En Zapotitlán Salinas ha habido una producción de sal sistemática y organizada: Blas Castellón

Al encontrar en 2008 una columna estratigriáfica que contenía información de varios siglos, el arqueólogo Blas Castellón Huerta pudo constatar que, desde el periodo formativo hasta la etapa colonial, en la región de Zapotitlán Salinas hubo intensidad de exploración y producción de sal, de manera sistemática y organizada. 

Durante la ponencia virtual Las salinas prehispánicas del valle de Tehuacán enmarcada en el Seminario de Historia y Antropología de Puebla del Centro en Puebla del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el investigador señaló que la mayoría de los lugares actuales de producción de sal en Zapotitlán tienen evidencia de producción antigua, aunque el método no era el mismo pues la sal se cocía en ollitas o moldes. 

El investigador que por más de 30 años se ha dedicado a su estudio en esta región ubicada al sur del estado de Puebla, dijo que, en dicha zona, cuando se rompe el piso de una salina moderna, brotan tepalcates y aparecen restos de piletas en forma circular y cuadrada que fueron hechas con cuidado para que duraran el mayor tiempo posible.  


Desde el sitio de Facebook del Museo Regional de Puebla, Castellón dijo que la investigación de la sal ha sido una de las más importantes en su carrera. “Me ha acercado a investigadores y salineros, a la etnografía; no me quedé encerrado en los tepalcates, pues hay que ir y regresar a ellos”. 

Tras hacer un recuento de los trabajos previos dejados por investigadores como Richard MacNeishh, Gordon Drever, William Doelle, Edward B. Sisson y James A. Neely, quienes desarrollaron estudios sobre las salinas desde los años 60 hasta los años 90 del siglo anterior, distinguió tres áreas: hacia el sur, acompañando al río Salado que forma playas de deslave y caen en Zapotitlán, y luego al centro.  

El merecedor en 2018 del Premio Alfonso Caso a la Investigación arqueológica abundó que los paisajes de la sal son áridos, llenos de cactus, con áreas de producción cerca de barrancas, pues son más secas y áridas. “Es un paisaje de dunas rojizas y anaranjadas con fragmentos cerámicos y objetos de arcilla por doquier. En una primera impresión no se sabe qué fue lo que paso ahí”. 

Al indagar en el cerro Cuthá, o Cerro de la Máscara, cuya época de mayor esplendor fue entre los años 600 y 900 de esta era en común, Blas Castellón documentó que desde ese lugar se dominó a Zapotitlán y a Tehuacán, pues el sitio existía por las salinas y oros recursos de valle. 

Completó que en el área de Zapotitlán “brotan” manantiales de agua salada. “De este lugar abrupto surgen estos manantiales pequeños que se aprovecharon en tiempos antiguos. No tienen mucha fuerza, pero si agua constante”.  

El autor del libro Cuando la sal era una joya (INAH, 2016) continuó que, en 2005, luego de trabajar en la parte superior del cerro Cuthá y de hacer recorridos en el valle de Zapotitlán, vio que había salinas de origen prehispánico, por lo que su interés fue saber la función de los depósitos o reservorios que se excavaron, así como de los artefactos y mecanismos encontrados. 

Ahí, pudo conocer la forma de obtención de la sal que se obtenía de los manantiales y, si bien sabía salada, no tenía la suficiente salinidad para producir sal cristalizada. Para volver el agua salada, había que colocar tierras y pasar el agua. En un primer depósito de unos 200 litros colocado a una cierta altura, se conseguía una salmuera con sedimentos que habría que ir eliminando para lograr la concentración de la sal.  

Así, con un filtro de petates, ramas y tierras, y una decantación como primer proceso, después de unas horas se sacaba el agua y se colocaba en el canal que conducía el agua a un depósito mayor de dos mil litros, construido de manera sólida con paredes estucadas. 

Una vez concentrada, la salmuera lograda tenía que pasar por un proceso de cristalización logrado por la quema del producto en ollas pequeñas y vasos de cerámica de tipo impresión textil, similares a los usados en el periodo posclásico del centro de México, en ciudades como Culhuacán y Texcoco, siendo las de Zapotitlán las de mejor hechura, “más finas y menos burdas que las otras”. 

El arqueólogo de la Dirección de Estudios Históricos del INAH señaló que el resultado de aquella quema eran los “panes de sal” -cónicos y redondos-, los cuales eran productos “controlables para el comercio”, que no sólo eran de uso, sino que daban prestigio y eran unidades de tributación. 

“Dominada quizá por Tula y luego por Tenochtitlan y Cholula, los panes de Zapotitlán fueron unidades de medida de tributo o impuesto; otros para el consumo y otros más bienes de intercambio o prestigio. Un bloque de sal era algo apreciado que la gente quería tener. Se usaba incluso para intercambios matrimoniales o regalos”, concluyó Blas Castellón.