Lunes, enero 12, 2026

La selectividad de la indignación

La narrativa realista ha sido una herramienta para comprender aquello que aún nos resulta indecible, acontecimientos o fenómenos que no podemos llamarlos por su nombre, ya que carecemos de un lenguaje que represente y tenga un mismo significado para todo ser humano. En otras palabras, la narrativa realista emerge cuando no tenemos palabras para nombrar lo que vivimos, escuchamos, observamos y experimentamos.

Durante años, esas narrativas han pugnado por salvarnos y evitar que nos perdamos en el silencio y el olvido, particularmente, ante esos actos atroces perpetrados por los gobiernos y sus fuerzas legales e ilegales. Esas narrativas nos han convertido en testigos de los hechos, en una parte integral de su experiencia, lo que hagamos con ello, ya es responsabilidad nuestra.

Las narrativas realistas que retrataron los atroces acontecimientos de la segunda Guerra Mundial proliferaron con el “triunfo de la democracia neoliberal”, le dieron cuerpo al horror, le pusieron nombre, lo dotaron de significado y acuñaron un significante. Esas narrativas lograron hacer del pavor una experiencia, desencadenando una indignación global que apostaba por historizar, memorizar, monumentalizar para evitar que esos acontecimientos nunca más volvieran a suceder.

El pueblo alemán fue duramente criticado por la omisión y la evasión al horror desatado en su país, un averno que escaló sin que fuera cuestionado, impedido: el exterminio humano que comenzó en guetos, después en campos de trabajo forzado y, en última instancia, en campos de exterminio. Mucho se ha cuestionado por qué el pueblo alemán decidió voltear a otro lado, por qué ignoró lo que ocurría en sus ciudades, pueblos o villas, justo al lado de su casa y en sus propios hogares.

Esa indignación abarcó a múltiples regímenes y países, desde la Rusia comunista y sus gulags hasta las crueles violencias del fascismo italiano y del franquismo español. Otros continentes, incluido América Latina, no fueron ajenos a las críticas del terror desplegado por los sultanatos en el Caribe, así como en las múltiples y variadas dictaduras militares que operaron en Centroamérica y el cono sur, cuyo objetivo era exterminar el comunismo y resguardar la democracia, el liberalismo.

La narrativa realista despertó la indignación del mundo, una indignación que juzgó muy duramente el papel desempeñado por sus antepasados ante el horror que les tocó vivir, el infierno que sortearon como experiencia, la cual, a todas luces, los gobernantes anhelaban también exterminar. La experiencia se impuso, llegó a nuevas generaciones y fue útil para generar una pedagogía contra el olvido del horror que los gobiernos totalitarios, autoritarios y dictatoriales cometieron en el pasado, dicen hoy: un pasado tan falto de democracia. Las experiencias de ese pasado las conocimos, las hicimos propia y las arropamos, gracias a las narrativas que nos las heredaron.

Ante estas herencias y pedagogías contra el silencio y olvido, es necesario preguntarnos sobre el papel de la indignación en nuestro México tan democrático y neoliberal, máxime, cuando dos acontecimientos se encuentran y se viralizan: uno, el descubrimiento de un rancho en Jalisco destinado el exterminio humano y, el segundo, la lucha que sortean día a día las mujeres por la vida y la dignidad humana.

Sin duda, el peso de la indignación colectiva se decanta por la evasión, voltear a otro lado y silenciar la incomodidad que el terror genera como experiencia. No es un tema de la naturalización del horror, es la naturalización de dejar ver, dejar pasar la que nos ha hundido en este tártaro. Los alemanes, los rusos, los italianos, españoles, argentinos, chilenos, etc., pudieron argumentar lo mismo, muchos hicieron lo mismo, se voltearon, callaron y siguieron su cotidianidad marcada por la aniquilación masiva de personas. Es fácil escaparse cuando no se conecta con esa experiencia, eso facilita el trabajo a los perpetradores encargados de seguir con sus labores de depuración y exterminio. La herencia narrativa y su experiencia parece fallar en México, tan cercano a la experiencia, pero tan vivo para olvidar.

La indignación selectiva se centró en el segundo acontecimiento, la lucha de las mujeres por la vida y la dignidad. Pareciera mejor indignarse por las manifestaciones de esa población que demanda detener las violencias, que demanda justicias por las asesinadas, que pelea por omitir los silencios forzados, regresar a las desaparecidas, que grita viva la vida y la dignidad y nos dicen una y otra vez que nuestras instituciones y gobernantes son indignos para todos.

Ellas, las mujeres, salvan la narrativa, esa herencia que aterriza la experiencia del terror. Ellas, las mujeres, nos han salvado de vivir en el silencio, de ser escafandras que solo observan hacia adelante, un punto fijo, por un pequeño orificio el horizonte. Ellas, las mujeres, con su movilización, nos han convertido en testigos, pero evadimos asumir nuestro testimonio. Ellas, las mujeres, nos han alertado sobre la falta de empatía y nuestra irresponsabilidad para entender sus luchas y demandas, que debieran ser de toda persona.

Ellas, las mujeres, nos aleccionan sobre nuestras fijaciones por historizar, memorizar y monumentalizar algo que no se ha ido, que sigue latente, y que, el nunca más, no ha existido en nuestra realidad, el horror se repite un día sí y el otro también. México se mete a su escafandra, no ve, no escucha, no habla. La población siempre ensimismada en su diminuta realidad. Tanto se ha criticado al pueblo alemán porque decidió voltear a otro lado, porque ignoró lo que ocurría en sus ciudades, pueblos o villas, justo al lado de su casa, dentro de sus hogares. Hoy, la indignación selectiva prefiere velar por la integridad de los vidrios, los monumentos, las instituciones y sus paredes en lugar de la vida y el tajante horror que sobre ella se cierne.

De nueva cuenta, la selectividad de la indignación se encoleriza por la “propiedad nacional”, piedras y canteras huecas, estáticas. Se indignan de esa materialidad simbólica de algo que nunca hemos sido y nunca seremos. De nueva cuenta, no nos indigna el lugar que tiene hoy la vida humana en nuestro país, la dignidad se evapora ante el horror que se vierte sobre ella.

Ellas, las mujeres, más allá de los feminismos y sus luchas propias, lo están diciendo, lo están gritando, son la narrativa que nos alerta de nuevo.

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