Lunes, agosto 15, 2022
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El fruto podrido

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Los suplicios que padecen los cuerpos vivos y los cuerpos yertos en México son, además de escalofriantes, diversos e inimaginables. Muchos cuerpos, cientos, miles han sido flagelados, torturados en las mazmorras del Estado mexicano, tanto en el pasado como en el presente, esa práctica como modelo de “interrogación” nunca ha sido erradicada.

Hay otros cuerpos que, además de ser torturados, son clandestinamente ultimados, en manos de corporaciones civiles que operan en la ilegalidad, grupos cada vez más numerosos que tienen el poder de decidir quién vive y quién muere. Esta maquinaria ha operado por décadas, aún hoy, opera afinada, calibrada y con sobrado combustible.

Una gran mayoría de estos cuerpos son depositados cual desechos en pozos cavados en espacios apartados, oficialmente las han denominado fosas y fosas clandestinas. Cientos de esas fosas encontradas a lo largo y ancho del territorio nacional son una fuente documental de primera mano para explicar algo de esa pedagogía de horror consumado. Los cuerpos ahí colocados están entre ocultos y visibles, los hacederos de estas fosas anhelan su descubrimiento, esperan que alguien vea una tela que se asoma, la mano que surge o el cabello a ras de la tierra. El conjunto fosa–cuerpo ha sido uno de los métodos elegidos por los hacedores de las didácticas de la crueldad paralizante.

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Otros cuerpos también han sido mutilados, flagelados y tirados en carreteras, avenidas, campos, veredas, ríos y arroyos, para que sean vistos, encontrados junto a los coágulos de sangre seca o piel inflamada. Otros cuerpos han sido disueltos en ácidos, incinerados, triturados y dispersados donde nadie sabe, donde nadie puede encontrarlos.

Otros cuerpos son obligados a hacer ejercicios de trashumancia, son colocados en bolsas negras, amontonados en vagones frigoríficos. Posteriormente son trasladados por tráileres de una colonia a otra en las calles o periferias de alguna gran ciudad. Esos cuerpos aglutinados esperan ser recibidos en las saturadas morgues, esperan una plancha digna en la que se decreten las causas de su deceso.

Otros cuerpos, cientos, miles, simplemente han sido desaparecidos. No están en ningún lado. Un día cualquiera, esos cuerpos dejaron un vacío, ratificaron una ausencia en sus familias, barrios, casas, escuelas y trabajos. Esos cuerpos, diría Videla: no están vivos, no están muertos, están, simplemente, desaparecidos.

Paradójicamente, las respuestas que el Estado, las leyes, las instituciones y las burocracias han dado a estos cuerpos son, en el menor de los casos, indignantes y, en el mayor de los casos, nulas.

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Por si estas catástrofes fueran una experiencia innombrable, la realidad siempre supera la capacidad de asombro que tenemos como testigos forzados, dejándonos sin palabras, sin la capacidad de asimilar, sin poder nombrar y dar un significado a lo indecible. Simple y llanamente, lo único que se padece es la parálisis. Ese aprendido instinto de sobrevivencia que consiste en dejar de ver, dejar de escuchar y dejar de hablar. Vivir en la risible naturalización y trivialización del mal como una banalidad que nos inunda.

Así ha acontecido con el cuerpo de un menor que fue exhumado en el Estado de México después de meses de haber fallecido en una intervención quirúrgica. Un cuerpo sepultado que fue extraído de su pequeño ataúd, fue guardado y arropado.

Alguien retuvo ese diminuto cuerpo por un día, una noche, posteriormente tuvo a bien trasladarlo –¿Cómo? es indescifrable, inimaginable– llevarlo de su última morada en el Estado de México a más de 140 kilómetros a otra ciudad, a la ciudad de Puebla. No sólo eso, ese diminuto cuerpo fue introducido a un penal, quizá como entran los hijos de los presos que obviamente están vivos, en brazos de un adulto.

Un cuerpo de un infante con meses de haber fallecido entró a un reclusorio: ¿registraron su nombre al entrar, pasó por los pasillos, entró a los espacios de visita familiar, a los jardines, una mujer u hombre lo llevaba cargando con una cobija?

Lo inverosímil, si todavía pudiera caber la posibilidad de lo improbable, es que ese pequeño cuerpo no salió del reclusorio.

Horas después ese diminuto cuerpo fue encontrado en uno de los basureros del reclusorio. Fue colocado en una bolsa rellenada con cal.

Las respuestas gubernamentales locales y federales han sido por demás ambiguas, cínicas y sumamente alarmantes. Desde el Poder Ejecutivo se señaló que este suceso: “es fruto podrido de la descomposición social. Son hechos lamentables que no deberían suceder, pero tienen que ver con el pasado reciente. Eso es lo que nos dejó la política neoliberal”.

El gobierno local se remitió a calificar este acontecimiento como un acto llevado a cabo por gente malvada, diabólica, monstruos y mentes retorcidas. Además, recomendar o amenazar a que “tengan cuidado periodistas y activistas de investigar el caso del bebé muerto”. Sólo en México, el cuerpo de un bebé de apenas meses puede morir dos veces.

La realidad siempre supera la capacidad de asombro que tenemos como testigos forzados los mexicanos, dejándonos sin palabras, sin la capacidad de asimilar, sin poder nombrar y dar un significado a lo indecible. Simple y llanamente, lo único que se padece es la parálisis. Ese aprendido instinto de sobrevivencia que consiste en dejar de ver, dejar de escuchar y dejar de hablar. Vivir en la risible naturalización y trivialización del mal como una banalidad que nos inunda.

Comprobado está, para el presidente y sus gobiernos locales, los cuerpos en este país son un fruto podrido heredado de regímenes pasados, cuerpos que no les importan y creen no le importan a nadie.

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