Domingo, agosto 7, 2022
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Cantinas, antros y supercherías

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En las cantinas pasa todo, es un espacio brumoso, saturado de música, ruido, botellas, copas, vasos, bullicio, humo, silbidos, risas, pedos y eructos. Han sido desde tiempos inmemoriales un recinto inmanente en la cotidianidad y la cultura del ocio y el diálogo de los mexicanos.

La cantina es ese sitio bucólico, también refinado y bohemio, es el paraíso de la fuga, de ese incesante ir y venir de las penas y alegrías ante lo imposible y lo siempre viable. La cantina es el altar para llorar lo ido y en sus apartados rincones rezar por su olvido. La cantina también es el santuario del festejo de todo lo aprehendido, lo alcanzado y, también, por qué no, de lo vivido.

Comprobado está, en las cantinas ha discurrido la vida política, artística, literaria, cultural, poética e histórica, así como también el amor, el erotismo y el sexo. Paralelamente, también la traición, el mal copeo, la trifulca y la defunción.

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Hay quien dice que la buena muerte llega en la cantina, cuando no se siente, cuando no se espera, cuando asalta de improviso y lleva al cielo el alma alcoholizada e iracunda. ¿Qué hacer? Si la noción de libertad también pende de un hilo imaginario con el trago.

Las cantinas son “santuarios errátiles en los que prodigan situaciones patéticas, trágicas, melodramáticas. En ellas se reúne todo tipo de personas”. Alguna vez lo dijo Carlos Monsiváis.

Los bares o antros se distinguen por su connotación moderna, alejado del concepto de cantina típica o tradicional. Los espacios del bar o antro están diseñados para otro tipo de actividades, no sólo comer o beber, sino para la ejecución de música en vivo, el espacio para el DJ, una pista de baile o la habilitación de amplios espacios para el bailoteo colectivo. Una barra impersonal desde la cual se despacha toda serie de bebidas preparadas, tragos gourmet y una diminuta área de comida en la que se preparan bocadillos fusión.

El antro conlleva la certeza de que generará ganancias económicas ante el ansia de los jóvenes clase media, media alta, aspiracionales y adinerados por divertirse en un mismo lugar. Frecuentemente la ubicación del bar–antro no está asignada a esos espacios de gran conglomeración urbana, en donde el pueblo confluye en su día a día, donde se genera la mayor interacción social y el convivio natural, se le asignan espacios diferenciados, distinguidos por la poca afluencia del pueblo. Generalmente se ubican es zonas privilegiadas y de gran poder adquisitivo bajo la lógica del Very Important Person (VIP). En otras palabras, el desfile de la mamonería regional, dirían los oriundos de los sectores populares.

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El bar o antro es por antonomasia el recinto al cual acuden los “fresas”, esos que van a mostrarse, esperan verse reconocidos en el otro, en ese sujeto que representa su mismidad.

El bar o antro es un espacio donde se confrontan y confirman las jerarquías locales. El poder debe ser pregonado, ese espacio debe ser otro más que tiene que ser conquistado por esas élites reales o figuradas, ese nuevo terreno debe ser su territorio insular.

Los antros o bares destinados a las nuevas élites o aprendices están diseñados para marcar la otredad, la diferencia, subrayar la segregación, este no es espacio para los no importantes, para los no influyentes y poderosos. Son el germen del clasismo mexicano.

Bordieau definió muy bien el gusto, sentó las bases para entender el principio de algo parecido a la mamonería de las élítes consolidadas y para los aspirantes a ese estatus, hay códigos de vestimenta, tonos de voz, gustos, muecas y sobriedad ante la más mínima exaltación. Él y ellas son distintos, distinguidos.

El bar o antro anhela eliminar esos santuarios errátiles en los que prodigan situaciones patéticas, trágicas y melodramáticas.

Lo han entendido bien los jóvenes y no tan jóvenes políticos que fueron asignados al gobierno local y municipal, tanto en turismo como en cultura. Esos sujetos de reciente creación han entendido que para triunfar en ese zoológico deben ser frívolos, superfluos y vacíos. No hay que culparlos, del negocio brincaron a la política. Saben de negocios, lo demás podría parecerles un arte extraño.

Por ello prefieren “hacer política” desde lo que saben y son hábiles, montar negocios, y si son bares o antros, mucho mejor, aunque estos estén en las azoteas de edificios utilizados para el arte, por ejemplo en un museo. El Museo de Arte de Tlaxcala (MAT) puede ser buen lugar, así lo determinaron con la sobrada soberbia que el ejercicio del poder otorga. Qué más da, el bar o antro también para ellos es arte, cultura y turismo.

Desde su expertiz eso es promover el turismo y la cultura en la entidad, eso es lo que destinaron a esta pequeña urbe, en la que es importante subrayar, hay un défícit de arte, políticas de turismo integral y, valga decir, también hay una carencia de cantinas.

La nueva burocracia, con total ignorancia, insensibilidad e impunidad, sostuvo que el antro “La Terraza” no vulnera el acceso a la cultura de los tlaxcaltecas, justificaron su establecimiento señalando que el Museo de Nueva York tiene una vinoteca en su azotea. Quizá esa es parte de la estrategia política para colocar a Tlaxcala como un referente turístico y cultural a nivel nacional, demostrar que Tlaxcala sí existe: si lo hace el Museo de Nueva York, ¿por qué aquí no podría replicarse?

El discurso de las grandes transformaciones en México quizá –sería pertinente estudiarlo–pocas veces había sido tan vulgar y cínico.

Nuestro presente está saturado de metáforas fatuas, metáforas que pretenden abarcar todo y ocultar esa otra realidad. Con esas metáforas sus hacedores y hacedoras pretenden construir la “nueva historia”. ¿Qué dicen realmente cuando dicen lo que dicen?

Así la “nueva” clase política y sus propuestas innovadoras de bares y antros instalados en las terrazas de edificios vetustos que fueron asignados para ser museos.

Juntos así hacen la historia de la “nueva transformación” en la bella ciudad de Tlaxcala.

¡Qué pronto se hizo ayer!

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