Viernes, mayo 14, 2021

A la orilla de un río con sed (Tianquiztli)*

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Poiesis

Sentado a un costado de un río sediento, el tianguis atardece. Aquí, en la Ciudad inventada por el azar, anclada su memoria a la tierra oscura que la vio nacer, el mundo combate.

“Ayer el futuro era hoy”, masculla el tiempo.

Asediada por la melancolía, la Ciudad se deja arrastrar por la lenta agua del olvido y la memoria: el tiempo nada en círculos. Avanza hacia ayer, envuelta en su manto de insomnio; en sus ojos de obsidiana duerme la noche.

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Somos el murmullo del vacío. La nada donde se ahoga todo. Sobre nosotros duerme un sol ciego. Mientras, en el bullicio del tiempo, nos asomamos al pasado que será mañana.

“Ayer el futuro era hoy”.

El olvido da forma a la memoria.

Introitus

En Tlaxcala, el tianguis del sábado no sólo detiene al tiempo, sino que lo hace avanzar hacia atrás.

Es hora de ponerse el casco, que viene un viaje por la historia en sentido contrario. Una doble vía que va y viene, rompiendo el tiempo, pero no el espacio. Perdónalos, Einstein, por ser tan tercos e ignorantes.

ιστορία

Cada sábado por la mañana se dejan caer en tropel las verduras más fresquitas, recién regadas por aguas negras en el Deep South de Tlax.

El tianguis es una orgía de olores, colores, sabores, murmullos y pregones, llamados a los marchantes que caminan confusos o decididos, seguros de su destino o sin saber a dónde arribarán cuando finalice este viaje en el tiempo, pero bien aferrados al espacio que se estrecha y estrecha.

Qué le damos, jefa, qué va a llevar.

Las patronas todas son güeritas, hijas del peróxido, aunque también se cuelan muchos pendejos naturales.

–¿Qué va a mercar?, –se deja oír la voz, que llegó en tren bala desde el siglo XIX y dendenantes, cuando no se hablaba castilla y el tianguis se asentaba en Ocotelulco, donde “había más de 30,000 personas, entre comprando y vendiendo, casi diariamente”, reportea Hernán Cortés desde el siglo XVI. Gracias, Hernán, en un momento volvemos contigo.

¿Qué va usté a querer? ¿Un taco de pata, con guarnición de nopales en su baba? ¿Un kilo de jitomate de 900 gramos? ¿Un diablito sin domesticar, una cocineta, un brasier para la dama?

Es la hora de las dudas que asaltan a todo consumidor, el mismo que siempre se lleva algo que no estaba presupuestado. ¿Quién dijo crisis? Al fin que la patronal ya se resignó a que 7 de cada 10 hijos de Hidalgo y La Malinche compremos piratería y baratijas chinas con calidad de exportación.

Los más atrasados en la faena de instalarse son los del departamento de ropa. La mayoría de las maniquíes anda con los pezones de punta, en pie de guerra a lo largo del día porque están al desgaire, y se dejan agarrar de donde sea, incluidas las partes pudendas, si es que tienen un poco de vergüenza.

Por allá pura ropa bien bonita, para su compromiso del próximo sábado: el bautizo, la boda, los XV de la sobrina que ya nomás es señito y no señorita.

‘Here comes the Sun’: nos baña a todos en su luz recia, homéricamente amarilla, de bola de gas que se devora a sí misma: hidrógeno trasmutado en helio: sueño de alquimista, horno nuclear sideral. Tibio señor de ropajes amarillos, dador de la vida y del cáncer.

¿O será que usted quiere una tanga tachonada de lentejuelas, muy dirrrrty, ahora que vivimos tiempos de arriesgue en la cama?

Hora de seguir el viaje, el casco bien colocado, a través de puestos ya henchidos, que asedian al Aurrerá que, estratégicamente, fue colocado en este punto. Los Walton y sus testaferros saben a lo que juegan: la historia se mece en la hamaca de la ignominia, porque adentro de la tienda no se puede competir con lo que hay aquí afuera, donde la lechuga está a 3 por diez pesos y a cinco el kilo de zanahorias, y de a 8 el chilito serrano, chiquito pero sabroso. “¿No quiere una jerga?”: preguntan o niegan. Y de a 12 el ejote y a 10 la cebolla ‘underground’, algo ‘punk’, pero nunca ‘new wave’.

Junto al río, los carboneros se asoman al siglo XXI con los hombros vencidos por el sueño y algo de espíritu ecocida. Ellos son el agua que camina hacia atrás, ahora que mentamos el cambio climático, aunque no tengamos ni la más mínima idea de lo que sea. El tiempo se pinta la cara de negro con el hollín de la madera sacrificada en la covacha ilegal al pie de nuestra montaña sagrada.

La historia es un gato de Schrödinger que se persigue la cola: ejercicio del absurdo, en este bazar de la vida.

…y el tianguis se acaba desde este ángulo, cuando aparece el hierro del Puente Rojo, que se tiende para cruzar un río que se niega a morir, como el tianguis, un perfecto terco que apuesta su resto contra la historia.

Fin del viaje

Puede encender de nuevo sus aparatos de radiocomunicación.

Ha vuelto sano y salvo al instante perpetuo.

*Ensayo seleccionado para la muestra El Arte nos une, de la Secretaría de Cultura y el ITC.

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