Martes, mayo 11, 2021

Corrupción en el Parnaso

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Cuando José López Portillo fue bendecido por El Dedo de Luis Echeverría Álvarez, se echó a andar una de las más pintorescas, por no decir grotescas, presidencias imperiales de México (con permiso de Krauze).

Bien es sabido que el poder suele enloquecer a sus usuarios, y los presidentes mexicanos, salvo honrosísimas excepciones, son un buen ejemplo de esa locura temporal, a veces permanente, ocasionada por La Silla.

(Por eso dicen que Zapata no quiso sentarse en ella, a diferencia de Villa, que muy orondo posó sus posaderas en el máximo símbolo del poder máximo en México, al menos en ese entonces: La Silla Presidencial).

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Pero me estoy yendo por las ramas.

El asunto es que los genios de la campaña de JoLoPo (no, no es hashtag) acuñaron una frase como lema para la contienda, que sonaba bonita en el papel, pero que, por uno de esos trágicos bumeranes del karma, acabó volviéndose contra el presidente que juró defender el peso como un perro.

La frase en cuestión era “La solución somos todos”. Bonita, ¿no? ¿Pero solucionar qué? Sepa. Porque se supone que veníamos encarrerados del último coletazo del desarrollismo iniciado con el honorable Miguel Alemán Valdés, y que mantuvieron sus sucesores, al menos hasta el indecible Gustavo Díaz Ordaz.

Nada ingeniosos en este país, de inmediato la gente cambió el sentido de la frase y la convirtió en una trágica sentencia: “La corrupción somos todos”.

La corrupción es uno de los más costosos flagelos para México. Según el Inegi, en 2017 ascendió a la friolera de 7 mil 218 millones de pesos. Nomás 3.1 millones de personas aceptaron que habían corrompido a alguna autoridad.

“En todos los sistemas sociales, las prohibiciones varían con la presión con que se exigen, la probabilidad de que sean sancionadas y la severidad de la vigilancia ejercida”, asienta William Michael Reisman en ¿Remedios contra la corrupción? Cohecho, cruzadas y reforma (que además evidencia que la corrupción no es un problema tropical). Lo que Reisman quiere decir es que un sistema laxo o fallido, como el nuestro, es más propenso a verse vulnerado por los sobornadores. “El que no tranza no avanza”, dice la cínica conseja popular Made in Mx.

Y eso es lo que ocurre hasta en sectores que uno pensaría son ajenos a ese tipo de prácticas. Me refiero al medio cultural y a la comunidad artística.

En días recientes se ha levantado revuelo por un reportaje publicado por Notimex, en el que se evidencia a un grupo de artistas y escritores privilegiados con becas del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca), a través del Sistema Nacional de Creadores.

Hace 24 años, Enrique Serna, uno de mis escritores favoritos, publicó un libro que causó un auténtico terremoto en el mundillo de las artes, y en concreto en el grupo que tenía el control de premios y presupuestos en la Ciudad de México. El texto en cuestión es la novela El miedo a los animales, donde se compara al sector artístico con los bajos fondos de la policía judicial. Ni más ni menos.

Serna contaba algo que casi todos sabían: los premios, becas, viajes y demás apoyos a escritores y artistas se repartían entre una pequeña mafia. Gracias a esa novela, Serna fue exiliado un tiempo del Parnaso mexicano… pero ya lo perdonaron.

Recuerdo muy bien, cándido que era yo, que por allá de 2001 me invitaron a un encuentro de escritores en Monterrey, y se me ocurrió hablar de la novela de Serna, para ejemplificar que en la CDMX se cocinaba el festín de la corrupción en el medio artístico. En aquella mesa estaba ni más ni menos que Christopher Domínguez Michael, uno de los escritores–intelectuales mencionados en el reportaje de Notimex como beneficiario continuo de las becas del Fonca, y que también era uno de los rostizados por Serna en El miedo a los animales.

Obviamente, Domínguez se molestó con mis comentarios y de plano me espetó que Serna había “pateado el pesebre”. Pero no desmintió lo que ahí se contaba.

Ahora, tantos años después, el pesebre sigue igual de sucio.

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