Miércoles, julio 6, 2022
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Degradación transformó al Atoyac-Zahuapan en una fuente de muerte, en casi medio siglo

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Una pestilencia insoportable y una corriente ennegrecida, pigmentada en ocasiones en azul o rojo, prácticamente sin vegetación ni fauna y cercada por montones de basura, evidencian la degradación del río Atoyac-Zahuapan al paso de casi medio siglo, al convertirse en depósito de residuos industriales altamente tóxicos, biológicos y municipales, generadores de cáncer, anemia e insuficiencia renal, entre otras enfermedades.

Durante la ruta de la cuenca, en la frontera de Tlaxcala y Puebla, con punto de partida en el municipio de Ixtacuixtla, “huele a anfiteatro”, pero hay días en los que el hedor es peor, afirman pobladores y activistas sociales. Es una “fuente de muerte”.

“Nos están matando”, recriminan en el trayecto de la “Caravana por un Atoyac-Zahuapan con Vida, Toxitour de Seguimiento a la Recomendación 10/2017” emitida el 21 de marzo del año pasado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), en contra del gobierno federal, de los estados de Puebla y de Tlaxcala, así como de los municipios de Texmelucan y Huejotzingo, y de Ixtacuixtla, Tepetitla y Nativitas, respectivamente, por la contaminación de este recurso natural, propiedad de la nación desde hace 81 años.

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A 12 meses, reprochan que no hay ningún avance en las observaciones realizadas a las autoridades, “porque no hay coordinación” para revertir el daño agravado en los últimos 20 años, debido a la recepción de más de 81 mil 700 toneladas de sustancias contaminantes, según el muestreo de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), efectuado en 2005, el cual revela presencia de sustancias tóxicas en niveles superiores a los permitidos, así como de elevadas concentraciones de coliformes fecales.

Antes de la década de los años 60 del siglo pasado el cauce era “la columna vertebral” de las comunidades de la zona sur del estado. A la orilla realizaban festividades, pero “la contaminación rompió con el tejido social” y vulneró los derechos humanos a un ambiente sano, a la salud, al saneamiento y a la información, expone el investigador y activista Octavio Rosas Landa.

En 1969 se estableció el Complejo Petroquímico Independencia en San Martín Texmelucan, así el proceso de industrialización detonó en la destrucción del entorno, incluidas la actividad agrícola y la vida humana, con la complacencia de los tres niveles de gobierno. A su paso por Ixtacuixtla el río atraviesa frente a viviendas. En el camino hay una estación de monitoreo de la Conagua, pero no funciona.

La primera parada del Toxitour es en la descarga de Villalta, municipio de Tepetitla. El grupo es recibido con un golpe de fetidez y un torrente en color negro, producido por residuos de una empresa de autopartes, una fábrica de pantalones de mezclilla y otras más ubicadas en San Baltazar Temazcalac, Puebla. Ambas comunidades solamente son divididas por la autopista.

“Ese olor picoso es de compuestos orgánicos volátiles, como benceno y tolueno; el viento los arrastra, es lo que la gente está respirando cotidianamente. En 2003 hicimos un análisis con apoyo de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) Azcapotzalco y se detectó que los límites de la norma están rebasados, en unos casos hasta en 500 por ciento y se ha mantenido la presencia de metales, plomo, grasas y aceites que destruyen acuíferos”, explica Alejandra Méndez Serrano, directora del Centro “Fray Julián Garcés”.

Villalta es la tierra nativa de Zulma Pérez Cano, víctima mortal de leucemia en el año 2010, deceso que motivó a la asociación civil Coordinadora por un Atoyac con Vida, a promover la queja ante la CNDH que derivó en la recomendación 10/2017, pues en esta ribera del Atoyac-Zahuapan, hay más de 70 mil habitantes en riesgo, de los cinco municipios señalados, pero en total son más de dos millones en toda la cuenca en la zona metropolitana Puebla-Tlaxcala.

“No existe un registro específico del número de enfermos porque hay muy poca información pública respecto a la morbilidad. En un análisis de estadísticas de mortalidad por cáncer, se ha encontrado que la comunidad de San Cristóbal Tepatlaxco, Texmelucan, tiene 760 fallecimientos, respecto de la media nacional que es de 10 por cada localidad del país, mientras que Villalta tiene esta media en cuatro o cinco veces más, también es de las más altas, no solo en esta enfermedad sino en insuficiencia renal”, resalta Octavio Rosas al exigir la suspensión de las descargas industriales sin control, producto de la “colusión entre empresas y el gobierno federal”.

Arturo Olvera, presidente del Consejo Ciudadano por la Dignificación de Ixtacuixtla, A.C, advierte que, además, esta zona es rodeada por cables de alta tensión cuyos campos magnéticos producen tumoraciones. Luego muestra la formación de cristales diminutos en el suelo irrigado con agua sucia. “Nos están envenenando”, expresa.

“Exigimos justicia. Que no se quede solo en comentario, en la pluma. Ojalá que el gobierno se ponga a trabajar”, pide Alicia Lara Vázquez, médico y activista. Isabel Cano repasa que la agonía de su hija Zulma fue “terrible” y lamenta que la mortalidad ha alcanzado a la niñez. Critica la falta de especialistas y medicamentos en el estado, pues “el pueblo está lleno de enfermos. Esto ya es un grito, una desesperación, a diario, a cada instante. Nos estamos acabando, nos arden los ojos y la garganta, nos duele la cabeza, tenemos náuseas y mareos, no se soporta el olor. El cáncer afecta a cualquier órgano, pero no tenemos dinero para pagar los gastos”.

Rumbo a “Zanja Real”, segundo punto del Toxitour, donde se ubica la descarga municipal de Tepetitla, el color blanco de un pato contrasta con la tonalidad chocolate del agua que corre por el canal. Del lado izquierdo yacen los restos de lo que fue un ameyal limpio; ahora está seco. Frente a este paraje hay campos de hortalizas, irrigados con el agua del río que pasa a un lado. Los agricultores se resisten a abandonarlos, pese a que son “castigados” en el precio de sus productos en la Central de Abastos de Puebla y de la Ciudad de México, pues cargan con el descrédito a causa de la contaminación.

“Aquí el haba tiene plomo”, declara Isabel Cano. En esta cuneta “veníamos a lavar y bebíamos agua que recogíamos con las manos, tan limpia, tan hermosa, nos nutría. Había peces, acociles, ranas, una víbora que llamábamos la palanca. Aquí nos bañaban. Había vida, pero vean hacia allá es de muerte. Yo sí la viví, la disfruté, por eso lucho”, rememora esta mujer que ha atestiguado el deterioro que percibió desde los años 70.

Estos terrenos –apunta- eran de alimento. El olor era sabroso, a verdura, a ajo, a cilantro, hoy es decepción, pero vean al campesino, pelea por algo que ya no es consumible.

En el arroyo de Santa Ana Xalmimilulco, el cual conduce al Atoyac, desfogan plantas del corredor industrial de Huejotzingo, de los giros textil, metalmecánica, de autopartes y de alimentos. Allí se mezclan residuos de tintas, solventes, hidrocarburos, químicos tóxicos y metales pesados, formando un líquido espumoso con olor ácido. “La generación de empleos no se compensa con los daños a la salud”, insiste Alejandra Méndez en esta tercera parada del Toxitour; al tiempo, enfatiza la importancia de diferenciar las descargas de las empresas, de las municipales. Reitera que el tratamiento de los desechos no debe ser igual, incluso entre las propias fábricas.

Menciona que no hay una precisión en el nombre de los parques industriales asentados a la orilla del Atoyac-Zahuapan, a fin de “difuminar responsabilidad social”. Aquí, las y los integrantes de las cuatro Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC), entre las que se encuentra la Red de Jóvenes en Defensa de los Pueblos, requieren la actualización de la Norma Oficial Mexicana NOM-001-Semarnat-1996 y de la NOM-002-Semarnat-1996, por considerar que están rebasadas y son condescendientes con las empresas.

La hediondez y el ardor en garganta apresuran la partida hacia el último paraje: San Rafael Tenanyecac, Nativitas. Antes, el grupo hace una pausa al reparar una construcción en obra negra, abandonada. Un elefante blanco de la administración estatal pasada. Es una planta de tratamiento, sin equipo alguno, solo están los muros. “Es falsa, pero está dada de alta en el Sistema de Información Geográfica de Tlaxcala, con un costo de dos millones de pesos, por eso decimos que hay una simulación” por parte de autoridades para resolver el problema, acusa Rosas Landa.

Así, las y los activistas sustentan que la solución para sanear la cuenca no es la edificación de este tipo de sistemas, pues –añade Alejandra Méndez- solo representan una “erogación brutal” de recursos públicos, porque no operan al cien por ciento.

En San Rafael Tenexyecac se juntan el Atoyac y el Xochiac. Era lugar de tierras agrícolas muy productivas, pero la afectación ambiental redujo la actividad. Del río emana un aroma “a anfiteatro”, generado por la descomposición de productos biológicos llamados putrescinas y cadaverinas, son cúspides del pudridero, explica Arturo Olvera.

“Aquí –señala Octavio Rosas- podemos constatar que a un año de la recomendación no ha habido ningún avance, es un agravio adicional a la población” perjudicada, porque todas las autoridades señaladas la aceptaron y en consecuencia, reconocen la violación de derechos humanos. Hay una reincidencia por parte del gobierno federal, de los estatales y de los municipales “que están cometiendo crímenes que podríamos calificar de lesa humanidad, pues no han hecho absolutamente nada para cambiar la situación”.

En un recorrido – refiere – nos contaban que en Valsequillo, Puebla, los niños nacían con 24 dedos, hace una década. En el caso de Tlaxcala, el pediatra Víctor de la Rosa realizó una investigación en 1990, en la cual concluyó la posible relación entre la contaminación y casos de anencefalia, “pero todo lo ocultan”, abunda Arturo Olvera. “Es una catástrofe ambiental, es un genocidio en cámara lenta”, recriminan al finalizar el Toxitour.

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