Viernes, marzo 1, 2024

La estridente rebelión de José Agustín

José Agustín fue una revelación.


Supongo que en la Biblioteca Central de Tlaxcala aún se encuentra el ejemplar de esa obra maestra de la novela que es De perfil, que una y otra vez sacaba y leía y releía. Hubo un tiempo en que nomás mi nombre aparecía en la tarjeta de préstamo de ese libro. Por aquellos años tenía una edad parecida a la del protagonista, ese chavo que tenía problemas para saber qué onda con él.

Entre ese protagonista de nombre desconocido (El Protagonista de Nombre Desconocido, pudo haber escrito el buen PepeTín) y yo había una generación de por medio. Y, sin embargo, se sentía como si el chavo fuera un compa recién desempacado en los absurdos años noventa.

Además de las broncas con sus padres (Humberto y Violeta), por culpa de eso que llaman diferencia generacional, estaba todo lo demás: el sexo, el cine y la música, sobre todo la música. Ahí latía con toda su estridencia el rock, esa nueva música clásica, como la bautizó JA.

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Para quienes vivíamos en Tlax en aquellos años, el rock ya sonaba en español. Habíamos vivido el florecimiento del Rock en tu idioma, mezcla de negocio y de arte. Pese a las envidias de mediocres críticos musicales, pudimos disfrutar de bandas como Caifanes, Fobia, La Maldita Vecindad, Los Amantes de Lola, La Cuca, Coda, Tijuana No, Kenny y los Eléctricos, Santa Sabina y Kerigma, entre otras muchas bandas que tal vez no pasaron más allá de tocar en Rockotitlán (algo parecido a ShangriLa, nomás que el entonces Distrito Federal) o de tener un disco perdido en Ariola.

El chavo–protagonista de De perfil mostraba en directo el choque que supuso la invasión de la cultura pop anglosajona. Algo así pasaba en Tlax. Sucedía como escribió García Márquez: el mundo era tan nuevo que había que señalar las cosas con el dedo, porque aún no tenían nombre.

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Después de esa novela, me tropecé con Inventando que sueño, el libro que José Agustín escribió mientras fue becario del legendario Centro Mexicano de Escritores, otro alucine para quienes nos dedicábamos a escribir en aquellos días noventeros.

Inventando que sueño es otra obra maestra. Tengo presente un ejercicio de estilo llamado “Cómo te quedó el ojo (querido Gervasio)”, que no es otra cosa sino un fárrago que nada narra; tal vez sea la mera transcripción de un súper trip, un pasón convertido en literatura, a partir de lo que se hubiera metido JA antes de agarrar la máquina de escribir, “feliz como lagartija elesediana”, escribe en alguna parte del No-Texto (jeje).

Ahí también está un cuentazo titulado “Lluvia”, lo más melodramático que escribió José Agustín, pero con un toque de refinamiento que iba a caracterizar toda su obra.

También en ese libro están “Amor del bueno”, otra lacrimógena aventura que-cuestiona-las-costumbres-mexicanas-de-los-sesenta (ju: no podía evitar escribir una palabra-frase-así-de-largota, tan joseagustiniana, mis vales).


Y por supuesto en las páginas de Inventado que sueño está incluido “Cuál es la onda”, un cuento que hizo fortuna nomás porque sirvió para darle apelativo al no-movimiento en el que se encasilló a José Agustín y a su malhadado compagre (sick) de apelativo Parménides García Saldaña, junto a otros escritores, como Gustavo Sainz y Federico Aranda. Se trata de La Onda, la escritura de La Onda, la Generación-de-La-Onda, que algunos críticos cegatones quisieron ver en ese puñado de inadaptados que buscaba a toda costa la fama y el reconocimiento, que sí acabaron consiguiendo, sobre todo José Agustín y Sainz (Parménides murió joven y feo, con un libro célebre: El rey criollo).

“Cuál es la onda” es un claro homenaje al palimpsesto y a la intertextualidad, carne podrida para los estériles críticos literarios tan atiborrados de teorías y tan faltos de genio e inteligencia. Pero también es desmadre literario. Gozo por escribir. Alucine bien armado. Es Romeo y Julieta en el DeFecal de los años sesenta.

Por eso quisimos tanto a José Agustín: por mostrarnos el camino gozoso de la literatura: lo importante era escribir, sin que nada más importara. Otro día hablamos de Tragicomedia mexicana, la versión de la Historia Nacional by José Agustín.


Ahora ya está en el Parnaso.

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