Lunes, enero 17, 2022
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Yanes devela el origen de la talavera poblana, animada por la sensación estética que le produce

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El afán de investigación de Emma Yanes Rizo como historiadora empató con “la sensación placentera de mirar” la talavera, la cerámica que, por su historia misma y diversos aspectos, forma parte y da identidad a la ciudad de Puebla y a sus habitantes desde el siglo XVI.

La que fue su tesis doctoral es ahora un libro titulado Que de dónde, amigo, vengo. Los orígenes de la loza estannífera o Talavera Poblana, 1550–1653, en el cual da fecha de nacimiento a este elemento del patrimonio cultural de Puebla, situándolo en 1550, cuando un pequeño grupo de artesanos provenientes de los talleres de Talavera de la Reina, Sevilla y Génova se establecieron en la ciudad y comenzaron a producirla.

Dicho volumen fue presentado días atrás en el Museo de arte religioso ex convento de Santa Mónica, en el marco de la exposición “Relatos y presencias, colección cerámica de Santa Mónica”, que integra una serie de objetos de cerámica que ofrecen un relato: aquel que tiene que ver con el mundo interior y la presencia de mujeres que habitaron el antiguo convento.

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Para Emma Yanes, la talavera le proporciona “una sensación estética única”. Quizá por esa razón, dijo al comentar su libro, la talavera ha perdurado en el uso y el gusto de la sociedad poblana: porque “se siente rico mirarla”, porque “es una experiencia estética” misma y el barro –su materia prima– tiene “el sabor de la plasticidad”.

La investigadora del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) advirtió que en el libro Que de dónde, amigo, vengo…, a lo largo de tres capítulos, fusionó “los saberes de la vida práctica con la historia de la ciencia y del arte”. Con ello, continuó, respondió a la pregunta que se han hecho varios de sus colegas: el saber por qué ceramistas de España se vinieron a Puebla. “Tiene que haber razones profundas. Era atravesar un mar complicado y llegar a un mundo de incertidumbre”, consideró.

Por tanto, dijo que en su investigación consideró el estudio de las técnicas y de la historia económica, así como de la diversidad que había en los talleres, en donde convivían hombres y mujeres chinos, negros, sevillanos, criollos, mestizos e indígenas, quienes seguramente no se entendieron con palabras. De esa forma, estimó, el surgimiento de la talavera resultó de “la unión de saberes y del aprendizaje visual que posibilitó una variedad de técnicas”.

“Descubrir eso fue sensacional. No estábamos seguros si esa composición se reflejaba en la producción. Ahí vino la multidisciplina y el cruce de informaciones. Lo que se hizo fue un nuevo armado con piezas con forma de talavera de la Reyna, con dibujo de Sevilla y composiciones y materiales de tierras poblanas”, sostuvo Yanes Rizo.

En ese sentido, la actual directora del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart), mencionó que el origen de la talavera esta en “esa fusión de técnicas, conocimientos y transmisión visual, con un componente de la historia del arte que es la voluntad del arte del mundo novohispano, y el querer emular a la metrópoli pero más cargado”.

Así, señaló que determinadas teorías sobre la aparición de esta labor que se habían manejado no eran las adecuadas. Agregó que algunos decían que su origen se daba ente frailes llegados a la Nueva España, dicha tesis no es correcta, aunque los religiosos sí trabajaron con la talavera de la Reyna, como lo fueron los dominicos. Otra hipótesis más, agregó Yanes Rizo, fue que, según la documentación encontrada, alfareros españoles llegaron en 1629 a Puebla.

“Eran las fuentes, pero no hicieron excavación. Lo primeros talleres se ubicaron cerca de lo que ahora es el Paseo Bravo, además de que estaban por el rio san Francisco y los centros de culto. Eran albañiles móviles y principalmente hacían cañerías de barro y ladrillos, luego se fueron especializando en lo suntuario. Fueron procesos paulatinos”, expuso la investigadora adscrita a la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del INAH.

Agregó que gremios de loceros de Puebla emularon las ordenanzas de Sevilla para adecuar su trabajo. Asimismo, según las ordenanzas de 1653 ya se habían establecido y ya producían. En suma, Emma Yanes consideró que la talavera “permanecerá porque logró enraizarse en el gusto social, en la experiencia visual y en lo cotidiano, además de que está emparejada con la manera de comer y el tipo de comida”.

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