Beethoven 250

Cuando escuchas a Beethoven te dan ganas de empacar un par de trajes negros y subirte al tren para viajar al siglo XIX.

Su música majestuosa, por usar un adjetivo reconocible, particularmente en las sinfonías, como la Eroica (o Heroica, en español, para que no piensen que ya retrocedí en mi grado de redacción), te sacude.

Otro tanto ocurre con la muy versionada Novena, popularmente conocida como el “Himno a la Alegría”, por el poema de Schiller usado en el último movimiento, y adoptada por la Unión Europea como su himno oficial. Cínicos que son.


Ha sido tal el (mal) uso de esta obra de Beethoven, que ha caído en el cliché y el sentimentalismo bobalicón. Pero eso no es culpa del músico, sino de nuestros tiempos banales.

Qué puedo decir de los compases impregnados de tormenta que sacuden al primer movimiento de la Novena. Las percusiones sólo podían germinar en un alma como la de Beethoven; las cuerdas nos sacuden.

Podría hablar y hablar sobre las líneas de color, las texturas, la gravedad y grandiosidad del Romanticismo, pero la música es inasible, y aún más la de Beethoven.

Yo me quedo con las palabras de Aaron Copland: “El modo más sencillo de escuchar la música es escuchar por el puro placer que produce el sonido musical mismo”. Es lo que el oscarizado compositor de la banda sonora de La Heredera llama “el plano sensual”, donde “oímos la música sin pensar en ella ni examinarla en modo alguno”.

En otras palabras, es la total aesthesis de la que habla Alexander Baumgarten, esas sensaciones que produce el contacto con lo trascendente. Mirar el abismo, sentir su vértigo, como el personaje de Caspar David Friedrich situado sobre el mar de nubes que se extiende a sus pies. Es hora de saltar al vacío, mientras suenan los acordes de la Eroica. Es allegro con brio.

(Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, estoy escuchando la Obertura Egmont opus 84, la pieza que más me impacta de Beethoven, en la versión de Itzhak Perlman, dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Tel Aviv. ¿No es irónica la vida? De adolescente, cuando escuché esta obra por primera vez, no tenía ni idea de quién había sido el conde de Egmont; sólo entendía que “representaba”, “expresaba”, “reflejaba” algo profundamente grave. Pero sin necesidad del referente histórico, entendía que Beethoven había tratado de atrapar en sus notas uno de esos dramas que tanto acongojan a los artistas de su estatura. Estaba haciendo propaganda en favor de la libertad de la gente, en una época en la que Europa era un continuo campo de batalla).

Sólo lo bello es bueno, alegaban los griegos. Eso ha dejado de ser cierto desde que Duchamp extinguió a punta de martillazos conceptuales nuestra idea de la belleza, desnudando de paso el esnobismo y la mercantilización del arte. Danke, Marcel.

Sin embargo, cuando regresas a Ludwig van, como le dice Alex, el protagonista de La Naranja Mecánica, te das de golpe con la sublimidad mezclada con una belleza salvaje, primitiva, nada intelectual, sino desnuda, llena de adjetivos que nuestras lenguas no pueden pronunciar.

Es algo que sigue ahí, orgánico, dentro de ti, porque “el sonido, elemento de la música, es un agente poderoso y misterioso”, me murmura al alma Aaron Copland, mientras se apagan los 250 años de Beethoven.