El comienzo de un año y la concreción del que le antecede siempre ha generado expectativas en la sociedad, hay un desfile de sentires ante ese suceso: alegrías, nostalgias, expectativas, miedos, certezas, pero también muchas promesas.
Promesas de todo lo que se hará durante el siguiente año para mejorar el bien o mal vivir. La fiesta del año nuevo es un evento que despide y abraza el porvenir.
Aunque al paso del tiempo la experiencia muestra que el cierre de un año y la inauguración del otro, por mucha emoción y empeño que tengamos en nuestros deseos, siempre habrá, en nuestro destino, algo que es ajeno a nosotros, que no podemos controlar, que no podemos ni podremos nunca cambiar, algo así como la fortuna, el destino y sus designios, muchos otros suelen decir: lo que dios manda.
Aquí llamaremos a eso contingencia. La contingencia es algo inmanente en nuestra vida, es algo así como lo incierto del mañana. No es algo nuevo, lo contingente nos persigue, siempre hay imprevistos, accidentes, escenarios no deseados que nos pueden perjudicar, lastimar, herir o arrancar la vida. La contingencia es algo que no podemos controlar, es el riesgo de todo lo posible.
A propósito de la contingencia, Niklas Luhmann señala que la contingencia no es algo necesario, pero tampoco imposible, pero es algo que podría ser de otro modo. Él llamó a este fenómeno la doble contingencia, es algo que debe tener una solución social, no es algo que de forma individual pueda ser revertida, no es algo que pueda ser reducido de forma autorreferencial. En otras palabras, toda contingencia es estrictamente social, que no depende de las intenciones, buenos deseos y anhelos de los sujetos en lo individual, en sus espacios privados. Doce uvas y doce motivaciones son insuficientes para reducir nuestras contingencias.
Un cierre de año, el comienzo de otro y la secuencia de muchos más, siempre, cualquier momento, ha sido y es complejo. La complejidad es enorme, proporcional a la contingencia que genera. Los problemas de orden social deben ser, pues, resueltos desde el orden social, pero: ¿quién o quiénes deben generar soluciones para reducir la contingencia?
Hasta ahora, no existe ningún gobierno, sistema o un diseño de ingeniería política que logre reducir la contingencia, el riesgo. Ninguno ha logrado generar certezas. Eso siempre ha sido complejo y peligroso, pues siempre genera orfandad, aislamiento, pesimismo y animadversión.
Los hacedores de políticas públicas deben otorgar “orden”, “estabilidad” y “paz” en las regiones, pero tampoco han logrado cohesionar lo social, quizá, sólo quizá, el triunfo de la individualización y sus políticas del “hágalo usted mismo” y el “solo pero libre”, obstaculizan la ingeniería de integración comunitaria a través del diseño e implementación de la acción social, la comunicación y la selección de los sujetos a toda propuesta social.
Pero, lamentablemente, hoy como ayer, no ha sido, ni es fácil vivir rodeado de antihéroes que nos invaden por todos lados, por todos los medios. Habitamos con muchos antihéroes que son presentados como una opción identitaria, una opción de creencia, una opción de fe y dogma. Pero, notoriamente, esos antihéroes están colmados de las más profundas contradicciones, tanto internas como públicas. Vivimos entre sujetos saturados de una difícil retórica, ideología, principio moral, cultural y ético que hace imposible imitarlos.
La contingencia es algo inmanente en nuestra vida, es algo así como lo incierto del mañana. No es algo nuevo, lo contingente nos persigue, siempre hay imprevistos, accidentes, escenarios no deseados que nos pueden perjudicar, lastimar, herir o arrancar la vida. La contingencia es algo que no podemos controlar, es el riesgo de todo lo posible.
Anhelo que este 2025 este Metepantle siga llenándose de letrillas que acompañe el devenir de nuestras inevitables contingencias. ¡Feliz año nuevo!
