Lunes, mayo 10, 2021

El viaje a la Luna

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Para Sharon Fernanda, niña de la Luna

Hace medio siglo, el 20 de julio de 1969, mientras París aún ardía, Vietnam y Estados Unidos se desangraban y México volvía a su sueño criogénico, luego de la Plaza de las Tres Culturas, un par de hombres bajaban de una nave diseñada en la forja de los sueños, para dejar sus huellas en la polvorienta Luna.

Literalmente, el mundo los seguía. Por radio, por televisión, la aldea global enunciada por McLuhan observaba, escuchaba. El añejo sueño de llegar a la Luna se estaba materializando.

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¿Cuál si no ésta nuestra rara especie que se ve a sí misma como “sabia” podía lograr ese pequeño enorme salto genialmente sentenciado por Armstrong? Caminar sobre la superficie lunar. Dejar constancia del hecho, más allá de las razones (o sinrazones) ideológicas, políticas, militares, económicas que empujaron a los Estados Unidos a destinar millones y millones de dólares para lograr que ese par de astronautas, Armstrong primero, y Aldrin unos minutos más tarde, pasearan durante alrededor de dos horas por el sobrecogedor paisaje selenita, instalaran un sismógrafo y un reflector láser, colectaran rocas y muestras de suelo, y colocaran la bandera de los Estados Unidos.

Qué se le iba a hacer.

Eran los días de la Guerra Fría y de la paranoia nuclear, que no se ha apagado del todo. Pero más allá de esos pequeños grandes detalles, el hecho en sí habla mucho de lo que somos como especie.

Tomemos en cuenta esto: apenas 66 años atrás, en Kitty Hawk, una solitaria playa de Carolina del Norte, los hermanos Wilbur y Orville Wright habían logrado que un aparato más pesado que el aire se sostuviera en un vuelo controlado. Doce segundos que supusieron el primer paso para conquistar los cielos y el espacio.

En esas casi siete décadas entre Kitty Hawk y el Mare Tranquilitatis, donde alunizó el módulo Eagle, los seres humanos mejoramos nuestras máquinas voladoras.

Aunque en el camino, las usamos para darnos terrible muerte.

Desde las toscas escuadrillas de la Primera Guerra Mundial (¿quién no ha oído hablar del caballeresco Barón Rojo, de la Luftstreitkräfte?), hasta los salvajes bombardeos a Guernica, Londres y Colonia, que culminaron con el siniestro vuelo del Enola Gay, ese bombardero B–29 en cuya carga viajaba Little Boy y su cauda radiactiva, la mañana del 6 de agosto de 1945.

La guerra, la madre sangrienta de la humanidad, nos iba a llevar hasta la Luna. Porque sin las ideas del alemán Wernher von Braun, el diseñador de las bombas volantes V2 que arrasaron Londres y trataron de ganar una guerra imposible para Hitler, los cohetes Saturno simplemente no hubieran levantado el vuelo.

Además, sin la presión que ejercía la Unión Soviética, que claramente había tomado la delantera en la carrera espacial, probablemente el 20 de julio de 1969 hubiera sido un día más, marcado por la guerra en Vietnam y por la música de los Beatles.

(Recordemos: los soviéticos ya habían lanzado al Sputnik, que saturaba con sus bip, bip, bip los aparatos de radio de onda corta, allí por donde pasaba; la perra Laika ya era el primer ser viviente en surcar el espacio, aunque murió en el intento; Yuri Gagarin había sido el primer hijo de Adán en mirar la majestuosidad del planeta desde allá arriba; y Valentina Tereshkova fue la primera hija de Eva en navegar durante tres días alrededor del planeta. La URSS ganaba por goliza).

Pero entonces, acicateado por el rojo aguijón comunista, John F. Kennedy pronunció aquel discurso que puso en movimiento a un auténtico ejército de 400 mil personas, desde el propio presidente, hasta las personas que cortaron y cosieron los trajes espaciales: “Hemos decidido ir a la Luna en esta década, y también afrontar los otros desafíos, no porque sean fáciles, sino porque son difíciles, porque esta meta servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y aptitudes, porque es un desafío que estamos dispuestos a aceptar, que no estamos dispuestos a posponer”.

A Kennedy se le atravesaron algunas balas en Dallas, y ya no pudo ver el paseo de Armstrong y de Aldrin por el Mar de la Tranquilidad, pero se cumplió lo que se había trazado aquel 12 de septiembre de 1962: llegar a la Luna y dar ese inmenso salto para la humanidad.

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