Miércoles, abril 14, 2021

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De cómo Mario Molina ayudó a salvar al planeta

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Los clorofluorocarbonos (CFC) no son producidos por la naturaleza. Estos compuestos son el resultado de la revolución química gestada a lo largo del siglo XIX. Se sintetizaron por primera vez en Bélgica en 1892 y ahí se mantuvieron, casi inertes, como su aparente naturaleza.

Casi 40 años más tarde, los técnicos de la General Motors identificaron las propiedades refrigerantes de los CFC. Pronto, sustituyeron a otros compuestos y se diversificaron sus usos: agentes de limpieza, espumantes, propelentes, agentes de extinción, disolventes y aplicaciones médicas. Toda una maravilla.

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Durante al menos medio siglo, la fabricación y diversificación de los clorofluorocarbonos casi no conoció límite. Hasta que entraron en escena Mario Molina y Frank Sherwood Rowland.

A manera de preámbulo, en 1971 J. E. Lovelock identificó que los CFC se estaban acumulando en la estratósfera; él creía que no ocasionaban ningún daño y que su presencia incluso podía ser útil para diferentes mediciones, como los movimientos del aire y la actividad industrial.

Sin embargo, en junio de 1974, la revista Nature publicó un artículo de Rowland y Molina, en el que se explicaba que los CFC literalmente estaban exterminando a la capa de ozono, una molécula formada por tres átomos de oxígeno y cuya presencia es crucial para la vida.

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Bajo ciertas condiciones, el ozono es dañino para la salud de los seres vivos. Sin embargo, su presencia en las capas altas de la atmósfera es indispensable para detener la radiación ultravioleta que nos llega desde el Sol.

La investigación de Rowland y Molina, que formaban parte de la Universidad de California en Irvine, demostraba que “las continuas emisiones de clorofluorocarbonos, derivados de productos químicos industriales de amplio uso en la sociedad, podían poner en peligro la integridad de la capa de ozono”, según consigna la página del Centro Mario Molina.

Explicaban que un solo átomo de cloro tiene la capacidad de destruir hasta 100 mil moléculas del ozono ubicado en la estratósfera.

Los dos científicos sostenían que “el nivel de CFC que se emitía era insostenible y que si este problema no se resolvía, la capa de ozono se reduciría considerablemente, lo que probablemente ocasionaría una mayor incidencia de cáncer en la piel, mutaciones genéticas, daños para las cosechas y, posiblemente, cambios drásticos del clima mundial”. Así de sencillo.

Al principio, los industriales, particularmente los de la refrigeración y de los aerosoles, rechazaron las conclusiones del estudio. Pidieron más pruebas y estudios. Fue entonces que se descubrió el agujero en la capa de ozono a la altura de la Antártida.

Sólo así se tomaron en serio las investigaciones de Molina y su colega. Entonces comenzó un vigoroso movimiento, que terminó con la firma del Protocolo de Montreal, en 1987, auspiciado por la ONU y suscrito por 197 países, incluido México y, sorprendentemente, Estados Unidos. Los firmantes se comprometían a reducir la emisión de clorofluorocarbonos y a eliminar hasta 99 por ciento de los compuestos que destruyen la capa de ozono.

El Protocolo de Montreal fue el primer gran acuerdo global encaminado a salvaguardar al planeta. Desde su puesta en marcha ha habido una paulatina recuperación de la capa de ozono, aunque la presencia de otras sustancias sigue poniendo en peligro a esa delicada mezcla invisible de moléculas de oxígeno que nos evitan muchos problemas a los seres vivos.

En El faro, la revista de la Coordinación de la Investigación Científica donde también colaboro, tuvimos la oportunidad de entrevistar varias veces al Dr. Mario Molina, un tipo afable y consciente del papel que había jugado en el tema de la capa de ozono.

En 1995, Molina y Rowland, junto con el científico holandés Paul J. Crutzen, quien también había estudiado el ozono estratosférico, recibieron el Premio Nobel de Química. Pero más allá de ese galardón, su invaluable investigación ayudó a salvar millones de vidas y a preservar el ambiente.

Quizás no tengan capas ni superpoderes, pero los científicos de esta talla y talante son como superhéroes. O algo muy parecido.

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