Jueves, agosto 18, 2022
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Confianzas ciegas

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En México existen por lo menos 100 mil familias que tienen un desaparecido, un ser ausente. Las mareas humanas que estas ausencias han movilizado a lo largo y ancho de nuestra geografía nacional son incontenibles, evidencian, entre otras cosas, un dolor profundo y un horror de alto calado que no da tregua.

Los colectivos y familiares de desaparecidos han desplegado de manera autónoma y en completo abandono acciones desesperadas de búsqueda, éstas han rebasado la poca voluntad, las posibilidades y capacidades que las instituciones estatales y federales tienen para dar respuesta a sus demandas.

Las instituciones y los actores gubernamentales viven a destiempo de las necesidades y demandas de las familias, no han logrado cumplir con las promesas y los objetivos fijados en materia de seguridad para contrarrestar las violencias, la desaparición y la desaparición forzada de personas, por ejemplo. Por tanto, es imperante subrayarlo nuevamente, el estado mexicano, hoy como ayer, ha sido rebasado, estamos –a pesar de las alternancias y las magnas transformaciones anunciadas– bajo la dirección de un Estado omiso, sordo, indolente y distante.

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Vivimos en un Estado que se ha empeñado en construir una hegemonía selectiva, en incorporar únicamente a los aplaudidores, a los que tienen fe, a los que reparten abrazos ante los balazos, llevan la buena nueva, evangelizan con la altura ética de su señor y predican casa por casa el mensaje de su cartilla moral nacionalista.

La mácula y el estigma persiguen y desatan el odio contra esas “minorías” que disienten de ese evangelio, a esos que dudan, cuestionan o critican ese paradigma de fe. Esos son los “residuos” de la nación y han sido rebautizados como: opositores, apátridas, conservadores, fifís, hostiles, neoliberales, hipócritas, conversos y aspiracionistas.

Contra esas “anomias” debe recaer todo el peso del Estado y sus instituciones, contra esos apóstatas la vigilancia continua, la exposición mediática, la persecución y, sobre todo, la descalificación a través de metáforas inquisitoriales proferidas por el gran pastor.

Se entiende entonces que la lógica de la confianza entre el soberano y sus súbditos deben partir de un principio básico: la ceguera. La conducta del súbdito debe responder sí o sí a los valores inculcados por su soberano, su actuar no debe estar mediado por un ejercicio de evaluación real de las acciones del gobernante, de los resultados presentados, es un simple acto de fe, no es una operación racional. La lógica parece sencilla; si es costoso dudar, cuestionar y criticar, la sumisión e inmovilidad es la mejor forma de permanecer para obtener una pírrica idea de triunfo, aunque sea ajeno, una canonjía o al menos un sentido de pertenencia, de adscripción.

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Los colectivos y los familiares de desaparecidos no pueden anteponer su dolor, su horror y sus demandas a la confianza como principio de fe y ceguera en la que el Estado y sus funcionarios pretender someterlos. No pueden asumir el papel de un súbdito catequizado, no pueden anhelar ser parte de un sindicato de dolientes y aceptar la justicia a través de la simple reparación económica, ello equivaldría a sufragar su dolor y programar el olvido. A lo que tal parece anhela el actual Estado.

Los colectivos y familiares no pueden esperar en la total quietud y profunda contemplación las respuestas gubernamentales y tener plena confianza en su actuar, históricamente se ha demostrado que ha sido deficiente, por decirlo muy diplomáticamente.

Que el secretario de Gobernación, el cual ha comenzado a hacer campaña política para llegar a la Presidencia de la República, ratifique públicamente que duda de un familiar de desaparecido es algo grave, muy grave, evidencia por un lado, la ruptura interna de la institucionalidad del actual gobierno, la supeditación de las instituciones y de los actores encomendados a las labores de la verdad, la justicia y la reparación. Confirma la perpetuidad de un sistema político vertical, voluntarioso y centrado en la figura presidencial. Y, por otra parte, lo que resulta más grave aún, ratifica la reproducción del estigma y las máculas que durante este sexenio se ha agudizado contra todas aquellas “minorías” que disienten de su evangelio, esos que han dudado, cuestionado y criticado ese paradigma de ética, moral y fe.

El famoso “yo no confío en ustedes” proferido por el actual secretario de Gobernación deja ver el desprecio que él y parte del Estado que representa tienen contra todo aquello que les es adverso, contra todo aquello y aquellos que los increpa, los emplaza. Ese exabrupto es una muestra más de la intolerancia y el odio vertido contra esas “minorías”, esos “residuos” que no se detienen, que no cejan de gritar su ineptitud, indolencia y omisión.

La Santa Cruzada debe continuar contra todos aquellos que se empeñen en demostrar que la confianza al gobierno, a las instituciones y funcionarios no debe ser ciega, contra todos aquellos que sostengan que la confianza ciega genera insensibilidad.

El secretario de Gobernación lo ha demostrado, la confianza al actual gobierno debe seguir manteniéndose en la ceguera total, el soberano y él no se equivocan, debe prevalecer la confianza ciega en sus súbditos.

Su mensaje fue claro, para todo apóstata las metáforas inquisitoriales proferidas por el gran soberano. Para los colectivos y familiares de desaparecidos nuevamente el estigma, la mácula.

¡Tengan para que aprendan! Y ya no disientan del evangelio, no duden, no cuestionen ni critiquen el modelo de confianza ciega basada en la ética, la moral y la fe que el gran soberano ha depositado en su pueblo “bueno y sabio”.

¡Que las confianzas ciegas no perezcan, aunque nos vuelvan insensibles!

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