Un obstinado sujeto se propuso recorrer los recodos del país, avanzó en la vasta y agreste geografía de tragedias. En cada lugar que visitó arengó como un profeta, presumía tener el pulso del pasado y la estrategia para corregir el presente y, además, forjar un mejor futuro para todos, aunque, siempre lo dijo: los “pobres” eran su prioridad.
Los azorados parroquianos al escucharlo evocaron inmediatamente aquella promesa del retorno del gran señor, el hasta entonces ilocalizable mesías que prometió regresar.
La fama del sujeto se pregonó de boca en boca, con algarabía la población advertía al siguiente pueblo la llegada del resplandeciente orador, indicaban que no era un religioso, tampoco un comerciante, menos un mercachifles, que era algo así como un político, pero que, con sobrada naturaleza, amalgamaba las habilidades del religioso, del vendedor ambulante y también las del avivado mercachifles.
No evangeliza, advertían, no vende nada, pero, como buen político, propone al pueblo algo muy sencillo, que no tiene costo y es de fácil acceso, todo parecía ser un sencillo trueque: la palabra del orador, su desmedida voluntad a cambio de la ilusión de una última transformación y, por ende, sólo solicitaba el voto del estimulado escucha. El voto de los acarreados y también de los pusilánimes escuchas.
Los mensajes del orador eran al final del día algo más que propuestas, una oferta mercantil inexorable. Los escuchas tuvieron pruebas de los dichos y muchos certificados de garantía, lo único que tenían que hacer –como ya se dijo– era elegirlo y emitir su voto por él. Sencillo, el trueque era algo muy campechano.
Al final, todos los vecinos acudieron desaforados a las urnas y votaron a favor del orador caminante, la esperanza del votante, su ideal, su identidad o la simple coincidencia se potenció, los aficionados y desilusionados encontraron en las palabras de aquel orador errante la solidez y la fortuna del futuro; 24 kilates de optimismo puro. El brillante porvenir deslumbró a la población que rápidamente se convirtió en algo parecido a un acólito civil. Monaguillos de la nueva república.
Los jacobinos que se alejaron de esa pasajera perturbación teológica se quedaron meditabundos, asumían que el Apocalipsis no podría ser salvado ni por el buen obrar ni tampoco por la fe. Aguardaron en silencio el desatado frenesí. Cerraron sus oídos ante esa oportunidad que parecía definitiva. Todo era una atmósfera de escándalo. Es la fiesta democrática gritaba el pueblo. Pocos auguraban era una época de resplandecientes sumisos, obstinados en la miel de los abrazos, descuidando el presente y, por ende, el futuro.
Ellos asumieron ser dueños de la certeza, todos actuaban con una altura moral descomunal, era la nueva moralidad que los absolvía de su pasado, porque con ese triunfo todos tenían limpio su pasado.
Los apáticos, incrédulos u opositores se sintieron ante tanto optimismo como ridículos eunucos frente a lo que todo el mundo decía era un paraíso del goce político.
Un sexenio después, cuando el orador y caminante profético dejó el poder –en manos de su sucesora–, quedó evidenciado que el fabuloso trueque se antojaba como un fraude. El errante orador, ese providencial mesías resultó ser al final del día un vil mercachifles, pues heredó espejismos a su sucesora y crédulos votantes.
La desilusión también tiene orgullo, pues los primeros acólitos en darse cuenta se hicieron los desentendidos, los segundos, terceros, cuartos y cientos de miles más se ocultan y evaden darse cuenta de que el trueque fue algo falsificado, algo que nunca llegó, que nunca llegará, aunque unos y otros traten de maquillar y ocultar las imperfecciones de su ilusión.
Hoy los 24 kilates de optimismo y la esperanza del porvenir están lejos de ser la blancura inequívoca de la proclama transformadora: ni los pobres, ni los abrazos–no balazos y ni una cuarta transformación. El que decían era oro, hoy comienza a enmohecerse. Los ácidos corrosivos del alquimista que ponen a prueba en su laboratorio la calidad del metal señalan que el oro y la brillantez prometida corresponden a un pasado, que no termina de irse. Ese oro fue pigmentado, maquillado durante seis años, un día sí y el otro también. Los decepcionados confirman su desahucio, los amorosos acólitos viven un dilema injustificable. Unos y otros lo padecen.
Mezquino es festejar el júbilo, pues tampoco podemos presumir que acertamos, aunque realmente nunca hemos acertado, la circularidad del juego nos ha hecho comodines del mismo tablero político, unos menos y otros más, siempre han ganado los de arriba y nunca cambia nada para los de abajo.
La tragedia de la Cuarta Transformación –nuestra tragedia– ya había sido anunciada por Juan José Arriola, en la parábola del trueque: “Al grito de ¡Cambio esposas viejas por nuevas! El mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos. Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe dios cuántas manos… El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias… Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada… Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y, realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados”.
