Lunes, junio 21, 2021

Días soleados

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Sophie Scholl fue estudiante de la Universidad de Múnich e integrante del grupo de resistencia contra el régimen nazi llamado Rosa Blanca. La Gestapo la detuvo por su activismo y después de arduas torturas fue sentenciada a morir por traición a la patria. La ejecución en la guillotina tuvo lugar el 12 de octubre de 1942. Sophie, al borde de la muerte, enfrentó la guillotina con las siguientes palabras: “Este es un día hermoso y soleado, y tengo que irme. Pero ¿qué importa si muero, sin con ello puedo despertar a la gente?

El optimismo de Sophie, su anhelo por despertar las conciencias contra el régimen nazi, fue vulgarmente tergiversado dos décadas y media después por la televisión mexicana. El sobrado cinismo y el conocido descaro de los medios de comunicación se presentó la noche del 2 de octubre de 1968, cuando el presentador preferido de Televisa sentenció: “Hoy fue un día soleado”. Mientras horas antes el Estado mexicano había perpetrado una matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco.

La matanza de estudiantes de Tlatelolco frenó todo intento de movilización en el entonces Distrito Federal, hoy Ciudad de México. La movilización, que duró poco más de dos meses, logró calar hondo en la conciencia de la sociedad no sólo capitalina, sino en todo México. El movimiento había despertado el espíritu crítico de una nueva generación segregada por el sistema presidencial de larga data y excluida de su robusto sistema corporativo y clientelar.

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Después del movimiento del 68, la Ciudad de México quedó desolada, la pedagogía del horror desplegada por el Estado impidió la movilización juvenil, cegó sus demandas y los condujo al replanteamiento de la lucha contra el sistema político presidencial semiautoritario.

Pocas movilizaciones sucedieron desde entonces, destaca la movilización pública que múltiples jóvenes y estudiantes hicieron en apoyo a Vietnam y Camboya a principios de los años setenta. Estas movilizaciones fueron observadas por las autoridades locales y federales, registradas, pero no reprimidas. Estas movilizaciones regresaron la confianza y el anhelo de tomar los espacios públicos, la organización de los jóvenes y estudiantes capitalinos comenzó a salir, comenzó a desplegarse en las calles y avenidas de la gran ciudad.

Fue hasta el 10 de junio de 1971, ese Jueves de Corpus, el momento idóneo para que los jóvenes y estudiantes tomaran las calles, revitalizaran la movilización y asediaran a las autoridades locales y federales. El derecho a la movilización debería ser exigido. La movilización fue a favor de la libertad de los presos políticos y en apoyo a los estudiantes de Nuevo León, los cuales buscaban por todos los medios alcanzar la autonomía universitaria.

El gobierno tenía ya preparada la contraofensiva. Si bien en el 68 la actuación de las fuerzas del orden había sido diversa y directa, es decir: ejercieron una represión abierta y extendida, ampliada a la sociedad. Desde entonces era imposible no responsabilizar al Estado mexicano, deslindarlo de la matanza, imposible no responsabilizar al Poder Ejecutivo, al secretario de Gobernación, a las fuerzas armadas y sus generales que en complicidad fraguaron la estrategia de extermino, así como sus cuerpos de inteligencia policial como la Dirección Federal de Seguridad, el Batallón Olimpia, etcétera.

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Dos años tuvo el gobierno mexicano para pulir sus estrategias y cuidar a sus miembros policiales y militares ante la represión de la movilización social. El modelo utilizado para exterminar la movilización del 10 de junio no era algo novedoso, fue una estrategia que había sido ya implementada en múltiples estados de la República, caso paradigmático fue el de la Universidad de Guadalajara, que contó con un cuerpo parapolicial que se encargaba de controlar al estudiantado. La Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG) fue el grupo gansteril encargado de pacificar la vida universitaria, de limpiar la ciudad y el estado de Jalisco de todo indicio de inconformidad y rebeldía. Esta organización disfrazada de representación estudiantil fue reconocida y bien valorada por el entonces presidente Luis Echeverría.  Fue solapada por múltiples gobernadores, las bases militares locales, el empresariado, las fuerzas políticas partidistas, la iglesia, sindicatos y élites políticas locales. La recompensa a su trabajo osciló en la entrega de edificios, carros, relojes finos, armas, libertad de acción e impunidad, esos fueron los pagos que estos sectores otorgaron en todo momento a la FEG. Los grupos de la FEG fueron por mucho tiempo entrenados por luchadores profesionales como el Rayo de Jalisco, karatecas reconocidos o boxeadores. Este grupo de choque era el primer frente de batalla de la organización contra todo lo que se moviera en la vida universitaria y política en la entidad.

Los Halcones, el grupo de choque desplegado contra la movilización de jóvenes capitalinos que apoyaban a los estudiantes de Nuevo León, no fue una novedad en el esquema represivo del gobierno mexicano, es un símil de organizaciones y grupos ya movilizados a nivel nacional. La implementación de este esquema represivo favorecía a las fuerzas del orden por varios motivos: la represión ejercida por las fuerzas del orden era llevada a cabo por civiles; era mucho más fácil culpar a estos actores y simular que se trató de un enfrentamiento entre jóvenes –cosa que durante el halconazo, los medios difundieron sin el menor empacho–; las fuerzas del orden y los actores políticos, militares y policiales que orquestan la represión perdían visibilidad. Todo este andamiaje favorecía –y como lo hemos visto hasta el día de hoy a 50 años después– a invisibilizar, tergiversar y, sobre todo, a perpetuar la impunidad de los delitos de lesa humanidad cometidos premeditadamente por el Estado mexicano.

Esa política represiva tan del pasado es también tan del presente, siempre latente, continua en México. Ese consenso del Estado y fuerzas afines nunca se ha ido, partidos llegan partidos se van, gobiernos pasan y nunca se abandona el modelo. Ello confirma que antes del 68, después del 71, Ayotzinapa y más, la justicia nunca llegará, la impunidad se campea y los responsables que sobreviven, cada día disfrutan de “hermosos días soleados”, esos que para las y los ausentes fueron un motor de esperanza, un alto propósito que para lograrlo tuvieron que ofrendar su vida.

Las más oscuras páginas de la historia reciente de México están plagadas de injusticia e impunidad, pero también de “hermosos días soleados” para los perpetradores de los delitos de lesa humanidad cometidos en el pasado y en el presente.

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