Miércoles, abril 14, 2021

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El salto a la nada

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There’s no future
No future
No future for you

“God Save The Queen”/Sex Pistols

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Una de las más delicadas y deliciosas crónicas escritas por Ignacio Manuel Altamirano tiene como tema al Día de Muertos.

Publicada el 6 de noviembre de 1869, en El Renacimiento, la revista que fundó tras la derrota del Segundo Imperio y el restablecimiento de la República, la crónica es, literalmente un paseo por los panteones que había en la Ciudad de México, pero también un recorrido por las ideas de Altamirano sobre la suerte y avatares de los vivos y el destino de los muertos.

Un año antes había escrito y publicado una crónica similar en La Vida en México, donde expresa similares inquietudes, como la crítica a los petimetres y “leonas” de la época, que abarrotaban los panteones sólo para ver y ser vistos, sin un dejo de piedad en sus intenciones y conductas.

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Altamirano, como casi todos los escritores del siglo XIX mexicano, tenía una profunda preocupación por la falta de valores entre la gente de todas las clases sociales. Eran duros con todos, así fueran señoritingos o payos; leonas o chinas.

Pero más allá de esos lamentos y diatribas, las dos crónicas sobre el Día de Muertos traslucen la vigorosa voz de Altamirano, nuestro mejor escritor decimonónico.

“Pocas veces hemos tenido en México un otoño tan triste como el de este año”, apunta en la crónica de 1869. Obviamente no tenía ni idea de lo que iba a pasar 151 años más tarde.

Y es que este quizás haya sido uno de los más lúgubres Día de Muertos, si se vale la expresión. Aquí, para horror de muchos extranjeros, en esta fecha se hace fiesta en los camposantos. Se come, se baila, se emborracha. Todo en honor de los que ya no están, pero también para gozo de los que aquí siguen.

Nuestra singular idea del “más allá”, heredera del catolicismo medieval y de un fuerte sustrato indígena, moldeado por una modernidad mal atragantada, encuentra su epítome el 2 de noviembre.

Los Fieles Difuntos se transformaron en el Día de los Muertos. Todavía hace unas décadas Octavio Paz y Samuel Ramos intentaron decodificar el sentido de la muerte para los mexicanos. Y fracasaron estrepitosamente.

La muerte es un gesto colectivo; en buena medida, las ideas que tenemos en torno a la muerte regulan el sentido que le damos a la vida.

Ahora, con la muerte como un gesto desnaturalizado, prácticamente banalizado, tiene una nueva dimensión. La muerte está ahí, al lado nuestro, como una compañera de viaje, y no en el sentido que le dan filósofos o antropólogos. No. La muerte está materializada.

Ahora se le rinde culto; se ha vuelto protectora y fetiche; es una abstracción corporizada. ¿Puede haber mayor singularidad que esta idea germinada en la mente de nuestros delincuentes? La muerte te oye y te ayuda a no ser tocada por ella; te protege para que sigas en la vida loca lo más que puedas.

Sólo de esa manera se puede entender el frenesí autodestructivo de los jóvenes sicarios que se consumen como una llamarada. Actúan como si en sus mentes retumbaran como un mantra dos palabras “No future”, esa frase emblemática del punk que sintetiza el espíritu de esta época: el salto a la nada.

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