El año que volvimos a cubrirnos los rostros

El año 2020 se va, y aunque optemos por una amnesia colectiva, esa cerca mental que llamamos tiempo no se detiene| Foto: Agencia EsImagen

Durante siglos, tal vez milenios, imperó una idea cíclica del tiempo. Todo lo que ahora está, acabará por desaparecer; sólo para dar paso a una nueva era, tal vez parecida, pero distinta en esencia.

Si uno se asoma a relatos de nahuas, hindúes y griegos, podrá apreciar esa percepción circular de lo que ahora llamamos historia. El devenir era redondo.

Ningún esfuerzo valía para romper la cadena.


Hasta que llegó una lectura apocalíptica de la historia, de la mano de cierto pensamiento residual de origen judío, trasminado luego al rampante cristianismo, consolidado a partir del año 313 con el Edictum Mediolanense.

Con la visión lineal de la historia impuesta por cristianismo de raíces judías, nos estamos precipitando hacia un fin cuya meta es la eternidad. La narrativa emanada de la ciencia parece reafirmar este constructo. Todo se encamina hacia un Big Ending.

La eternidad se asimila a la nada.

Para quienes hayan visto Cabeza de Vaca, de Nicolás Echevarría, podrán encontrar una ilustración de esta concepción en la escena en la que el malogrado capitán y adelantado español Alvar Núñez Cabeza de Vaca, trata de escapar del cautiverio en el que se encuentra.

En un descuido de su amo, un tullido brujo indígena, Cabeza de Vaca empieza a correr por el estero donde se encuentra la tribu de su captor.

Sin prisa, sabedor de sus poderes, el hechicero realiza un sortilegio: amarra un reptil a un palo por medio de un lazo. El reptil empieza a correr en círculos, hasta regresar al punto de origen… mientras, otro tanto ocurre con el fugitivo español: corre, y corre y corre… sólo para acabar en el mismo lugar de donde trataba de escapar.

Lo similar engendra a lo similar, según un principio mágico.

La lectura simbólica de esa secuencia cinematográfica la podemos trasladar a nuestra actual situación: hemos corrido en círculos, y acabamos por llegar al lugar de donde queríamos escapar.

La historia parece empeñada en desplazarse en círculos, en repetir ciclos, a pesar de los esfuerzos para romper el redondel que sitia a nuestra especie. El problema real es la tendencia a olvidar los sucesos traumáticos.

Por diferentes razones optamos por una amnesia colectiva, por lanzar al fondo del cofre de nuestra memoria eventos como los vividos a lo largo de 2020, el año en que nos volvimos a cubrir los rostros.

Un pequeño paseo por los terrenos inhóspitos de Facebook o de Twitter, el ágora digital donde descargamos nuestras iras y frustraciones, y proyectamos nuestros anhelos wannabe, permite constatar el deseo de casi todos por borrar a este año de sus historias de vida.

Adiós, dos mil vete, tituló el cómico español José Mota a su especial de Nochevieja. En ese título se sintetiza el espíritu de miles de millones de personas, que deseaban que el año se acabara, y con él su cauda de desgracias.

“La medida del tiempo está estrechamente vinculada a la creencia en lo sobrenatural”, afirma Damian Thompson. Y todo es un enorme círculo, una cerca mental que no podemos saltar.

En el fondo seguimos siendo unos grandes simios, como afirma nuestro ADN, temerosos y llenos de supersticiones.