Lunes, agosto 15, 2022
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El pasado eterno

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El poder político de la 4T está fincado en tres pilares que, hasta hoy, ya avanzado el sexenio, parecen inquebrantables. Esa fortaleza devela también preocupaciones a mediano y largo plazo, los cuales será importante tomar en cuenta durante los siguientes dos años, más que la historia nos ha dicho que de repetirse ese esquema de poder, los daños pueden ser irreversibles.

Uno de los pilares más fuertes de la 4T es sin duda el presidente y no propiamente el partido. Eso que llaman partido semeja más un oxímoron, un guisote de clientelismo selectivo y de sumisión nacional que se alimenta de una de las ficciones más renovadoras de los últimos tres sexenios: “la transformación”. No una simple transición, es “la transformación, históricamente asistimos a la Cuarta Transformación del país”.

No es novedad que el eje rector del discurso desde el poder no pase por el partido o lo que eso sea, el discurso del poder es generado en y desde el Ejecutivo. Desde la máxima tribuna del Palacio Nacional se exige la cuadratura del círculo. No sólo eso, se reclama el dogma, la conformación de las comunidades emocionales, la otredad y la verdad, así como también el odio.

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Sin duda, la desventura de los partidos políticos fue generada por su misma lógica operativa, todos, absolutamente todos los partidos fueron incapaces de crear una ficción diferenciada, un ejercicio de poder distinto, hoy en día les resulta imposible sostenerse, convertirse en una alternativa viable para la población hastiada de lo mismo. Los partidos cavaron su propia tumba y se metieron en ella antes del fin de sus tiempos. Perdieron ya la posibilidad de ser promesa. No se asoma en el paisaje político algo que pueda representar una opción electoral. La población está contenta, parece asumir que llegó al final de su historia, al grado último de la satisfacción política con la 4T, como si el materialismo histórico fuera hoy una biblia incuestionable.

No hay ni de lejos en el escenario político un equilibrio de poderes, no existe una opción real para los otros tantos millones no incorporados al proyecto de nación de la 4T, esos otros millones que rayan en la pluralidad de pensamiento e ideologías, desde los derechistas moderados y recalcitrantes, los neoliberales o tecnócratas declarados, los izquierdistas de antaño, los izquierdistas que no militan en las opciones partidistas hasta los izquierdistas radicales y los izquierdistas moderados, ya ni mencionar toda la pluralidad de ideologías y posturas políticas que oscilan en las movilizaciones sociales, colectivos, organizaciones, ambientalistas, a favor de los derechos humanos, víctimas, etc., etc.

Los mosaicos ideológicos en México son más que plurales, son pluriétnicos, muy difusos y diferenciados. En cambio, persiste la marginación, el estigma, la exclusión, la persecución, la eliminación física y mediática, todo como un despropósito del actual gobierno, que vela por la cuadratura de sus proyectos, su idea de democracia y la ficción de la transformación. No existe la homogeneidad pregonada, ni el consenso anunciado, por más que se finque metafóricamente en el voto. La permanencia de la supresión es el único protagonista de la realidad ¿Y la transformación?

La incorporación redimida a Morena de selectivas élites locales y la nula voluntad por desmembrar los cacicazgos políticos locales son sólo algunas muestras del mismo estancamiento, una de las más alarmantes muestras de la latencia de un pasado eterno.

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La poca o nula voluntad de ejercer las justicias ante los múltiples delitos perpetrados en el pasado–pasado, el pasado inmediato y el presente, aún aquellos perpetrados lejanos y muy cercanos miembros de su linaje político, la absolución selectiva como acto redentor y la postergación de las políticas de verdad son otras muestras de la latencia del pasado eterno. La permanencia de la política de olvido abona a la campante impunidad.

Si es alarmante la conformación de un sistema político que tiene como epicentro el poder ejecutivo, lo es aún más que su mano derecha sea el último reducto de la soberanía: las fuerzas castrenses. Este sector ha sido incorporado sin pudor al protagonismo político, permea cada vez más y más la esfera civil. Las fuerzas armadas al mando de todo lo inimaginable, son policías municipales, estatales, federales, policía migratoria, consultores, constructores, albañiles, agentes aduaneros, administradores de los recursos públicos, policía migratoria y, obviamente, poseedores del uso legítimo de la fuerza. Todo, obviamente, sin una sola regulación, sin ninguna fiscalización. ¿Esta permisión legal cómo creemos que podrá ser desmontada a corto o largo plazo?

Tal parece no hay vuelta atrás, ni ruta por delante, la soberbia del poder es algo añejo. La ilusión siempre se ha renovado, siempre hay elementos para creer que todo será distinto, siempre la fe en los asuntos civiles–políticos se asoma de vez en vez, hoy presenciamos una más, es la melancolía que los mexicanos tenemos por el “ogro filantrópico”. La constante exigencia de una paternidad fuerte, pero casi siempre ausente.

Y hoy como ayer, la justificación está en el pasado, antes fue así dicen, antes era peor presumen los sacristanes del actual poder. Indiscutiblemente, México a través de los siglos ha sido el país de un solo hombre y estos, siempre se han sostenido en tres pilares inamovibles: el presidente, las fuerzas armadas y la ficción deliberada.

¿Y la transformación? ¿Ya rompimos con nuestro pasado eterno? La latencia del pasado y la confección del presente nos deben alertar que nos acercamos delicadamente a la incubación de virus político que permite la consolidación de sistemas políticos cerrados, los cuales se asumían ya superados después de la Segunda Guerra Mundial.

El presidente, las fuerzas armadas y la ficción deliberada. Nuestro pasado eterno. Bien lo dijo Derrida: “El pasado siempre retorna como un fantasma en el presente”.

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