Accidentes fabriles y revolución

Obreros

Severiano

Prólogo a la segunda edición. Octubre 2019.

¿Por qué un prólogo? ¿Es necesario? ¿Para qué? A primera vista este escrito es sólo una reseña que no marca fechas ni lugares exactos. Incluso ni siquiera los nombres de las personas son reales. Sin embargo me parece importante situar esta lucha en su tiempo y lugar para que las actuales generaciones de luchadores, tengan una idea más exacta de este movimiento que hoy por hoy cumple unos 28 años de acontecido.


En aquel momento, al calor de la lucha contra la sobreexplotación y el charrismo sindical, se escribió esta reseña lo más exacta posible con el fin de afianzar la unión y experiencia logradas y marcar claramente que los trabajadores, estando entre los engranes del capitalismo no tenemos otra opción que unirnos y luchar sin descanso  pues sólo así podremos lograr un sistema de trabajo más humano y seguro, donde lo primordial sea la vida y seguridad de los trabajadores y no la ganancia.  

Por razones de seguridad este y otros documentos sólo eran para discusión interna de los trabajadores más comprometidos en la lucha y nunca fue un documento público. Hoy después de tantos años no hay razón para seguirlo guardando.  

Lo que aquí se reseña fue un capítulo de diversas luchas protagonizadas por los trabajadores de INDUSTRIAS MABE que en la década de los 80s y 90s protagonizaron sus luchas más importantes.

ACCIDENTES FABRILES Y REVOLUCION

Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas

a una organización y disciplina militares.

Los obreros, soldados rasos de la industria,

trabajan bajo el mando de toda una jerarquía

de sargentos, oficiales y jefes.

No son solo siervos de la burguesía y del Estado burgués,

sino que están todos los días y a todas horas

bajo el yugo esclavizador de la máquina,

del contramaestre y sobre todo, del industrial burgués

dueño de la fábrica.

                    Carlos Marx y Federico Engels.

                    Manifiesto del partido Comunista.

Hace tiempo leí una frase que dice “Las fábricas están hechas a la medida de la ganancia, no a la medida del hombre”, y otra que dice: “En el capitalismo las fábricas están hechas para triturar hombres”. Esas dos frases me rebotaron en el cerebro desde mi primer día de trabajo en esta fábrica, y las recuerdo cada día al iniciar la jornada de trabajo.

El primer impacto aterrador y violento lo sentí precisamente mi primer día de trabajo. Al subir al comedor, que estaba repleto de trabajadores, vi a varios a quienes les faltaba uno o varios dedos, había quienes les faltaban dedos en las dos manos. Unos cuantos más les faltaba una mano completa y para ayudarse tenían acoplado un garfio como el de los piratas. Un sentimiento de tristeza, coraje e impotencia se apoderó de mí y tuve deseos de salir y renunciar a ese trabajo en ese momento. “Todos marcados de por vida”, pensé.

UN DÍA DE TRABAJO  

Con las prisas de la mañana, aún somnolientos y bostezando, vamos llegando cientos de trabajadores, con el cuerpo adolorido por el cansancio acumulado. Los brazos y piernas se sienten pesados, como si nuestro cuerpo se resistiera a iniciar una jornada más.

Después de pasar por el checador y los vestidores los grupos de trabajadores se dispersan hacia los distintos departamentos. Rápidamente nos fundimos con el olor a metal y grasa para ser parte de la fábrica, de sus muros, de sus fierros y sus máquinas. Como si la fábrica nos absorbiera. ¿Qué es el ser humano aquí? ¿Qué parte de todo esto es el obrero?, me pregunto y busco en mi escaso saber la forma de definir lo que somos, lo que representamos en esta industria. El obrero es el alma de las fábricas, sin los obreros la fábrica es como un cuerpo sin vida- es mi conclusión-, pero para el capitalista no somos más que fuerza de trabajo exprimible y desechable.

Estábamos ahí 18 troqueladores, 18 prensistas y 18 ayudantes, frente a 36 máquinas, dispuestos a iniciar un día de trabajo. Todos antes de iniciar van y se persignan ante la virgen de Guadalupe que está a la entrada del departamento y hay quienes han pegado imágenes en sus respectivas máquinas. Se escuchan los primeros golpes, cada prensada son 3, 6 o 10 toneladas de peso. Se cimbra el piso cada vez que las prensas golpean y moldean las láminas.  Una prensa les da las formas y curvas y otra las troquela. En unos instantes todo ahí es ruido y vibraciones, más allá se escuchan esmeriles y se alcanzan a reflejar flashazos de soldadura, son los departamentos contiguos que también han iniciado el trabajo. Tratamos de no pensar en nada que no sea la máquina que tenemos enfrente y cuando de momento estamos pensando en otra cosa, nosotros mismos nos pendejeamos por estar distraídos.

Tomamos una placa rectangular o cuadrada de lámina completamente plana y sin forma, la colocamos en medio de la máquina, nos aseguramos que quede bien centrada o de lo contrario quedará deforme y será “desperdicio”.  Con el pie derecho pisamos un pedal y en un solo golpe baja la prensa, 3,6 u 8 toneladas de peso moldean la lámina en cuestión de segundos. Al meter las manos para sacarla, un sudor frío recorre nuestro cuerpo. “No vaya a repetir esta pinche maquina”- dice uno- , y conteniendo la respiración sacamos la placa lo más rápido posible. La pasamos al “troquelador” para que haga la misma operación pero para que la troqueladora le haga las perforaciones y curvas que debe llevar según el modelo. Una y otra vez, cientos, miles de veces al día troquelador y prensista deben arriesgar sus manos. (Lo que tenemos que hacer para llevar un salario miserable a nuestros hogares, pienso y les comento, y ellos me responden: “no hay de otra, tenemos que trabajar”, “esto nos pasa por no estudiar”).

El peligro de ser mutilados y quedar inútiles o marcados para toda la vida está ahí presente, amenazándonos cada minuto, acechando como una fiera en espera de un descuido nuestro. Sin embargo, para los patrones los culpables de los accidentes somos los mismos trabajadores, sus mensajes nos recuerdan siempre lo mismo, y nos dicen ¡cuídate, cuídate! nos dicen en carteles y cursos dizque de seguridad, pero ya en el trabajo nos echan al matadero, somos la carne de cañón, y si alguien se accidenta. “Cuánto lo sentimos de veras, a nosotros mismos nos duele, porque tenemos que pagar cuotas más altas al IMSS”. “Si no se hubiera distraído, nada hubiera pasado”. Y todavía después de mutilado, hasta te investigan a ver si no te accidentaste a propósito “para cobrar la incapacidad y estar de flojo”.

Llevamos poco más de 5 horas trabajadas, los ruidos de prensas, troqueladoras y esmeriles están más que grabadas en nuestros oídos, en nuestro cerebro y en nuestro propio cuerpo. El cansancio no era mucho o no se sentía porque estábamos bien entrados en calor, aunque de vez en cuando aparece un dolor en la espalda, como si durante esas 5 horas hubiéramos estado cargando un bulto pesado y ya no lo soportáramos, los brazos y los pies los sentimos más pesados, como si cada golpe de las máquinas se nos hubiera trepado encima y estuviéramos cargando con él. Y seguíamos repitiendo los mismos movimientos, los mismos gestos una y otra vez. Tres pasos para allá, tomar una placa de lámina, tres pasos para acá, meter la placa a la prensa, oprimir el pedal. Sacar la lámina y pasarla al troquelador y reiniciar otra vez la misma operación. Muchas veces durante  el turno piensa uno que en cualquiera de esos movimientos podemos perder los dedos o las manos completas. Sólo de pensarlo se nos enchina el cuerpo, y nos decimos a nosotros mismos: “no debo pensar en eso, si me cuido no pasará nada”, y seguimos trabajando.

Esto es parecido a caminar al borde de un abismo, cada golpe de la maquina es un paso, si nuestro paso es falso, accidente seguro. Tratamos de no precipitarnos para que “cada paso” sea seguro, pero hay un “estándar”, es decir, cierta cantidad de piezas que debemos producir, y después de cada pieza nos decimos: “faltan 600 “, “faltan 340”, “faltan 113”, etc., etc. Y el pinche capataz encima de uno “estás muy lento, qué te pasa”. “¿tienes miedo?, no pasa nada fíjate”.  Y mete una, 2, 3 piezas, rápido una tras otra y lo hace muy rápido, muy confiado porque sabe que serán solo tres piezas y que sólo tres veces pondrá en peligro sus manos y aparenta no tener ni el más mínimo temor. ¿Pero nosotros, que día tras día tenemos que estar ahí, y no sólo tres sino más de 600 u 800 veces al día tenemos que hacer la misma operación? Entonces ese “estándar” ya es  una presión, ya es un látigo sobre nosotros, porque si no lo cubres de inmediato vendrán las represalias: “¿Qué pasa, no sabes trabajar?, si no cubres el “estándar”  no sirves para el puesto y eso equivale a despido justificado”, nos dice el capataz. Ese estándar es como el látigo invisible del capitalista que te sigue a todas partes, lo mismo lo tienes presente cuando estas frente a la máquina que cuando vas al baño o al comedor, aparece hasta en tus sueños y pesadillas.

Y cuando cubrimos el “estándar”, ¡qué alivio! ya no nos sentimos presionados, seguimos trabajando pero con más calma, con mayor seguridad. Pero ni así estamos tranquilos, porque ahí está el capataz alrededor de uno, y no te puede ver descansar tantito porque llega autoritario y te dice “¿Ya cubriste? Pues sigue trabajando, todavía faltan 25 minutos,  recuerda que tu jornada termina hasta tal hora, así está en tu Contrato Colectivo y tu Reglamento Interior de Trabajo.” En esos instantes sientes que la sangre se te sube a la cabeza y dan ganas de estrellarle el perico, la española o una placa de lámina en la cabeza, pero nos detenemos porque en el acto seríamos despedidos- como ya ha pasado a algunos compañeros-. Apretamos los dientes de coraje y en nuestro interior le mentamos su madre una y mil veces. “Cualquier día no me voy a aguantar y sí le voy a partir su madre aunque me corran”, dicen varios.

LA OPRESIÓN GENERA RESISTENCIA

El trabajo de los capataces consiste en lograr dos metas al mismo tiempo:

1.- Obligarnos a cubrir el estándar de producción, que para ellos es la producción mínima, y

2.- Obligarnos a rebasar ese estándar lo más alto posible, para después basándose en esos datos, fijar estándares más altos (a eso le llaman Mejora Continua). 

Los trabajadores somos conscientes de que la presión de los capataces, lo mismo que los “estándares” impuestos por el patrón son la principal causa de los accidentes. A eso le agregamos la falta de mecanismos reales de seguridad en las máquinas- debido a que los patrones no quieren gastar parte de sus ganancias en instalar sistemas de seguridad- más el “estrés” que nos provoca esa situación. Esto nos explica por qué hay una resistencia permanente entre todos los trabajadores del departamento”. Nadie debe rebasar el estándar, con cubrirlo es suficiente, porque si alguien empieza a rebasarlo, de ahí se agarran para chingarnos a todos. Ese acuerdo no está escrito ni firmado en ningún lado, es una medida defensiva ante la explotación y los riesgos de trabajo, y cuando alguien pasa por alto ese acuerdo, le llueven calificativos de “perro”, “arrastrado”, le echan al sindicato, le descomponen la maquina o bien “pierde” herramienta y nadie le presta nada, etc. Incluso se llega a las amenazas y agresiones físicas: “O jalas parejo o te la partimos…y lo mismo si vas de chiva…” Estos acuerdos no escritos, acatados conscientemente por todos son parte de la resistencia diaria de los trabajadores en contra de un sistema que los menosprecia y los toma como carne de cañón.

Este diario estira y afloja entre patrones y trabajadores es parte de la lucha de clases que se da de forma permanente en las fábricas.

¿TRABAJO A DESTAJO?

En tal contexto, la primera lucha de importancia que agrupó a todo el departamento -los tres turnos-, fue contra el intento patronal de implantar un sistema de trabajo a destajo. ¿Trabajo a destajo?, pero si eso es de hace más de 2 siglos, cuando los obreros eran casi esclavos y no había ni jornada de 8 horas, ni ninguna limitación a la explotación de los patrones -les decía yo a mis compañeros. Para unos cuantos era clarísimo que teníamos que rechazar el trabajo a destajo, porque traería más accidentes, sin embargo para la mayoría eso no era suficiente. La empresa nos presentaba la oferta como un medio para aumentar nuestro salario.

“Podrán ganar lo que ustedes quieran, podrían llegar al doble y quizás hasta el triple de lo que ganan ahorita, eso sí, los flojos no pasarán del salario base.”  Los del comité sindical decían que “es buena oferta” y que la decisión era nuestra. “Acuérdense cuando antes nos pagaban a destajo, entonces casi todos cobrábamos el doble. Pero también acuérdate que en ese tiempo fue cuando más accidentes había, hay varios que ya no pudieron trabajar y quedaron pensionados pero sin manos, y de qué les sirvió que unas cuantas semanas o meses hayan ganado el doble, -le dijo “el Negro” al Secretario General-, ¿quieres volver a  eso?” Un gordo de pelo chino alzó su mano sin dos dedos para pedir la palabra. “Los dedos que me faltan son de ese tiempo, los perdí por pendejo, porque quería sacar el doble, porque cuando trabajas por destajo no te importa que las maquinas estén mal, porque es cierto que puedes sacar el doble, pero también la empresa quiere que le produzcas el doble y ahora eso que gané no me sirve para recuperar mis dedos, y el pago del IMSS fue a parar a las cantinas, porque poniéndote hasta la madre quieres olvidar que estás mocho. Si se acepta el destajo mejor que me despidan”.

La discusión subía de tono. Toda una semana, antes o después de la jornada teníamos junta en el local sindical, pues un grupo de trabajadores que poco a poco fue aumentando de número nos dirigíamos a la oficina sindical para aclarar y parar los intentos patronales de imponer el destajo en el turno de noche, donde la mayoría de troqueladores y prensistas eran ayudantes, y solo si aceptaban trabajar por destajo les reconocerían su escalafón. Además, por voz se los capataces, los patrones amenazaban con despedir a aquel que se negara a trabajar por destajo y ponían fecha para iniciar. ¡Qué poca! Para debilitar la resistencia ofrecían la primer semana pagarnos salario doble, sin contar la producción que cada quien haga.

Por un lado la amenaza, por el otro el anzuelo y finalmente todos ensartados. Los patrones no tienen escrúpulos, sólo intereses, no tienen vergüenza, sólo sed insaciable de ganancias, y se agarran de lo que sea para obligarnos a aceptar sus condiciones. Indignación, rabia contenida, impotencia, desprecio, todo se juntaba. Entonces, el grupo que ya nos conocíamos, que habíamos estado jalando a casi todas las juntas con el comité convocamos a una asamblea de todo el departamento en sus tres turnos. “Porque la decisión debe ser de todo el departamento y no de un turno”, porque tenemos derecho a decir NO, porque no nos pueden obligar”, porque el comité debe expresar la voluntad de los trabajadores y no hacerse el neutral”, etc. No sabíamos cuántos trabajadores asistirían, muchos decían que ahí estarían, pero nada era seguro.

Era viernes, y los patrones habían sentenciado que el próximo lunes iniciaría el trabajo a destajo. Unos 10 minutos antes de las 6 am ya habíamos llegado varios trabajadores al departamento. Unos 20 trabajadores del tercer Turno nos esperaban. Rápidamente cambiamos impresiones. “Todos los demás ya están en el sindicato –dijo “el burro”. En el tercer turno nadie quiere el destajo, dijo “el Tatú”. “Que se metan por el culo sus categorías” dijo “Don Ramón”. En eso dieron las 6 am, ya casi estaba completo el primer turno. Sólo esperamos al delegado y nos vamos al sindicato -dijo “el ciego”, y en eso apareció por el pasillo. Algo discutía con el capataz que le manoteaba y señalaba mostrándole unas hojas. “¡Compañeros!   -empezó a decir- vámonos en orden hacia la oficina sindical, la empresa nos dará media hora para realizar la junta, y el que no esté aquí en media hora le van a levantar un acta de abandono de trabajo”. Para llegar a la oficina sindical, atravesamos por tres departamentos, que al vernos pasar pararon su trabajo y empezaron a aplaudirnos. “No se dejen”, nos gritaban. Al llegar a la oficina sindical, también nos recibieron con aplausos. ¡No al destajo! Gritaron varias voces.

El tercer turno informaba de las amenazas de despido y de que el día lunes habría trabajadores de nuevo ingreso y si ellos no querían ser prensistas o troqueladores, dejarían el puesto a otros que sí quisieran. En el primer turno como protesta ya nadie cubría el “estándar” y en consecuencia todos teníamos reportes y amenazas de despido. Los capataces querían formar un grupo con los que sí aceptaban el destajo y pasarlos a un solo turno. “Si ellos no quieren, por pendejos, ustedes les van a demostrar que son más chingones y no tienen miedo…”

Después de estas informaciones, el comité ejecutivo mostró un oficio donde la Empresa le notificaba que el próximo lunes iniciaría el trabajo a destajo y que informara a todos los trabajadores sindicalizados para evitar confrontaciones y que “habrá un reacomodo de trabajadores”.

“¿O sea que es a huevo?”, y “¿Cuál es la posición del comité ejecutivo a todo esto, porque hasta ahora no han hecho nada, o es que ustedes ya firmaron?” –Dijo Ulises-. “Vamos a ser claros compañeros, el que firmó es el asesor, pero nosotros no hemos firmado nada. Solo esperamos que ustedes decidan si aceptan o no la propuesta de la Empresa”. La respuesta fue unánime. ¡No aceptamos! y empezamos a levantar las manos.

“Bueno, el secretario de actas está redactando el acuerdo, quiero que todos ustedes lo firmen para entregarlo al gerente”, dijo el Secretario General. Además acordamos que el próximo lunes el Comité se presentara en los tres turnos y que cualquier trabajador que aceptara trabajar a destajo, el comité lo sacaría del departamento, pues estábamos ahí casi el 60% de los trabajadores y con los del 2º turno llegamos al 85%, no había duda sobre el rechazo general del trabajo a destajo. Acordamos también que el comité no permitiera ningún despido. La asamblea duró casi 4 horas y todavía los del 1er turno fuimos los últimos en firmar el acta y antes de llegar a departamento pasamos al comedor. Ese día trabajamos solo unas tres horas, al ritmo que quisimos. De todas formas todos teníamos actas de abandono de trabajo. No había miedo a las represalias, ni a los despidos, más bien había indignación general. 

LUNES 6 AM.

Media docena de hombres con bata y casco blanco pasaban frente a las prensas y cuantificaban el material virgen que tenemos para trabajar. Anotan el número de máquina y el número de trabajador. Cada prensa tiene el doble de lo acostumbrado. Los hombres de blanco corresponden a un área que se denomina “Medición Científica del Trabajo” que es como el cerebro de la explotación, es decir, cronometro en mano miden cada movimiento de obrero, igual que si fuera un autómata. Todos portan cronómetros y una tabla con hojas donde registran “tiempos y movimientos”.

Bueno, este día, todos nos quedamos frente a las maquinas, pero nadie empezaba a trabajar, nadie quería dar el primer golpe. “O sea que lo que decidimos y firmamos todos en la asamblea departamental, les valió madres”- pensamos-. “Si no producen nada, no les van a pagar nada”, decía el capataz yendo de un lado para otro. Buscamos al delegado y lo mandamos por el Comité, el cual llegó enseguida. “Ustedes trabajen como de costumbre, a las 8 am llega el gerente y nos metemos a discutir”, dijo el Secretario General. Pero nadie se movió, en vez de trabajar lo rodeamos. “Mejor nos esperamos hasta que se arregle este asunto” -dijimos varios. “Miren, no queremos que haya despidos, mejor trabajen como de costumbre, así la Empresa no tendrá pretexto”,-nos dijo el Secretario General. “Mejor nos esperamos hasta que se decida de una vez, y si nos van a despedir, pues que sea ya, porque no estamos jugando”, habló Simón. En eso, los golpes de unas prensas rompieron el silencio y de inmediato todos corrimos hacia allá. Dos prensistas, “el Oso” y el “Nagual” que desde un principio si aceptaban el trabajo a destajo, pero los obligamos a respetar la decisión del departamento. De “hambreados” y “arrastrados” no los bajaban. Tuvo que intervenir el Secretario General para evitar que fueran agredidos. “Aténganse a la decisión de la Asamblea”-sentenciamos. Para evitar otras tentaciones, bajamos los switchs de todas las maquinas.

Llegó el gerente y prepotente nos amenazó con despedirnos a todos. Algunos le brincamos diciéndole que respetara el acuerdo de la asamblea. “Con ustedes no tengo nada que hablar, ya están despedidos”, escupió con prepotencia, y se fue a encerrar a su oficina, seguido por dos “batas blancas” y el Comité Ejecutivo del sindicato. Afuera de la oficina nos fuimos acomodando. Una demanda más se había agregado: ¡No a los despidos!

La noticia de que el departamento de Prensas y Troqueles estaba en paro ya se había regado a toda la fábrica y aunque había policías cerrando el paso hacia ese pasillo, de cuando en cuando se asomaban compañeros de otros departamentos y cuando salieron a comer los hicieron dar un rodeo, para que no pasaran frente a nosotros. Con espacio aproximado de una hora, salía algún miembro del Comité Ejecutivo y nos insistía que nos fuéramos a trabajar, porque el gerente no aceptaba negociar con presión y que insistía en los despidos. Fue hasta las 13 horas que empezó a ceder: que el destajo fuera voluntario, como una prueba durante un mes, y después se decidía si continuaba, además que se ajustarían los estándares y que habría 9 despedidos. Ahí mismo discutimos y rechazamos su propuesta, que más bien la dictaba como una orden. Seguimos en paro. A las 14 horas se nos unió el 2do. Turno y los del primero decidimos permanecer ahí hasta que fuera necesario. Otras propuestas parecidas fueron votadas y rechazadas. La última de estas ya no insistía en el trabajo a destajo, sólo quería 4 despidos, ahora sí con nombre y apellido y que le trabajáramos tiempo extra sábados y domingos para recuperar la producción perdida. Esta propuesta nos la presentaban como si los patrones se hubieran tocado el corazón-puesto que ya no despedirían a todo el departamento- y nos perdonaran un gravísimo delito. El comité ejecutivo aceptaba los despidos y decía que demandaría su reinstalación en la Junta de Conciliación y Arbitraje y que todos los apoyaríamos. La propuesta fue rechazada, el paro continuaba, algunos compañeros decían que aceptáramos los despidos siempre y cuando los liquidaran al 100%, pero la mayoría decíamos que oponernos al destajo no era ningún delito y que nadie tenía que ser despedido. Eran ya las 19 horas. A las 9 de la noche empezamos a hacer planes para que el 3er. Turno siguiera con el paro, algunos trabajadores del 2do. Se quedarían a apoyar…

No nos dejaron terminar porque en eso salió el Comité mostrándonos unas hojas. “Aquí están los acuerdos firmados, no habrá destajo, si ustedes no quieren, no habrá represalias contra ningún trabajador”, y finalizaba: “La Empresa espera la colaboración de todos para trabajar con la misma armonía que había antes de este conflicto…” ¡Ganamos! ¡Ganamos!, sonrisas de júbilo y abrazos entre nosotros. Terminó una primera etapa de lucha, nos esperaban otras.

LA VERDADERA VICTORIA

¿Ganamos?, ¿Qué habíamos ganado? Bueno, habíamos parado a los patrones en su intento de imponernos el trabajo a destajo, y aumentar con ello el grado de explotación sobre nosotros. Eso era valioso, pero repasando los hechos y viendo las cosas cruelmente, el sistema patronal seguía intacto: sus “estándares”, sus capataces atrás de uno, sus “batas blancas” midiendo cada uno de nuestros tiempos-movimientos. Y sin embargo no podíamos negar este primer triunfo sobre la opresión del capital y prepotencia del capital. ¿Qué había cambiado en esta fábrica, pues si bien los patrones habían recibido un revés, en qué se reflejaba además del júbilo de los compañeros?

Podemos resumir lo que significó este triunfo: por primera vez un departamento completo desafió y paró a los patrones, el ánimo y compañerismo entre nosotros aumentó, estábamos más unidos y dispuestos a enfrentar lo que viniera, estábamos en mejores condiciones que antes de la lucha. Habíamos perdido el miedo a los siempre poderosos patrones y todos los demás departamentos nos veían como un ejemplo a seguir: “esos sí están unidos”, “esos sí los tienen bien puestos”. Eso es lo que había cambiado, es decir, habíamos cambiado nosotros, ya no éramos los mismos dóciles y agachados, sabíamos que los patrones no se quedarían con la espina clavada y que cueste lo que cueste tratarían de recuperar su autoridad perdida. Había cambiado también el ánimo en toda la fábrica, pues habían visto lo que podíamos hacer si estamos unidos.

Un pequeño grupo de trabajadores compartíamos el júbilo colectivo, pero no estábamos satisfechos con este triunfo. “No hemos ganado nada –decía el güero Simón-, lo único que hicimos fue defendernos, pero los “estándares” siguen hasta arriba  y los “batas blancas” buscarán cómo subirlos más, las máquinas están de la chingada, el peligro de accidentarnos es el mismo…..y seguro habrá despidos.”. “No te entiendo -dijo el gordo- primero decías que parar el trabajo a destajo era primordial y tú mismo nos impulsabas y animabas, nos convencías de que es mejor estar completos que mochos, etcétera, y ahora dices que no hemos ganado nada”.

“Yo sí entiendo -lo interrumpió Severiano- la lucha contra el trabajo a destajo fue una lucha defensiva, para protegernos de los accidentes y la ganamos, pero eso no es suficiente, porque todo está organizado de tal forma que los patrones siempre salen ganando. Ahora como dice Simón, seguro que habrá despidos, y nosotros no tenemos que esperar a que haya despidos  u otra agresión para volver a luchar. Tenemos que ver hacia adelante y aprovechar la unión y disposición de los compañeros para cambiar las reglas del trabajo, obligar al patrón a que acepte nuestras propias reglas, por ejemplo, bajar los “estándares”, que pongan mecanismos de seguridad a las Prensas y Troqueles y más. Tenemos que ver cómo hacemos para que se unan otros departamentos. Hubo un silencio y todos quedamos pensativos.

¿Y cuándo se acaba esta bronca?, preguntó el Bodoque. No sé -dijo Simón-, creo que si eres de los que no se dejan y ya hiciste conciencia, pues no acaba nunca.

“Terminará cuando las fábricas sean de los obreros, entonces sí, esta y todas las fábricas se organizarán a la medida del hombre y no a la medida de la ganancia.”-concluyó Severiano.

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