Martes, junio 25, 2024

Adultas en plenitud de arrugas, de dolores. Mujeres Grandes

Uno de los secretos mejor guardados, y de muy mala educación preguntar es la edad de las mujeres. En una sociedad en la que la juventud se idealiza, se busca detener el tiempo, por eso al llegar a cierta edad, las mujeres deciden no cumplir años, no celebrar, lo que les obliga ajustar la edad de su madre y de sus hijos para coincidir con la edad que dicen tener.

Decirle a una mujer que es vieja es un insulto, lo mismo que dirigirse a ellas como ancianas, senectas, ahora son personas de la tercera edad, adultas mayores, adultas en  plenitud, pero en plenitud de arrugas y de dolores asume la Dra. Herminia Pasantes. Hace algunos años, a quienes pasaban la frontera del medio siglo, se les reconocía como mujeres grandes, señoras mayores o señoritas quedadas.

Lo de mayores estaba relacionado no sólo con la edad sino particularmente con el estado civil, eran mayores aquellas mujeres que habían sido casadas, que tenían hijos, que tenían nietos y que sobrevivían a todo ello y de manera particular a la viudez. Era un reconocimiento a su existencia y a su resistencia.

La figura de la abuelita la idealizó el cine y la radio. En el cine Sara García se: “convirtió en la imagen privilegiada de la madrecita mexicana…, y sus cualidades de sumisión, entrega, cariño no correspondido por los hijos, bondad, paciencia y ancla y ente protector de la familia” (Woldenberg, 2014). En el radio, Gabilondo Soler con la canción: “¡Toma el llavero abuelita y enséñame tu ropero! Con cosas maravillosas y tan hermosas que guardas tú”.

El destino de las mujeres grandes, aun en la actualidad, ha sido quedarse en la familia, con alguna de las hijas, en donde continúan con los trabajos de cuidados y trabajo doméstico que han realizado a lo largo de la vida, sobre todo quienes no tuvieron la posibilidad de construir una vida independiente, con o sin pareja.

Eso ocurre en las familias de clase media. Las mujeres grandes –sobre todo las nacidas en el siglo XX– se convierten en las madres sustitutas porque las hijas trabajan, y deben contribuir en el cuidado de los nietos, salvo que tengan la fortuna de contar con una buena pensión o jubilación. Lo que les permite una vida independiente.

Buena parte de las mujeres grandes se quedan arrimadas con la familia de la hija o del hijo y ante esta situación optan por salirse de esas casas familiares, alquilar un cuarto y dedicarse a cualquier ocupación que les permita pagar la vivienda y comer algo, antes que soportar las vejaciones de que son objeto por los propios familiares.

Patricia Kelly y Alicia Ibargüengoitia se preguntan: ¿Dónde y cómo  están esas mujeres grandes? A pesar de reconocer “que esas mujeres son invisibles”, deciden platicar con 25 mujeres que son las más –o unas de las más– visibles. Charlan con 25 mujeres que nacieron  antes del medio siglo XX (1950) y los diálogos son el material con el que editan el libro: Mujeres Grandes (Sincronía, México, 2014, pp.571).

La muestra se hace entre una  población de clase media alta, activistas políticas, trabajadoras universitarias (profesoras e investigadoras), empresarias –particularmente del ramo del entretenimiento– y artistas –actrices, bailarinas y músicas. La selección resulta interesante porque son mujeres que nacieron antes de que a la mujer se le reconociera el derecho de voto y años antes de la liberación femenina.

Destaca el hecho de que la mayor parte de ellas son mujeres que reconocen que el mayor impulso a sus carreras, a su vida, fue proporcionada por sus padres y después por sus esposos, casi todas tenían condiciones económicas que les permitieron ir a la escuela y formarse, las que no lo hicieron de manera institucional, aprendieron a lo largo de la vida acompañando a su pareja, de quien heredaron el trabajo, la tarea o la misión.

Las conversaciones con las 25 mujeres buscan satisfacer dos intenciones: la primera es conocer la experiencia individual del proceso de envejecimiento para construir “modelos” de referencia, y la segunda es derivar de ello, propuestas de políticas públicas que permitan atender a esta población, lo cual quedan debiendo.

Los diálogos se concentran en la experiencia individual, ninguna expresa que se haya preparado para llegar a la vejez, en razón de que todas han estado ocupadas, se han mantenido activas toda su vida, descubrieron que eran viejas, cuando quedaron  viudas, cuando les dijeron que había que jubilarse, o se dan cuenta porque ya no pueden hacer las cosas con la velocidad que las hacían antes.

Hay una conciencia inconsciente de las 25 mujeres de ser viejas, pero no de sentirse viejas, en razón de que mantienen proyectos por  hacer, que su cabeza no está en el ayer sino en el mañana, porque no piensan en la muerte sino en la vida.

Es de llamar la atención el papel que jugó la maternidad para todas las mujeres grandes –de las 25 solo dos o tres no se casaron y no tuvieron hijos. Casi todas tuvieron pareja y valoran la compañía, no necesariamente del esposo. Todas las que fueron madres consideran que fue lo más hermoso que les ocurrió en la vida, por encima de la carrera, el proyecto profesional o empresarial.

Pero no por los hijos en sí, sino por los nietos. Las mujeres grandes viven y mueren a través de los nietos y nietas. El mayor agradecimiento a la vida es por la libertad que les da el poder acompañarlos y ser parte de su vida. El mayor deseo después de la muerte es ser recordados por los nietos y nietas, y de ser posible de los hijos.

Las mujeres mayores alcanzaron la grandeza porque tuvieron la oportunidad de construir su propio proyecto, desde su propia individualidad o desde el acompañamiento o colaboración con su pareja, los mejores ejemplos del primer caso son todas las profesionistas universitarias: Lilia Ávila, Ofelia González, Ifigenia Martínez, Herminia Pasantes, Guadalupe Rivera, Silvia Torres, Carmen Torres y en el ámbito de las artes, quien  quitó el sueño a la juventud del siglo pasado: Isela Vega, y del segundo caso, en el ámbito del activismo político, Concepción Calvillo de Nava  y Luz Longoria de Álvarez Icaza, y en el empresarial, Fela Fábregas.

Es impresionante la diferencia en la concepción de la vejez que tienen las mujeres que realizaron una carrera dentro de las llamadas ciencias duras, porque privilegian la comprensión y aceptación natural de la vejez reconociendo las diferencias que produce en su cuerpo, en su mente, en su condición individual.

La longevidad no sólo es producto del proceso natural y el  desarrollo de la ciencia, sino de la visión que se tiene de la vida, de ahí que sean las más claras en señalar que para llegar a vieja se requieren de tres condiciones: Primero, contar con una buena salud física y mental; segundo, tener independencia económica y financiera, y tercero, poseer una visión optimista de la vida, que es una forma que adopta el pesimismo informado.

En razón de que la mayor parte de las mujeres grandes se mantienen activas, trabajando, es que su primera demanda para “disfrutar de la vejez” es contar con salud, porque se asume que el cuerpo envejece y no pueden desarrollarse las actividades cotidianas con la misma velocidad que antaño, se cansan, pero si se enferman les molesta depender de alguien. Su mayor temor son las enfermedades mentales.

Como buena parte de las mujeres grandes con las que charlaron las autoras han viajado fuera del país, destacan el trato que se da a los viejos en Europa y Estados Unidos del que reciben en México. En esos países los viejos cuentan con sistemas de seguridad social que les permiten jubilarse y disfrutar de muchos años de vida dedicándolos a ellos mismos; sin embargo, cuando los hijos ven que a la vieja comienza a olvidarse de las cosas rápidamente lo depositan en un asilo. En México todavía hay una mayor protección y cuidado como responsabilidad de la familia.

Destacan que en México quienes siguen trabajando lo hacen porque, primero, aman estar activas, pero sobre todo porque se le tiene un gran miedo a la jubilación, no por quedarse inactivas, sino porque los ingresos disminuyen hasta en un 80 por ciento, lo que impacta su nivel de vida personal y familiar, y a eso si le tiene pavor.

La visión optimista es el tercer factor y se refiere a la decisión de no mirar atrás, no cargar el pasado, no estar lamentándose de lo que pudo ser y no fue, en razón de que ya no queda tiempo no pueden hacerse proyectos de largo plazo, el mirar atrás les consume mucho de ese tiempo. Así que hay que tirar para adelante con proyectos de corto plazo, con proyectos que al mismo tiempo que se piensa se realizan, para que la muerte las encuentre activas.

Trascendente que a ninguna de ellas le provoque temor alguno la muerte, es más algunas afirman que sabiendo que la muerte está cerca,  hay que  pensar en la vida, no se trata de ver la vida color de rosa, sino de manera informada y sin resentimientos.

La muerte se visualiza de dos formas, quienes desean una muerte tranquila, una muerte que llegue de repente, que no se sienta y si las agarra dormidas mejor. La  otra es la de quienes quieren saber de la muerte y controlar su proceso, sentir la muerte y domarla sin sufrimiento.

En la  lista de 25 mujeres, la más vieja nace en 1917 y la más joven en 1940, por lo que su edad oscila entre los 74 y los 97 años. Por quinquenio; cinco nacen entre 1917 y 1924 (Concepción Calvillo, Ofelia González, Luz Longoria, Guadalupe Rivera y María Teresa Rodríguez); cuatro entre 1925–1929  (Olga Harmony, Rosario Ibarra, Ifigenia Martínez, Ema Elena Valdemar); 10 entre 1930–35 (Lilia Ávila, Gloria Contreras, Fela Fábregas, María Luisa Mendoza, Ana Ofelia Murguía, Thelma Nava, Josefina Peralta, Silvia Pinal, Elena Poniatowska y Carmen Torres) y seis entre 1936–1940, (Anilú Elías, Selma González, Eugenia Moreno, Herminia Pasantes, Silvia Torres e Isela Vega).

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