Domingo, agosto 14, 2022

Wounded Knee

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La semana pasada escribí sobre la película “Thunderheart” (1992) protagonizada por Val Kilmer y Sam Shepard y dirigida por Michael Apted y que se basa en dos acontecimientos reales que sucedieron unos cuantos años atrás en la reservación Lakota de Pine Ridge en Dakota del Sur en Estados Unidos: la toma de las oficinas del Departamento de Asuntos Indígenas en un poblado llamado Wounded Knee que terminó con la muerte de unos sioux de la zona y de un agente del FBI en 1973. A su vez, la muerte en un tiroteo con pobladores de la región de un par de agentes del FBI que perseguían a un sospechoso en 1975 lo que provocó varios conflictos y la detención, juicio y sentencia (dos cadenas perpetuas seguidas) de un líder lakota muy importante, Leonard Peltier, que lleva desde entonces en la cárcel y que, de acuerdo con Amnistía Internacional, se trata claramente de un preso político. Del mismo director Apted existe un documental, “Incident at Oglala” (1992) que habla sobre el caso de Peltier y que es fácil de conseguir en la plataforma más conocida de videos. Sin embargo, tanto en la película, como en el documental se hace referencia constante a un acontecimiento terrible acaecido a finales de 1890 en el mismo poblado: la masacre de Wounded Knee. En ese momento, alrededor de 300 lakotas (entre hombres, mujeres, ancianos y niños) fueron asesinados por el ejército norteamericano al tratar de desarmar a los que se encontraban en el lugar. Una confusión fue suficiente para iniciar el fuego. En la masacre, vale la pena decirlo, se utilizaron rifles de repetición rápida, pistolas y cañones. Del ejército norteamericano perecieron unos cuantos. Ya retornaré más adelante a relatar algunas cosas del acontecimiento.

Allá por 2007 se estrenó una película llamada “Bury my Heart in Wounded Knee” (Entierra mi corazón en Wounded Knee), producida por HBO y dirigida por Yves Simoneu. El filme, con claros tintes de documental, rememora algunos momentos anteriores a la masacre de Wounded Knee, como los esfuerzos del gobierno norteamericano por concentrar a las comunidades indias en reservas y hacerles firmar tratados diversos -totalmente leoninos- que los blancos serían los primeros en violar, todo por el interés de apropiarse de las tierras y los recursos que pudieran extraer de ellas (principalmente mineros). La película se basa en el libro del mismo nombre de Dee Brown, periodista y escritor, publicado en 1970. Se trata de un esfuerzo encomiable de Brown por presentarnos la historia de estos pueblos y los abusos de los que fueron objeto desde la llegada de los blancos a territorios americanos. “Más de tres siglos habían transcurrido ya desde que Cristóbal Colón llegara a las playas de San Salvador -afirma Brown-, y más de dos desde que lo hicieran los ingleses a Virginia y Nueva Inglaterra. Para entonces, los amistosos taínos que le dieron la bienvenida a Colón ya habían sido enteramente exterminados. Mucho antes de la muerte del último de ellos había desaparecido su sencilla cultura artesana y agrícola, reemplazada por vastas plantaciones de algodón atendidas por esclavos. Los colonos blancos asolaron los bosques tropicales para extender sus cultivos, los algodonales agotaban la tierra, los vientos, imposibles de contener por ninguna muralla vegetal, cubrían los campos de arena. Cuando Colón contempló la isla por primera vez, la describió como ‘muy grande, llana y verde por los infinitos árboles […]; tan verde que causa placer contemplarla’. Los europeos que le sucedieron destruyeron la vegetación y la fauna – humana y animal– y, tras convertirla en un páramo, la abandonaron”. Tal es el preámbulo del libro que exhibe la voracidad de los europeos y sus herederos norteamericanos (y de otros países de América Latina, que quede claro) que, en pos del modelo capitalista, arrebataron -y siguen haciéndolo- tierras, recursos y mano de obra a las comunidades originarias de todo el Continente. Y continúa Brown: “…ya habían desaparecido los wampanoags de Massasoit (…) también los chesapeakes, los chickahominys y los potomacs de la gran Confederación Powhatan. (Sólo Pocahontas era aún recordada.) Dispersos o reducidos a tristes residuos estaban los pequots, montauks, naticokes, machapungas, catawbas, cheraws, miamis, hurones, eries, mohawks, senecas y mohicanos (vivía aún el recuerdo de Uncas). Sus musicales nombres permanecieron fijados para siempre en la tierra americana, que acogió también sus huesos olvidados en millares de poblados incendiados y entre los restos de bosques, cuya desaparición progresaba aceleradamente bajo las hachas de 20.000.000 de invasores. Las corrientes frescas, y un día potables, que en su mayoría llevaban airosos nombres indios, aparecían ya fangosas y corrompidas por los desechos de los hombres blancos; la tierra era maltratada y arrasada. A los indios les parecía que esos europeos sentían un odio irreprimible por todo lo natural, los bosques llenos de vida, con sus aves y bestias, los herbosos remansos, el agua, la tierra y el aire mismo”. Y poco imaginaban en lo que se convertirían sus tierras hoy en día, en lo que se convertiría el planeta. Y lo que nos falta. Como se ve, el tono del libro es claramente de denuncia, aunque su fácil y atractiva lectura logran que el mensaje penetre. ¿Cuánto? Bueno, quizá no lo suficiente pues los abusos se han seguido sucediendo desde su publicación. De hecho, ya he comentado al menos dos. Algo similar ocurre con la película, pues no busca ser una alegre representación de la convivencia entre los blancos y los pueblos originarios; por el contrario, fiel al libro, busca también hacer una denuncia. Empero, extrañamos que los personajes lakota y de otros pueblos hablen en sus lenguas. Quizá HBO no se atrevió a contratar a actores desconocidos pero que fueran de las comunidades o simplemente, como es frecuente en el cine norteamericano, se buscó que todo fuera en inglés para que el gringo promedio se sintiera cómodo con la película. Es patente el disgusto que tiene mucha gente en ese país por las cintas habladas en otras lenguas y poco aprecian la lectura de subtítulos. No obstante, me queda claro que el mensaje tiene contundencia.

Hay momentos en la cinta que son interesantes. Por ejemplo, el hilo conductor de la película, el lakota Charles Eastman (antes Ohiyesa, antes de ser asumido por la “civilización” gringa), al darse cuenta del embuste en el que ha participado junto con senadores de Estados Unidos para negociar con los indios, se nota sorprendido: ante la premura del senador Henry Dawes que quiere que los indios tengan “un pedazo de tierra, una parcela” (de manera que después puedan ellos vender el resto al mejor postor), Eastman dice: “¿sabía usted Señor que no existe una palabra en sioux o en otra lengua nativa para denominar eso de ‘poseer tierra’?”, a lo que el Senador responde “bueno, quizá lo que debes hacer, es inventar una”. Vaya, hay que vender a los auténticos dueños de la tierra el concepto de “tenencia” de la tierra para que ellos puedan identificarse con el concepto occidental y no con el original que está relacionado con la idea de que la tierra no es de nadie y hay que convivir con ella. Una idea como esta fue absurda para los europeos que trajeron su sistema y lo sigue siendo hasta ahora con los resultados que conocemos todos. De hecho, en las palabras del senador Dawes vemos el interés de los blancos, que es a final de cuentas el de las autoridades en toda América desde el siglo XIX, sobre lo que él mismo denomina “el problema indio”: civilizarlos, sacarlos de su barbarie, integrarlos a la Nación. Como lo he comentado en muchas otras entregas, el problema se centra en la dicotomía “civilización y barbarie”, aderezada por los conceptos de progreso y desarrollo, todo sustentado en la modernidad. En la cinta vemos con lujo de detalle la masacre y vemos las imágenes crudas de los cuerpos congelados días después cuando se pudo ir a rescatarlos. Como narra Brown: “En los primeros momentos de violencia el ruido era ensordecedor y el aire se llenó pronto del humo acre de la pólvora. Entre los moribundos postrados sobre la tierra helada se encontraba Pie Grande. Las descargas cesaron durante unos instantes, mientras pequeños grupos de indios y soldados luchaban cuerpo a cuerpo con cuchillos, mazas y pistolas. Dado que eran muy pocos los indios armados, la desbandada se hizo general; entonces abrieron fuego los grandes cañones Hotchkiss que, atronando el aire casi cada segundo, llevaron el desastre al campamento indio, destrozando los tipis y segando la vida de hombres, mujeres y niños.  (…) Cuando acabó aquella locura, Pie Grande y más de la mitad de su pueblo habían muerto o estaban gravemente heridos; se contaron 153 bajas, pero muchos de los heridos se habían alejado a rastras del lugar para morir luego en la más completa soledad y abandono. Una estimación cifró el total de muertos en casi 300, de los 350 hombres, mujeres y niños originales. Los soldados sufrieron 25 bajas y 39 heridos, la mayoría víctimas de sus propias balas y metralla”.

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Tanto la cinta como el libro dan cuenta de apenas una mínima parte de los agravios cometidos contra estos pueblos. Quizá a quien lea esto le parezca una desgracia y acaso desarrolle algo de empatía hacia las comunidades de ese país y del nuestro, pero estoy seguro de que se sentirá ajeno a estos problemas, es decir, que nosotros no experimentamos nada de estos abusos. Lo peor del asunto es que no es así. Lo que han vivido estos pueblos, el despojo y la imposición de modelos políticos, económicos y sociales, es, en gran medida, la historia general de nuestro continente. Es decir, el despojo es generalizado y todos pagamos, de una forma u otra, las consecuencias de los modelos traídos por la modernidad. No importa si no somos lakota, náhuatl, maya, quechua o guaraní, todos somos explotados de alguna manera, todos vivimos las consecuencias de los modelos extractivos traídos por el capitalismo y sus consecuencias más agresivas con el neoliberalismo. Baste ver la crisis del agua en Nuevo León como ejemplo de esa voracidad. Cito esta escena elocuente registrada en el libro de Brown, uno de los momentos diversos en que comunidades enteras cedían ante los ejércitos norteamericanos. “Pocos días después, Tosawi se presentó con la primera banda comanche capitulante. Sus ojos brillaban extrañamente cuando se halló en presencia de Sheridan. Al decir su nombre, añadió unas palabras en mal inglés: ‘Tosawi, indio bueno’, dijo. (…) Entonces, el general Sheridan pronunció aquellas palabras que se harían inmortales. ‘Los únicos indios buenos que he conocido estaban muertos’. El teniente Charles Nordstrom, testigo del hecho, recordó y relató el evento, que con el tiempo pasaría a convertirse en aforismo común en América: El único indio bueno es el indio muerto”. Pues seguramente ahora se dice, producto de la migración, “el único mexicano, salvadoreño, haitiano, chino y un largo etcétera, es el muerto…”

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