De la gobernanza al pacto transicional

Hoy las y los políticos argumentan ejercer su poder bajo modelos normativos y procedimentales que innegablemente son, al menos en discurso, democráticos y medianamente convincentes. Los gobiernos estatales han sostenido que ejercen su poder a través de la gobernanza o gobernabilidad. Entienden por ello la eficacia, calidad y buena orientación de la intervención del gobierno, así como elaboración de políticas públicas efectivas, la capacidad del gobernante y de su gestión para ejercer el poder político, la tarea de los asuntos colectivos, así como la solución de demandas ciudadanas.

La eficacia del gobierno bajo la gobernanza se evidencia en la obra pública, la satisfacción de la población con el ejercicio del poder, la confianza ciudadana y empresarial en la estabilidad económica y política, etcétera.

En contraparte, un gobierno pierde gobernanza o gobernabilidad cuando el gobernante no logra satisfacer las demandas de sus gobernados y estos manifiestan su descontento en los espacios públicos. Esta sobrecarga de demandas suele ser elevada y paraliza tanto al gobernante como a su gobierno, el cual, gradualmente pierde legitimidad y eficacia. Según Habermas, la ingobernabilidad se manifiesta cuando hay una profunda crisis de gestión administrativa y nulo apoyo político de las y los ciudadanos con el gobierno y los gobernantes.


El problema de la gobernanza tanto en Tlaxcala como en muchos estados de la República, no es de orden teórico o conceptual, sino de carácter práctico. Si bien el actual gobernador del estado proveyó de cátedras sobre gobernanza a su gabinete, funcionarios y a la ciudadanía, como si de evangelización se tratara, los resultados tanto en entendimiento como en la práctica fueron magros.

La promesa de ser distinto a sus antecesores y, además, distinguido por sus conocimientos académicos resultó ser algo apócrifo. Es paradigmático el colapso de la gobernanza en el estado, primero porque las lecciones pronto se olvidaron, los funcionarios a través de sus discursos utilizaron invariablemente el término de gobernanza, no se consolidó un consenso para su uso y mucho menos para su aplicación.

La gobernanza dejó de ser un paradigma como ejercicio de poder, pues el gobernador se enclaustró en el palacio y poco ha hecho por incorporar a los sectores sociales y ciudadanos en la gestión y solución de problemas y conflictos.

La intervención del Estado en cuanto a demandas sociales es una acción ausente, delegada a funcionarios de baja autoridad y nula competencia para desempeñarse como funcionarios y para solucionar los conflictos, basta con mencionar el tema magisterial, así como las múltiples movilizaciones sociales en la entidad, desde transportistas, sindicales y estudiantiles–juveniles. Las agendas colectivas tienen poca relevancia para el gobernador del estado, las temáticas más apremiantes como la inseguridad, violencia, robos, ejecuciones, homicidios y feminicidios, no son motivo de preocupación.

El alejamiento simbólico o real del gobernador con el partido político al que pertenece, el desdén por las viejas cúpulas políticas, su interés por retirar a los experimentados cuadros políticos de su gestión y su empeño por crear una nueva generación de políticos sin experiencia política le ha traído múltiples problemas, a grado de realizar enroques en su gabinete cuando ya su gobierno va muy avanzado. Gobernanza, nada, gobernabilidad nada. Nuevamente, el gobierno y la democracia en Tlaxcala no se aplican, se hace ritual.

La experiencia de las alternancias políticas en Tlaxcala, el triunfo de Morena nos da nuevamente claves de interpretación sobre el desempeño del gobierno local. Las alternancias políticas en el estado han sido acuerdos o pactos entre la élite o clase política que se concede el poder, semeja un juego generacional en el que el trono es heredado bajo un sorteo elaborado previamente; PRI, PRD, PAN y nuevamente el PRI en el poder. Tal como lo sostuvieron Schmitter y O’Donell, son transiciones pactadas. La sucesión de la gubernatura se da también de acuerdo con las coyunturas nacionales, en los acomodos de las cúpulas federales, ello determina el pacto.

La gubernatura de Mena fue testigo de una coyuntura importante, el arribo de la Cuarta Transformación, la llegada de Morena al poder federal de la mano de Andrés Manuel López Obrador. Esta coyuntura coloca a Lorena Cuéllar, una eterna candidata a la gubernatura, como una favorita ocupante del poder del estado, además de todo, con una cercanía familiar con el actual gobernador. El fracaso de la gobernanza, la inmovilidad del gobierno, su invisibilidad, cortos resultados, desconfianza y baja credibilidad, son parte de una estrategia que debemos leer como una clave de la nueva alternancia política.

Más allá de estas especulaciones, es importante subrayar dos cosas: en Tlaxcala el modelo de gobernanza está en una profunda crisis, tanto en la gestión administrativa como por el nulo apoyo político de los sectores y de las y los ciudadanos con el gobernador y los gobernantes.

La clase política en la entidad le tiene miedo a la real democracia, a la democracia como práctica, por ello prefiere seguir manteniendo la democracia como un ritual ya conocido y bien controlado.

Triunfa siempre el ritual como apariencia de ejercicio de gobierno, una simulada democracia que encontró en el modelo más hueco de la gobernanza una novedosa forma de gobernar. Tlaxcala parece estar transitando de una fallida gobernanza a un nuevo pacto transicional.

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