Martes, octubre 19, 2021

Del pater familias hacia las paternidades positivas y activas

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El día del padre poco a poco ha tomado mayor relevancia en un país donde la figura materna aún tiene mayor valoración no solo porque ha significado una figura más cercana, presente, que escucha y acompaña, sino también porque el sistema patriarcal la ha colocado ahí para mantener un orden social donde la vida y participación de las mujeres se ha reducido al espacio privado del hogar y aunque actualmente hay mujeres que se desenvuelven en el espacio público, es decir que trabajan o son las únicas proveedoras económicas, pero las tareas del cuidado y crianza aún recaen en ellas como las principales responsables, aunque estén presentes la pareja u otros hombres de la familia.

La familia como la concebimos hoy, ha sido un producto histórico, cuyo origen proviene de la cultura de Occidente, particularmente de la Roma antigua, donde la máxima autoridad era el pater familias, que debido al poder, otorgado por el derecho romano, denominado como “patria potestas”, que quiere decir el poder del dueño o del padre, que manifiesta que este personaje es la ley dentro de la familia y que todos y cada uno de los miembros le deben obediencia en cuanto a sus decisiones, además no solo le otorgaba ser su único mantenedor económico y representante frente a las diferentes entidades políticas en Roma, la importante ley de las XII tablas le atribuía también al pater familia el poder de vida o muerte sobre sus hijos, esposa y esclavos que estaban bajo su potestad.

Venimos de una larga tradición jerárquica y de poder al interior de las familias que ha dificultado condiciones equitativas y de autonomía, y por el contrario ha legitimado dinámicas de violencia y opresión, donde la figura del padre se fue constituyendo en dos principales representaciones, una la de ser la autoridad y el juez, el que manda y quien impone tanto castigos como prohibiciones, así como la del principal proveedor por lo que el resto de los miembros dependerán económicamente de él, así como de sus decisiones. En este sentido el padre no representaba una figura que procurara la expresión de afectos, los cuidados y la democratización de la vida familiar.

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Fue gracias al Feminismo que esta jerarquía familiar y las representaciones del padre fueron fuertemente cuestionadas, ya que encarnaban condiciones de desigualdad para el ejercicio de los derechos de las mujeres. Y en este proceso de trabajo por la igualdad de derechos, se ha hecho evidente que esa tradición familiar también ha implicado limitaciones para los hombres, sobre todo para aquellos que querían ser cercanos, que querían compartirse desde otras formas de ser papá, pero que la cultura y las condiciones socioeconómicas no se los permitía, llevando ese peso y dolor en silencio, pero dando continuidad a la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados a las mujeres.

Al pasar de los años con ciertos cambios sociales y culturales, donde la violencia al interior de la familia ya no es legitimada, al menos en el discurso políticamente correcto, donde el machismo ya no es visto como algo deseable (que no quiere decir que ya no exista o se siga internalizando) vemos que la figura del padre ha ido cambiando y está en transición de irse configurando hacia otras posibilidades de ser y estar en el ámbito de la familia, es decir, hacia paternidades que se ejercen de maneras positivas y activas. Hombres que han decidido ir rompiendo con el modelo de padre con que ellos crecieron llevando a la práctica otras dinámicas, por ejemplo: vemos que junto con su pareja planean ser papá y mamá, que acompañan el proceso de embarazo, parto y pos parto, que procuran estar cercanos a sus hijos e hijas, que comparten la responsabilidad de los cuidados del hogar, así como de las tareas de crianza. Esto ha sido muy importante para que el modelo familiar tradicional vaya quedando atrás y podamos resignificar lo que implica ser padre en un contexto de mayor democracia, igualdad y autonomía al interior de las familias.

Pero hay que decir que estos cambios no han sido suficiente, pues si bien muchos hombres han empezado a involucrarse de manera más cercana con sus hijas y sus hijos, eso no ha significado necesariamente que hayan dejado atrás las dinámicas de poder y desigualdad hacia sus parejas, me refiero a situaciones donde se sigue esperando que las mujeres lleven a cabo los roles tradicionales del cuidado del hogar y los hombres se suman “apoyando” a cuidar al hijo o la hija mientras ella termina el resto de tareas domésticas, cuando son ambos quienes trabajan y aportan económicamente.

Otro ejemplo es cuando las mujeres, cansadas de la falta de corresponsabilidad del padre, de los intentos por controlar y cuestionar sus decisiones personales y profesionales o de la misma violencia, deciden terminar la relación y separarse, donde el padre al ya no vivir en el mismo hogar, le cuesta reconocer y aceptar esa decisión, limitado emocionalmente para afrontar la situación, y aunque pueda convivir de manera afectiva con sus hijas e hijos comprándoles regalos, llevándoles a divertirse, complaciéndoles en gustos, decide convivir desde el enojo y resentimiento hacia la mamá omitiendo o limitando los recursos económicos necesarios para la vida cotidiana: alimentos, gastos escolares con todo lo que implica, gastos médicos, renta y demás gastos corrientes, además de seguir cuestionando su rol de madre en función de lo que hace o deja de hacer, que si ella trabaja mucho descuida  los hijos, que si hace cosas para ella misma es una egoísta y se vuelve una mala madre, es decir, sigue queriendo controlar la vida de ella, y eso es violento y machista aunque no lo quieran ver así, llevando a un desgaste en la vida familiar a pesar de que ya no estén conviviendo en la misma casa.

Y, desafortunadamente también hay hombres que abiertamente les cuesta soltar ese modelo tradicional y esas representaciones del padre, se niegan a reconocer  y ejercer otras formas de dinámicas familiares, ya que piensan, desde el machismo interiorizado, que si sucumben ante ello estarán perdiendo el control y el poder que como masculinos les ha sido otorgados casi como mandato divino.

Es por ello que esta fecha, desde algunos años, ha sido una gran oportunidad no solo para festejar, sino para seguir revisando los modelos de familia y de paternidad, así como a las dinámicas cotidianas que promueven u obstaculizan en el hogar la convivencia, la autonomía, el acompañamiento, el apoyo mutuo, la corresponsabilidad doméstica y la ética del cuidado, el buentrato, la igualdad y la justicia, independientemente si se vive o no una separación de la pareja.  Esto no significa dejar de lado que para que estás dinámica puedan ser potenciadas es necesario analizar qué tanto las condiciones institucionales, políticas y legales en los ámbitos laborales del sector público y privado, están tomando en cuenta este proceso de transición sobre las paternidades activas en la vida familiar.

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