado crecieron con una idea de la historia anticuaria y de bronce. Crecieron en los tiempos en que las grandes narrativas nacionales de la historia eran útiles para legitimar un sistema político que se abrogaba el pasado para vanagloriar el presente y, según sus hacedores, construir el futuro.


Esas –o estas generaciones– entendieron la historia como Cicerón: la historia como maestra de vida, como la articuladora del pasado con el presente. Bajo esta lógica, es que el presente no puede entenderse sin su pasado. Otros, compartían la percepción de Cervantes para quien la historia era la madre de la verdad, algo así como: la verdad siempre se sabe, siempre se conoce, la verdad camina al lado de la historia.

Para los profesionales de la historia esto es una frivolidad, causa gracia y, a la vez, un sentimiento de angustia ante la concepción tan trivial de la historia, “Veritas filia temporis”.

Hoy, como ayer, es alarmante que los gobiernos y gobernantes se conviertan, por iniciativa propia, en promotores de homenajes, aniversarios o festejos, establezcan fechas, cambien días de celebración o animen la omisión de sucesos o héroes. Doblemente alarmante es si dichas propuestas provienen del Poder Ejecutivo, de un presidente que se dice conocedor y muy aficionado a la historia. El uso político del pasado y de la historia ha sido un elemento arraigado, inmanente a nuestra clase política.

Hoy como ayer, el problema no es cambiar las fechas de celebración, de reducir la estrategia festiva por un puente largo u omitirlos para celebrar el día exacto bajo el argumento del “rescate de la historia” y el “fortalecimiento de la conciencia histórica popular”. El problema estriba en que nunca se ha definido desde el poder ¿Qué recordar? ¿Cómo recordar? y ¿Para qué recordar? Elementos centrales en el diseño de un proyecto de historia y memoria popular.

El problema que identifica el señor presidente no pasa por estos cuestionamientos, el problema es el día, como si existiera un día propicio para recordar las fechas felices; las únicas fechas que disputan su reconocimiento, valoración y legitimación son las fechas infelices. El presidente considera que hay días más eficientes para recordar, celebrar u homenajear. Esto es una trivialidad tanto memorística como histórica, pues no se produce ninguna formalización, no hay una significación real del hecho, acontecimiento o personaje. Es la trivial historia. Bajo esta lógica memorística y hueca, es imposible implementar procesos socioculturales y políticos de revisión del pasado y la historia vivida, el preguntarnos seriamente ¿Qué recordar? ¿Cómo recordar? y ¿Para qué recordar? Sólo así la historia puede ayudar a transformar comportamientos sociales en el presente y en el futuro.

El festejo, la memorización hueca de la historia a través de eventos cívicos es dañina en la medida que clausura el pasado, lo vacía de todo contenido y reduce su utilidad social y política. ¿De qué sirve que el pueblo mexicano no olvide la fecha de nacimiento de Benito Juárez, la fecha de elaboración de la Constitución, el día y la hora que inició la Revolución, el nombre completo del padre de la patria o el día en que América se descubrió? ¿Esto es defender la historia, señor presidente?

La historia no debe defenderse, debe hacerse, escribirse y cuestionarse, la historia no debe ser una narrativa hegemónica que sea útil a los intereses políticos. Si el empeño está en defender la historia, debería de fomentarse una narrativa distinta a la que generan los documentales “históricos” de Netflix, esa televisión de paga que se ha convertido en formadora de una conciencia histórica popular. La historia y la novela histórica tienen frente a sí una tecnología de recursos ilimitados que dan sentido al pasado y al presente, establecen una conciencia histórica que perpetua la historia falseada, tergiversada y mercantilizada. Esas narrativas no preocupan a nuestros aficionados a la historia, a ellos les interesa la fecha y el festejo, seguro es que los televidentes saben más de narcos, del Chapo Guzmán o de la Reina del Sur que de Lázaro Cárdenas, esas narrativas son muy poderosas, de esas narrativas hay que defender a la historia.

La preocupación del presidente por defender la historia bajo el argumento de “quién no sabe de dónde viene no sabe a dónde va”, guarda una contradicción profunda, consiste en que, bajo su mandato, de nueva cuenta la historia oficial de las represiones perpetradas por el Estado mexicano en el pasado reciente, quedaron reservadas –por tiempo indefinido– en las mazmorras del Archivo General de la Nación. Indiscutiblemente, el censurar los archivos de la historia del tiempo presente no es una clara muestra del interés del presidente de salvar y defender la historia. Es la época de una transformación sin idea de la historia, sin idea de su propia historia.

Es el tiempo donde el Estado se vuelve cómplice de sí mismo, ese tiempo circular del que no hemos salido, donde el Estado oculta sus atropellos, abusos, deformaciones y perversiones. Es el momento de ponderar, de nueva cuenta, la trivial historia.

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