Viernes, agosto 19, 2022
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La disputa por la realidad

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A lo largo de los tiempos hemos presenciado disputas naturales por el sentido del pasado, por los usos políticos del pasado, así como múltiples batallas por las memorias. Las disputas han sido sostenidas por unos y por otros, todos anhelan establecer un sentido hegemónico en el presente que los legitime.

En esas batallas los guerreros suelen ser mordaces, letales y están encabezados por los partidos políticos, el Poder Ejecutivo, Legislativo, la prensa, los medios de comunicación, las redes, los intelectuales y académicos. Todos en consonancia pedagógica han establecido la verdad del pasado a través de narrativas obtusas, con ello, las condiciones de posibilidad del presente y el futuro. En estas batallas las visiones de los vencidos pocas veces logran incorporarse en esos relatos hegemónicos.

De esta forma nuestra historia patria ha sido creada, a través de silencios y olvidos. Los silencios y los olvidos son monumentales, pero carecen de monumentalidad y de un debate que los coloque en el presente, más cuando esos silencios y olvidos son latentes, cohabitan entre nosotros. En otras palabras, no son parte del pasado, son parte de nuestro presente.

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Esos silencios y olvidos se resisten, pugnan por estar presentes, un ejemplo de ello es la violencia social y política estructural contra las mujeres, las y los periodistas, los sobrevivientes y testigos de las desapariciones y desapariciones forzadas y sus cientos de miles de demandantes.

Están ahí, día a día acontecen, un día sí y al otro también. La animadversión e indiferencia que este fenómeno provoca a las autoridades de todos los niveles es más que insultante, no hay ni siquiera una intención de simular atención a las y los demandantes de verdad, justicia y reparación.

La ignominia se acrecienta cuando el Poder Ejecutivo y los gobiernos locales felicitan el día de las madres a todas aquellas mujeres que buscan a sus hijos y seres queridos en todos los rincones del país. Cuando dicen acompañarlas en su dolor y compartir la esperanza del regreso de su ser desaparecido, ilocalizable.

Pocas veces en México se ha visto tanta desfachatez y desprecio por la dignidad humana, los derechos humanos, el esclarecimiento de los hechos atroces y la aplicación de justicias ante los horrores vividos. Las anteriores transiciones al menos simularon la tramitación del trauma, la búsqueda de una verdad y la aplicación de una justicia, al menos simbólica, por muy pírrica que fuera, para la sociedad, organizaciones civiles y no gubernamentales, fue un logro, mínimo, pero algo se logró. Por lo menos la visibilidad.

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Hoy, en un proceso de transición ya avanzado, este fenómeno ha tenido múltiples reversiones, la primera es la invisibilización y la segunda es el silenciamiento selectivo del discurso público. La omisión y la negación es la norma, se ha convertido en una regla por el gobierno federal y los gobiernos locales. La responsabilidad de este horror ha sido endilgada únicamente a los regímenes del pasado.

Hoy contrariamente, las disputas por el pasado, por la historia y las batallas por las memorias son inexistentes, en la era de la Cuarta Transformación la lógica de sus batallas y sus disputas no son por el pasado, por la historia y su sentido, sino por la realidad. Las batallas y las disputas de la Cuarta Transformación están fincadas en el presente, en su realidad, lo que está fuera de ese presupuesto, es responsabilidad del pasado.

Las disputas por el presente que parten de una lectura de un pasado clausurado son, históricamente alarmantes, más cuando el pasado es algo que debe ser desechado, borrado como paradigma de verdad y desmontado como basamento institucional, máxime en nuestra cultura política tendiente a la tentación autoritaria. La disputa por la realidad y el anhelo de consolidar una narrativa única desde el gobierno federal significa echar a andar una maquinaria que será difícil frenar por vías legales e ilegales, máxime, cuando sabemos que el infierno, a pesar de que ha pretendido anularlo, no ha concluido, por el contrario, se ensancha y paralelamente, la mano dura se robustece discrecional y selectivamente, la militarización se amplía en toda la geografía nacional a través de la Guardia Nacional y la Ley de Seguridad Interior ha permitido a las fuerzas armadas adquirir responsabilidades que eran impensables aún en los peores años del presidencialismo semiautoritario, el cual ha sido sumamente criticado por el gobierno de la Cuarta Transformación.

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