¿Democracia?

Vale cuestionarse si lo que se practica en la política estadunidense es realmente democracia

Quienes hemos tenido la fortuna de ir a las aulas y aprender algo en ellas, escuchamos varias veces que la democracia se forjó hace unos 2,500 años en una ciudad relativamente pequeña, excéntrica para su época, y que nos legó muchas ideas sobre filosofía, política, historia, ciencia, arte y hasta el deporte, entre otras actividades.

Atenas, la cuna de la democracia, es el tópico que define a esa singular ciudad helena. En aquellos días era una idea exótica. Permitirle a todo varón libre, originario de la polis y con una cierta renta, participar en las decisiones que afectaran el rumbo de la ciudad, no se veía en otros lugares.

A esa forma de organización política, fincada en la participación de los ciudadanos, ahora le llamamos democracia, una idea esencialmente occidental.


Durante siglos quedó nublada por otras formas de gobierno. La plutocracia romana devino en monarquía sin ningún contrapeso. Fueron casi 2,000 años de la misma fórmula.

Nuestra acepción de democracia se consolidó hasta bien entrado el siglo XX, cuando se dio el voto a las mujeres, y debe más a los lores ingleses y a los ilustrados franceses, que a los remotos atenienses.

En esa larga ruta, en Estados Unidos se abrogaron el monopolio de esa práctica. Desde 1945 se apropiaron del concepto, sin haberlo honrado realmente. La democracia se encuentra sometida, esclavizada a numerosos intereses, principalmente económicos.

Hemos reducido el concepto al ejercicio del voto. La democracia tiene que ver con una serie de valores, con una forma de convivencia y, sobre todo, con el respeto a las diferencias.

Y eso es lo que se ha echado de menos en los últimos años en la autoproclamada democracia perfecta de Estados Unidos, que durante cuatro años tuvo a un clown egocéntrico y estúpido como presidente, un playboy que logró seducir a millones de trabajadores, que se sienten desplazados y, peor aún, amenazados por la marea multirracial que la asedia.

Vale cuestionarse si lo que se practica en la política estadunidense es realmente democracia. Yo tengo serias dudas, cuando te enteras que Trump fue demócrata e incluso financió campañas de demócratas, y acabó apoyándose en los conservadores más radicales para sentarse en la Oficina Oval.

El nuevo káiser, emanado del establishment y de la política rapaz, tendrá un reto muy complicado, que podría acarrear consecuencias para todo el planeta.