Lunes, enero 12, 2026

Cuauhtémoc y Cortés

Hispanofilia e hispanofobia se reencuentran ante la inamovible esquizofrenia de una población que parece ya no reconocerse con el pasado y dejar de representarse con su presente. Los facultativos esfuerzos de unos y otros por imponer su narrativa pocos debates generan, tal parece no importar ya la verdad, la reconciliación y los perdones.

Esas narrativas nacionales, nacionalistas, que durante siglos han coexistido se vuelven conscientes de haber fungido como asesinas de la historia, tanto la historia de los unos como de la historia de los otros. No es extraño que nuestras grandes narrativas nacionales hayan muerto, estén sepultadas y, que la democracia y el neoliberalismo haya tenido un desmedido éxito al ponderar la forma unaria o la autorreferencia como forma de cohesión y subsistencia moral y ética.

La esquizofrenia de México y del ser mexicano –si es que eso existe– se empeña en hacernos consciente de nuestro profundo pasado, ese que, casualmente sale a la luz como una alternativa que tienen los gobernantes para enfrentar una profunda crisis. Desde siempre nuestro país se ha caído a pedazos e históricamente, en cada sexenio, algo se va, algo se pierde para nunca regresar. Hoy al país se le caen otros pedazos y lo único que se le ocurre a nuestra clase gobernante es regresar a la tensión esquizoide identitaria del mexicano y, desde ahí, estimular un principio nacionalista. Un ejercicio propio de los tiranos que se anclan en el nebuloso pasado, resignificándose en una narrativa de absoluta tragedia para unos y de absoluto triunfo para otros, tal como fue la conquista de América.

El Estado mexicano optó por celebrar en la plancha del zócalo capitalino los 500 años del asesinato de Cuauhtémoc, último emperador mexica. Las narrativas ahí vertidas colocaron al personaje elegido como un estandarte de la resistencia contra la opresión española, como un ejemplar defensor de la soberanía del pueblo. Paralelamente, como uno de los principales héroes del humanismo y la grandeza de México. Por tanto, todo mexicano debe defender el mundo indígena, porque es un generador de identidad, nuestra identidad nacional.

La presidenta de México también arengó a favor de Cuauhtémoc, pero, para referirse a sí misma, a su partido y su gobierno. La presidenta sentenció que Cuauhtémoc fue un emperador del cual aprendimos a resistir, a no rendirnos, pues nuestro grandioso personaje no se rindió ante los españoles, tuvo el valor y el arrojo para sembrar así su humanismo, un humanismo que nos heredó. La presidenta dice reconocerse en Cuauhtémoc, ella dice ser su herencia, ser ese pasado, porque no se rinde. Señaló que su partido y su proyecto de Transformación se reconocen en el humanismo de Cuauhtémoc, que son las raíces del pensamiento de la Cuarta Transformación, además que, como lo hizo él ante los españoles, ella y su gobierno también defienden y defenderán la soberanía del país. La Cuarta Transformación, al igual que Cuauhtémoc, es el consuelo y la esperanza en el futuro de los mexicanos.

Innecesario voluntarismo histórico, un fiasco nacionalista en el que se puede inferir la asesoría de proyectos como “Sembrando historia” y “Memórica”, aspirantes a intelectuales orgánicos que consciente y descaradamente fungen como paladines de una historia oficialista, del hacer un uso político de esa historia, elaborando narrativas con pretensiones de “verdad”, tal como el evento Funerales de Estado lo dejó ver, un sobrecargado chilangocentrismo.

Tenochtitlán no es México, Cuauhtémoc no fue emperador de México, México como nación emergió muchos años después, Cuauhtémoc fue emperador de un imperio delimitado geográficamente que fustigaba otros imperios–señoríos aledaños como fueron los tlaxcaltecas y cholultecas, por ejemplo. Las tendencias a homogeneizar los fenómenos históricos en aras de crear una conciencia nacional no son nuevas, los asesinos de la historia siempre han estado presentes, son parte de ese grupo de asesinos los que hoy apuestan a los grandes relatos de una nación maravillosa e impoluta que nos debe unir ante un proyecto “común”: La Cuarta Transformación.

La contraparte, esas narrativas hispanófilas las podemos encontrar en múltiples textos, valga destacar el libro de Antonio Cordero, intitulado: Hernán Cortés o nuestra voluntad de No ser.

Cordero se pregunta: ¿Cuáles son los costos de no reconocer la figura de Hernán Cortés en México, si negamos su papel de fundador de nuestra nación? Para Cordero, los aportes que Cortés realizó a nuestro país son muy importantes y, por tanto, debemos valorarnos y reconocernos en él. Cortés fue –a los ojos de Cordero– un ingeniero conquistador que llevó a cabo operaciones pacíficas, los violentos fueron los pueblos que se sumaron a su empresa, por ejemplo, los tlaxcaltecas. Cortés fue también un estratega inteligente, ágil, agudo que trajo consigo la evangelización, con ello, la paz, la muerte dejó de ser un culto festivo, cesó el sacrificio de humanos. Cortés fue un glorioso ganador, generoso desarrollador de nuestro país, magnánima persona por encima de Napoleón o Colón, quienes solo llegaron, conquistaron, pero no construyeron, Cortés fincó y dio forma a un país, el cual lo destruyó, difuminó de su historia y lo relegó al olvido. Se le ha negado a Cortés su legado en la historia patria. Para Cordero, esta negación tiene costos psicológicos para los mexicanos, traumas de los cuales no hemos salido por miedo a no ser la imagen y semejanza de Cortés. Sufrimos como nación porque negamos su grandeza, tenemos, los mexicanos, miedo a ser grandes, a tener éxito, como lo tuvo Cortés, nos conformamos con el papel de víctimas, de derrotados, por eso –según Cordero– somos inseguros.

¡Va más allá! Cordero sostiene que Cortés es nuestro padre y que negamos esa paternidad, de rescatarla y aceptar tener un padre, tal como Francia lo hizo con Napoleón seríamos más exigentes, talentosos, como él, pero no, preferimos matarlo de nuestra historia patria, así nosotros morimos con él, concluye Cordero.

Hispanofilia e hispanofobia se reencuentran ante la inamovible esquizofrenia de una población que lejos está de ser un ente nacional, en el que los nacionalismo más ramplones tengan efecto. Para una narrativa tanto como para la otra, olvidan u obvian algo que se llama realidad, la cual es difícil de moldear con clases de historia, muchas veces, tal como se vio aquí, contrafactual, partiendo del supuesto, del mito, de la leyenda o de lo que la persona que escribe la historia quiere imponer como capricho.

La utopía de una narrativa integradora choca con nuestra esquizoide realidad, simplemente, sin salir del centro geográfico en disputa, podemos observar cómo la entidad de Tlaxcala se anuncia como “Cuna de la Nación” y, siglos después, se enfrasca en una iniciativa en la que grita a voz en cuello que “Tlaxcala sí existe”. Valga también recordar la permanente construcción de otredades recíprocas entre tlaxcaltecas, poblanos y aquellos habitantes de la Ciudad de México, una negación y desaprobación que no ceden ni un ápice a la romántica historia nacional que pretende elaborarse, esa que ha tendido a escribirse desde la lógica narrativa chilangocéntrica.

Geografía que desde siempre ha asumido la representatividad del México de ayer, del México de hoy, el resto es apenas una provincia que suma sus partes a su gran todo de este México siempre enfrascado en el: ¡Sí, pero No!

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