Como persona sorda, he visto con frustración cómo nuestra lengua se convierte en moneda de cambio. En plataformas digitales, redes sociales e incluso en cursos de instituciones gubernamentales, se enseña LSM de forma confusa y con errores graves. He visto cómo se difunden señas inventadas o mal ejecutadas, creando confusión entre quienes genuinamente quieren aprender.
Personas e instituciones que ofrecen cursos sin consultar a la comunidad sorda cometen un grave error. Recuerdo a una “intérprete” en una consulta médica que no supo explicar que mi malestar era gastroenteritis, limitándose a repetir “dolor de estómago” por las carencias de su formación.
La solución no está en buscar “fuentes autorizadas” tradicionales, sino en consultar directamente a personas sordas expertas en lingüística y cultura sorda, que dominen tanto la LSM como el español. Solo quien vive la sordera puede entender la profundidad de nuestra lengua.
Estos emprendedores e instituciones no comprenden que la LSM no es un sistema de gestos, sino un idioma completo con gramática propia. Sus cursos enseñan “seña por palabra”, ignorando la riqueza expresiva de nuestra lengua.
Lo más doloroso es ver cómo se lucra con nuestra identidad mientras la comunidad sorda sigue enfrentando barreras. Sus certificados pueden dar puntos en concursos de oposición, pero no garantizan una comunicación verdadera con nosotros.
Aprendan LSM, sí, pero háganlo con respeto y con quienes realmente conocen la lengua: las personas sordas formadas en lingüística y bilingüismo. Detrás de cada seña hay una cultura que merece ser escuchada en sus propios términos.


