Domingo, febrero 25, 2024

La industria de la nostalgia

Todo tiempo pasado fue mejor, sentencia la mercadotecnia contemporánea. El pasado es el paraíso perdido de la nostalgia: la tierra irredenta a la que soñamos volver. En nuestra sensación de movernos “hacia adelante”, las retrospectivas se miran como un espejo de lo improbable, de lo que ya no fue, de lo que pudo haber sido… y no fue.


Vivimos y padecemos atascados en el acto reflejo del “Qué hubiera pasado si…”.

El mundo se ve a través de la salinidad de una lágrima, mientras miramos por el espejo retrovisor con el rabillo del ojo: a hurtadillas, mientras fugaces parvadas de aleteantes recuerdos se estrellan en el azogue del pretérito.

Allá, atrás, queda una tierra promisoria que cada vez se aleja más. Hora a hora, día tras día, año con año, década por década. Por los siglos de los siglos.

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Huimos hacia adelante partiendo desde el edén de la infancia. Desde allí saltamos hasta el purgatorio de la adolescencia, atravesamos como podemos el infierno de la juventud —según los tiempos actuales—, hasta desembocar en el limbo de la adultez y recalar en la nada de la vejez. Transitamos sobre esa linealidad que nos ha inculcado el cristianismo empapado de judaísmo milenarista, con sus chapuzones en las aguas medievales del escolasticismo. Así es como nos asomamos por la ventanilla de la nave del tiempo que manejamos hacia el incierto futuro, cada vez más cargado de ocres y grises nubarrones.

Bart Kosko tenía razón: el futuro era borroso y el gris dominaría la paleta de colores de nuestra vida: todo se esconde en un chip.

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Por eso ahora es el momento perfecto para explotar la nostalgia sembrada en el campo yermo del tiempo ido, los años que no volverán.

La industria del entretenimiento, que se camufla en arte para las masas, sabe cuáles cuerdas tocar del chelo de nuestra nostalgia. Lo retro, lo vintage es la expresión de nuestra incapacidad para ser originales (la originalidad: esa rémora del romanticismo que desde los noventa se diluyó en los sampleos de los raperos East & West Coast).

El revisionismo hace lo suyo en el aro de la historia, por donde saltamos como marmotas amaestradas y asustadas por nuestra propia sombra (Bill Murray lo padeció en Hechizo del tiempo (uno de los escasísimos buenos títulos al español para una película en inglés) donde quedó atrapado en un enloquecedor loop)

Cliché tras cliché, todo vuelve.


Es una espinosa rueca de los tiempos: tengan cuidado, porque se pueden pinchar y quedar enjaulados en el presentismo inmutable (e impasible). Atrapados en el perpetuo instante de una fotografía con movimiento aparente.

Nada es démodé. Ayer el futuro era hoy. El tiempo es una rueda de hámster.

Se trata, pues, del reciclaje de los sentimentalismos.


El rebaño que pace en las azules y grises mieses digitales vuelve una y otra vez sobre los pasos de la nostalgia. Nos obliga a instalar una time–line que recorremos a saltos, como una suerte de rayuela existencial: cuidado: no pises esos recuerdos: spinan (sick). Toma un poco de soma y aplaca tu conciencia, como nos aleccionó la beta–más (es decir, casi perfecta) Lenina Crow: déjate llevar por la corriente.

Vivimos para recordarnos.

Recordamos para vivir, atrapados en nuestro laberinto existencial.

Lo dicho: todo vuelve.

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