Cohetes

El 15 de marzo de 2013 más de 20 personas murieron y un aproximado de 100 resultaron heridas como resultado de la explosión de una camioneta cargada con juegos pirotécnicos que serían utilizados para acompañar las fiestas patronales de la comunidad de Jesús Tepactepec, localidad adherida al municipio de Natívitas, Tlaxcala.

Una procesión religiosa–comunitaria de más de 150 personas, entre mujeres, hombres, adolescentes, adultos mayores y niños de todas las edades, pretendía arribar al templo de Jesús de los Tres Caminos. Durante la romería, la necedad de un cohete lanzado al cielo lo obligó a cambiar de rumbo, dobló su destino y optó por caer en una camioneta cargada de pólvora, revestida como juegos pirotécnicos.

El polvorín motorizado estalló sin respetar la sagrada procesión, ni sus más puras y espirituales intenciones. Los peregrinos escucharon el terrorífico tronido, cual trompeta de un arcángel abriendo los cielos, percibieron el relámpago de fuego. Las flamas enfurecidas aventaban y calcinaban todo a su paso. Dios se olvidó de este rincón humano.


El poder de la pólvora comprimida cimbró y extendió su lengua de fuego alrededor de 20 metros: quebró vidrios, ponchó las llantas de los automóviles cercanos, retorció sus fierros, levantó los sombreros y rebosos de los y las asistentes, desprendió chamarras y suéteres, arrancó zapatos, calcinó carriolas, desgajó paredes y reventó cuerpos. Cabezas, dorsos, manos, piernas, dedos y cabellos de al menos nueve personas fueron con sobrada fiereza embadurnados en las aceras, paredes y postes.

La purificación de la procesión se convirtió en un diabólico festín de carne mortificada, cercenada y calcinada, un martirio inútil de esos feligreses que experimentaron el peor de los apocalipsis.

La respuesta institucional de la iglesia y del Estado consistió en guardar tres días de luto. El entonces obispo Francisco Moreno Barrón sólo se solidarizó, argumentando que era momento de apoyo, cercanía con el pueblo y con los familiares de los muertos y heridos.

Flagrante muestra de una iglesia insensata que encubre la tragedia con móviles religiosos y tradiciones, usos y costumbres de la feligresía. Como un riesgo propio de una manifestación natural, una expresión bondadosa de sus creyentes, de un pueblo enajenado en su fe, una fe que suele manifestarse en el arcaico ofrecimiento de pólvora y cohetones a sus santos patronos, una fiesta catártica colmada de algarabía y estruendo irresponsable.

Ante esta tragedia, el pueblo construyó sus propias memorias, en las cuales la muerte imprudente se reviste de martirio, un martirio inútil, que no sirve de nada y no sirve a nadie. La comunidad de Tepactepec, Natívitas, rememora a través de una capilla erigida en el lugar de los hechos, ahí se lee: “la muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y los inmortaliza para el recuerdo… Padre Jesús de los Tres Caminos, bendice a los que sobrevivieron a este lamentable accidente”.

Esta tragedia evidenció también la postura de un gobierno ineficiente en cuanto a la reacción de sus sistemas de seguridad y protección civil, autoridades timoratas que descartan la regulación del uso y abuso de la pólvora y pirotecnia en eventos religiosos–comunitarios y cívicos, tal parece que evita a toda costa enfrascarse en debates y problemas con la iglesia y su feligresía.

Las explosiones de polvorines, de cohetones mal maniobrados y los accidentes ocasionados por el mal manejo y cuidado de la pólvora ha sido una constante en la entidad, ha habido explosiones en Sanctórum de Lázaro Cárdenas, San Cosme Xaloztoc, La Magdalena Tlaltelulco y el pasado martes 16 de julio de 2019 en Ixtlacuixtla.

Nuevamente una explosión de cohetes en la iglesia de Santa Rosa de Lima, ubicada en el municipio de Ixtlacuixtla, Tlaxcala. Esta explosión dejó más de media docena de personas heridas de gravedad, de entre ellos un niño de 9 años de edad con quemaduras de primero y segundo grado, ello durante las celebraciones a la virgen de El Carmen.

La explosión abrió un boquete en una de las paredes de la iglesia, quebró algunos vidrios, desfiguró algunas figuras de yeso y desacomodó los arreglos florales. Los acólitos, a pesar de los desperfectos y de los heridos, agradecieron que las imágenes religiosas principales no hayan sufrido daños, que hayan quedado intactas. A pesar de todo, de los desperfectos en la iglesia, de los heridos y de feligreses nerviosos y asustados, el sacerdote decidió oficiar la misa programada, la virgen del El Carmen no podía quedarse sin su celebración.

Así, los feligreses de la iglesia y del gobierno han sido abandonados por sus pastores, los han dejado a merced de su ímpetu, creencia y espiritualidad desenfrenada, irracional e irresponsable.

¿Por cuánto tiempo más las autoridades religiosas y políticas permitirán que la purificación de las procesiones sea un diabólico festín de carne mortificada, cercenada y calcinada, en un martirio inútil de los feligreses que experimentan una y otra vez el peor de los apocalipsis?

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