La España partía

Una pareja observa banderas de España como homenaje a los miles de muertos por Covid-19 en dicho país| Foto: Archivo La Jornada/ Afp

El peor pecado para los griegos antiguos era el orgullo desmedido; lo llamaban hybris, una mala mixtura de arrogancia e impiedad. Era casi tan grave como ofender a los dioses. Más de un héroe fue castigado por caer en la hybris.

Ese prurito de arrogancia, de hybris, ha marcado a Occidente desde hace al menos 600 años, desde la expansión europea impulsada por la búsqueda de mercados, montada en caravanas italianas o a bordo de barcos portugueses.

Luego, con el pretexto de llevar el cristianismo a todos los rincones del globo y salvar almas, se puso en marcha un brutal proceso de exterminio. Millones de personas fueron esclavizadas y murieron a manos de conquistadores españoles, franceses, ingleses y holandeses.


Luego, otros millones de personas más fueron sometidas y puestas bajo la férula de metrópolis interesadas exclusivamente en la explotación de sus colonias americanas, africanas y asiáticas.

Centurias después, a pesar de los movimientos libertarios de los siglos XIX y XX, Occidente sigue siendo incapaz de soltar la rienda, de inmiscuirse; se empecina en entrometerse, en tratar de imponer sus directrices. Se sigue arrogando el papel de árbitro y de juez. Y basta con escuchar a Joe Biden para confirmar este dicho.

Ahora se vale de una herramienta muy poderosa: la economía.

A través de consorcios y de trasnacionales, sumado al intervencionismo de gobiernos cuyas acciones responden a la agenda del gran capital (porque son sus principales financiadores de campañas, como se acaba de ver en las elecciones de Estados Unidos), se mantiene la injerencia en nuestros países.

Más allá de tratar de revivir un caduco discurso chauvinista, sí aplica la necesidad de plantar cara a esas formas de intrusión.

Hace una semana, El País publicó un reportaje sobre la situación de México ante la Covid–19. Mirando la pandemia en el ojo ajeno, el diario, parte de la trasnacional Grupo Prisa, presenta una situación sesgada, sumamente efectista.

El País se asoma a este lado del Atlántico y poco dice de la situación dramática vivida en Leganés, en La Línea, en Nou Barris o Trinitat Vella. Poco o de plano nada dice.

Allá fueron incapaces de contener el crecimiento de la pandemia, a pesar de haber recibido suficientes avisos a tiempo. Minimizaron la situación, y ahora tienen más de 44 mil víctimas mortales, principalmente en sus asilos y casas de retiros de ancianos, a quienes dejaron a su suerte.

¿Dónde está la crítica a la pésima gestión de la presidenta de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz, quien puso al frente de la estrategia para detener al SARS–CoV–2 a alguien que desmontó al servicio público de salud madrileño?

Olvidan que allá está vigente el toque de queda, porque fueron incapaces de hacer frente a la segunda ola de la Covid–19. Además, obvian que la población fue confinada durante semanas, impidiéndole salir de sus casas, como una medida desesperada para frenar a la enfermedad. La medida fue inútil y sólo sirvió para destrozar su economía, anclada al turismo y al ocio.

(Curiosamente, Grupo Prisa está tratando de deshacerse del diario, porque ya no es rentable. Sin embargo, el juego con esa especulación ha servido para disparar las acciones del consorcio, cuyos intereses se extienden por diferentes sectores. La perversión del sistema en pleno).

España es ahora mismo candil de la calle y oscuridad de su casa. Tiene un gobierno sumamente inestable, sobre todo por culpa del ala conservadora del Partido Socialista Obrero Español, socio receloso, incapaz de dejar de ver con repugnancia a sus aliados, la coalición de izquierdas agrupadas bajo la marca Unidas Podemos (fusión de Izquierda Unida, donde aparcaron los comunistas españoles, entre otros, y Podemos, el partido emergido del movimiento de indignados, respuesta social y desde la calle a la crisis financiera de 2008, el último gran timo del gran capital).

Tampoco mira y juzga El País con la misma rudeza a la ultraderecha heredera de lo peor de los años del franquismo.

Vox es la más reciente expresión de esa Europa racista, discriminatoria, intervencionista y expoliadora. Su batacazo electoral es síntoma y consecuencia de un espíritu que expresa lo peor de lo peor. Para ellos sólo valen Dios, el Rey y el Capital. Y nada más. Ese partido de ultraderecha es la materialización más acabada de esa España partía, rota, despedazada por sus tensiones internas.

Ojalá y medios como El País y los intereses detrás de ellos vean más hacia el espejo de sus circunstancias. Aunque eso es pedirle maíces al olivo.