Miércoles, abril 17, 2024

IMAGINE UNA SOCIEDAD EN QUE TODOS SON IGUALES

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Imagine una sociedad en que todos son iguales, libres e independientes. Todos tienen la misma fuerza e inteligencia para hacer lo que les venga en gana. Puede pensar que alguien es fuerte físicamente y le gana a otro. Pero, la inteligencia los iguala.

Esto hace que cada persona pueda aspirar y quitar al otro lo que tiene y el deseo, por cuestiones de poder, prestigio o economía. Lo que obliga a cuidarse de todos, porque todos están en una lucha permanente contra todos.

Esto es lo que determina que, en aras de la racionalidad, los seres humanos hayan decidido ceder parte de su libertad para establecer un contrato social y crear el Estado. Lo que les permite establecer las reglas de relación y convivencia.

Solo que ese contrato social es acordado, históricamente, entre los hombres. Porque el elemento central de la relación está condicionado por el trabajo y todo aquel que no participa del trabajo queda excluido.

Esto determina que, de origen, se excluya a las mujeres –porque el trabajo doméstico no se considera trabajo–, ni a los niños –porque todavía están en preparación para el trabajo– y tampoco a las personas mayores –porque ya no tienen capacidad para el trabajo.

La razón que se arguye es que la unión tiene como finalidad el beneficio mutuo. Por lo que se considera que aquellos que no aportan, se cargan del trabajo de los otros y se  consideren un gasto.

El reconocimiento de los derechos humanos es la piedra de toque con el que la sociedad da el salto para considerar no solo el beneficio mutuo sino la solidaridad, lo que permite que una sociedad sea realmente humana.

Pero cuando sale a la calle se da cuenta de que es complicado que estos se cumplan en la realidad cotidiana.

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