La guerrilla socialista y la 4T

El movimiento armado socialista, la guerrilla o la mal llamada “guerra sucia”, acaecida en la década de los sesenta y ochenta del siglo pasado en México sigue siendo un fenómeno incómodo para los intelectuales sistémicos, burócratas y para las y los hacedores de las memorias y narrativas del Estado mexicano. Múltiples han sido las alternancias o “transiciones” políticas que han eludido este importante suceso.

Son ya más de tres décadas en que académicos, estudiantes, periodistas y escritores han gastado tinta en describir, explicar, cuestionar y lanzar nuevas hipótesis de un suceso que sigue soterrado en la narrativa nacional, en los libros de texto y en el mundo mediático oficial. Es un hecho registrado como una historia cuasi clandestina y, públicamente, sometido a una dicotomía que oscila entre la memoria y el olvido.

La guerrilla mexicana es todavía un suceso ausente en la resignificación política para las ideologías de centro y, penosamente, también para las ideologías de izquierda. Es paradigmático que, durante la primera alternancia o transición en el año 2000, encabezada por el Partido Acción Nacional (PAN) de la mano de Vicente Fox, este pasado se haya colocado como una discusión de carácter público, no por voluntad de la derecha en el poder, sino por una obligación ética y moral impuesta como moda por las transiciones democráticas de regímenes autoritarios a regímenes democráticos, con ello, la imperante idea de los derechos humanos, la transparencia y la rendición de cuentas con el pasado violento.


Al régimen panista no le quedó de otra que ir en consonancia con las normatividades internacionales, ello si quería seguir pregonando su magnánima transición. El resultado de esta simulación en términos jurídicos trajo algunos beneficios como: la apertura de los archivos policiacos que estaban celosamente resguardados en los sótanos más recónditos de Estado mexicano, la consolidación de una Fiscalía Especial que investigó los delitos de lesa humanidad, con ello la visibilización de la represión extralegal del Estado para paralizar, desarticular y exterminar a las múltiples organizaciones armadas.

Después de este sexenio, el silencio, la no justicia, la no reparación, un reconocimiento mediático, así como minúsculas celebraciones simbólicas. Posteriormente, la tergiversación, las plumas gráciles de los intelectuales con nómina de los palacios que legitimaron a través de los poderosos medios de comunicación convencionales la actuación estatal y de sus fuerzas del orden, la lógica de la guerra fría como discurso persuasivo proliferó nuevamente.

El sexenio de Calderón soterró por completo las avanzadas narrativas y colocó en el centro la ignominia de otra “guerra”. La guerrilla, el movimiento socialista o la “guerra sucia” reposó nuevamente en los grandes medios y retomó su hechura narrativa e historiográfica en la clandestinidad de las universidades, académicas, institutos y enclaves de información periodística, siempre como una joya histórica poco analizada, poco valorada y nulamente incorporada al gran relato de la nación.

Con el regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) al poder, los mexicanos comprendimos que los vacíos en cuanto a la justicia, reparación y verdad dejados por la alternancia o “transición democrática” nunca llegaron porque, además de la poca voluntad de la derecha, los enclaves de poder del viejo régimen que perpetuó los delitos de lesa humanidad en el pasado no se habían ido, nunca se fueron. Nos dimos cuenta que tenían vigencia en la realidad política nacional, regresaban al poder después de 12 años. Con ese priismo regresó a la Presidencia de la República un nuevo conjunto de partidarios del olvido y el borrón y cuenta nueva, consumando la impunidad que durante décadas han gozado aquellos que perpetraron asesinatos en nombre de su régimen. La construcción de un nuevo relato nacional que incorporara este fenómeno social y político como paradigma de la alternancia feneció al igual que la alternancia o “transición democrática”.

Con la nueva alternancia o transición representada por un –supuesto– gobierno de izquierda y denominado, por sus hacedores, como Cuarta Transformación, el tema del movimiento armado socialista, guerrilla o “guerra sucia” sigue suspendido, sigue en espera de ser “revisado” como hecho para validar su incorporación histórica. Pero el proyecto de nación del presidente Andrés Manuel López Obrador está anclado en sucesos y personajes de la vida política nacional desde la era de Benito Juárez al periodo de Lázaro Cárdenas.

Nuevamente, el pasado, entre más pasado sea, funge como una herramienta sólida para situar su discurso y narrativas en el presente.

La narrativa histórica del nuevo presidente se asoma en las preocupaciones manifestadas en el Proyecto Memoria Nacional Histórica y Cultural de México, el cual coordina su esposa Beatriz Gutiérrez M.

La ocupación temática de este proyecto fue tempranamente evidenciada por su coordinadora, quien sostuvo que “ninguna nación se explica así misma en el presente, sino a través del espejo del pasado, el ojo que todo lo ve”.

De Juárez a Cárdenas, historia, sucesos y personajes poco conocidos son el paradigma histórico que articula la Cuarta Transformación, un gobierno que se autonombra como izquierda.

La guerrilla socialista en la Cuarta Transformación parece ser nuevamente considerada un suceso histórico “novedoso”, un hecho que resurge por una mística ideología de izquierda que reflota en el aire, un hecho que puede legitimar las preocupaciones de un gobierno que parece preocuparse por su supuesto pasado izquierdista, un gobierno que considera es necesario su rescate, un rescate serio, de instituciones serías para que de una vez se valide si tiene relevancia histórica para nuestro presente.

La Cuarta Transformación y sus burócratas especialistas han olvidado, o no saben que el fenómeno tiene más de tres décadas de ser abordado, y que uno de los dilemas más importantes en la agenda política de estos estudios no es la revisión o la validación, sino responderse tres cuestionamientos: ¿qué recordar, para qué recordar y cómo recordar?

Amén de la preocupación y ocupación de todas y todos sus hacedores, así como emprendedores de la memoria por insertar este suceso histórico en el gran relato nacional. La respuesta y el posicionamiento del Estado, se sigue esperando.

[email protected]