Festejar el trauma

Las narrativas hegemónicas de la conquista de Mexico están plagadas de martirologio, de sufrimiento. Hablan de la deshonra perpetrada contra un pueblo poderoso y cohesionado, con cultura propia, un imperio anclado en su propia historia. Esa historia de indígenas trashumantes que encontraron en una zona lacustre el lugar ideal para establecerse y consolidar la gran Tenochtitlán. Asiento del fastuoso imperio mexica.

Los mexicas, como población, se ubicaron geográficamente en el centro, se colocaron, desde entonces, como el ombligo de la mexicanidad, fueron los mexicas, en el imaginario de una nación, la amalgama de la civilización y la grandeza. La grandeza del México prehispánico está en Tenochtitlán.

Bajo esta perspectiva, las otras culturas fueron y serán siempre menores, su influencia al orbe precolombino es escuálida, tienen un carácter y una grandeza local. Esas otras civilizaciones quedaron inscritas como complementos, apenas un registro del complejo mosaico pluriétnico del México prehispánico.


Desde el centro, desde la gran Tenochtitlán se gestó la narrativa refundacional de México como nación. La característica de esta narrativa es el trauma, la humillación y la deshonra, más que la heroicidad.

No es fortuito que León Portilla, en sus profusos análisis sobre el mundo prehispánico transcribiera: “en los caminos yacen dardos rotos, los cabellos están esparcidos. Destechadas están las casas, enrojecidos tienen sus muros. Gusanos pululan por calles y plazas, y en las paredes están los sesos. Rojas están las aguas, están como teñidas, y cuando las bebimos, es como si bebiéramos agua (de salitre). Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe, y era nuestra herencia una red de agujeros. Con los escudos fue su resguardo, pero ni con escudos puede ser sostenida su soledad. Hemos comido palos de colorín (eritrina), hemos masticado grama salitrosa, piedras de adobe, lagartijas, ratones, tierra en polvo, gusanos”.

La Visión de los Vencidos es una narrativa romántica que describe, por un lado, la acción disruptiva, violenta, saqueadora de los españoles, esos ibéricos que deshicieron, derruyeron, socavaron, subyugaron y aniquilaron el imperio. Pero también describe la grandeza de una cultura que fue mancillada en aras de la razón, la religión, el mestizaje y la naciente idea de nación. El trauma es un sacrificio para el cambio, para asimilar la conformación de otro imperio.

La conquista de Tenochtitlán dejó a los pobladores del centro, a los miembros de ese imperio un trauma ante el colapso de su civilización, para ellos esa irrupción fue una conquista, perpetrada no sólo por españoles, sino por otros indígenas que habitaban las periferias de su reino y no estaban adheridos a él.

Esa narrativa del trauma no festeja la gloria de lo que otros grupos, como los tlaxcaltecas, llaman el encuentro de las dos culturas. Pues los tlaxcaltecas fueron un considerable cuerpo militar, un copioso grupo de infantería que guerreó a lado de un reducido número de españoles contra los mexicas de Tenochtitlán.

Este suceso ha favorecido a la reproducción histórica del estigma de la traición del pueblo tlaxcalteca al impero de Tenochtitlán, en el imaginario popular, una traición a la nación entera. El juicio popular ha acusado a los tlaxcaltecas de haber traicionado a la naciente patria.

La narrativa de los tlaxcaltecas va a contrapelo de una narrativa que sobre la conquista predomina en la historia oficial y en el imaginario de la nación. Esta narrativa va incluso contra la percepción que tiene la actual Presidencia de la República que, a través de cartas solicitó al Rey Felipe VI y al papa Francisco, ofrezcan su perdón a los pueblos indígenas de México por las violaciones a los derechos humanos perpetradas durante la conquista de la gran Tenochtitlán. El anhelo del presidente fue cerrar las heridas abiertas que dejaron España y la iglesia católica en su empresa de conquista en estas tierras y favorecer la reconciliación.

El festejo de los 500 años del encuentro entre las dos culturas en el estado de Tlaxcala va a contrapelo de la narrativa dominante, eso coloca y colocará, en fechas próximas, el festejo tlaxcalteca en el centro del debate y en el encono, ese que ha alimentado la diferencia y la estigmatización.

La desvinculación del festejo de la narrativa nacional abona al mito de la traición, es decir, la celebración de unos cuantos, los menos, ante la tragedia de los otros, los muchos, el “grueso de los mexicanos”.

El empeño del gobierno en celebrar los 500 años del encuentro de las dos culturas como eje articulador para hablar bien de Tlaxcala puede resultar un revés, pues las memorias divididas pueden tensionarse y crispar los ánimos contradictorios de nuestra idea de mexicanidad. Puede destapar la caja de pandora en la que están en juego las disputas de las memorias de los unos, esos que ven en la conquista el encuentro de dos culturas y, por ende, la cuna de la nación contra las memorias de los otros, que entienden el proceso de la conquista como un trauma.

El proyecto del festejo del encuentro entre las dos culturas está peligrosamente empapado por un ánimo y una percepción presentista, alejado de una clave y una aguda revisión histórica. Nuevamente, se corre el riesgo de que Tlaxcala festeje para sí mismo, un diálogo autoreferenciado, un monólogo histórico de autoadulación a su heroicidad.

El riesgo de reproducir una narrativa autoexcluyente y desconectada del guión nacional sigue latente.

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