Martes, agosto 9, 2022
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Inacción climática

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Primero la pandemia de Covid–19 y sus múltiples variantes, y ahora más recientemente la guerra en el corazón de Europa con sus múltiples consecuencias en todos los niveles de la vida social, han dejado (¿deliberadamente?) en un segundo plano, otro problema acuciante para la vida en el planeta: las crecientes alteraciones del clima, que siguen avanzando inexorablemente a pesar de los grandes discursos y acuerdos que se quedan sólo en el papel. Al principio de la pandemia, se habló claramente de una relación directa entre el cambio climático y la creación de las condiciones que hicieron posible la proliferación de un virus, cuyo origen es dudoso todavía. También se señaló claramente la vulnerabilidad generada en ciertas capas de la población aquejadas por morbilidades funcionales (hipertensión, sobrepeso, diabetes, etc.), producto de decenios de una alimentación industrializada basada en las ganancias de las grandes empresas y no en la nutrición de los seres humanos, pero pronto la atención y el miedo se desviaron a las campañas masivas de vacunación, para seguir llenando los bolsillos de las grandes corporaciones farmacéuticas.

En definitiva, las últimas crisis por las que atraviesa la humanidad revelan claramente que el origen de todas ellas es un modelo equivocado de civilización; un modelo destructivo que aspira a crecer y crecer de manera continua, sin importar los costos y las consecuencias. En medio de las crisis se estrenó una película que, si bien era producto de la mercadotecnia hollywoodense, tuvo el mérito de cuestionar la pasividad de los gobiernos del mundo ante las crisis que amenazan a la humanidad, ilustrando claramente cuáles son los mecanismos y las instituciones que se encargan de mantener el modelo suicida que padecemos, y cómo son pocos los científicos comprometidos que no se cansan de sonar la señal de alarma, pero que no sólo no son escuchados, sino que son perseguidos, marginados y vetados del mundo académico controlado por los intereses económicos y sus políticos a sueldo.

Ahora que el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania amenaza con escalar a nivel planetario, ya se perciben las graves consecuencias en cuanto al suministro de combustibles, de abonos y de alimentos, generando un desequilibrio que impactará hasta el último rincón del planeta. En este contexto, cientos de científicos de todo el mundo, por primera vez en la historia reciente, han decidido organizarse con los movimientos ambientalistas y que luchan por la paz, para protestar por la inacción de los gobiernos ante la emergencia que vivimos por el cambio climático, la guerra económica y la pandemia. La inacción se refiere a que no existe ninguna intención, ni ninguna acción real que busque un cambio radical en el origen de estas catástrofes, es decir, un cambio radical del modelo socioeconómico y cultural, en el que forzosamente se frene la producción industrial, el uso de combustibles fósiles, el crecimiento global, a la vez que se acelere la reconversión energética hacia las energías alternativas; en otras palabras, no queda otra opción más que el decrecimiento, pero un decrecimiento ordenado, lo más organizado posible, que busque preservar todas las formas de vida, y no un decrecimiento precipitado, caótico y desigual, provocado por los desastres climáticos, una guerra atómica mundial o la generación de pandemias cada vez más mortíferas que destruyan gran parte de la vida del planeta; aunque esta última parece ser la apuesta de los que se sienten amos del mundo; tal parece que su plan es llevar todo hasta el extremos, para llegar a una especie de “selección natural”, una hecatombe de la que sobrevivan los más aptos, para iniciar desde cero, otro modelo civilizatorio en donde sigan prevaleciendo los valores egoístas del capitalismo.

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