Domingo, abril 18, 2021

Vitamina A

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La forma en la que nos afectan los alimentos y su química, siempre han constituido una incógnita en la vida. A veces es resuelta empíricamente a través de lo que observamos (si el niño tiene un impulso por comer tierra, necesita hierro y si muerde las paredes, calcio). Esto no es necesariamente cierto ni precisamente válido; pero tampoco debemos dudar de nuestros instintos.

La primera Vitamina en ser descubierta como tal, no es la que nos ocupa el día de hoy. El que ostente como nombre la letra inicial del alfabeto tiene qué ver con otras razones. En 1913, (un año después de que otros investigadores descubrieron una sustancia que curaba una enfermedad conocida como “Beriberi” y al que denominaron compuesto B); dos químicos estadounidenses llamados Marguerite Davis (1887-967) y Elmer Verner McCollum (1879-1967), descubrieron un constituyente que era soluble en las grasas y que se encontraba en la yema del huevo y en la mantequilla. Como el factor “anti-Beriberi” era soluble en agua y ya tenía el nombre de “B” por la enfermedad que aliviaba; denominaron a este nuevo compuesto como “factor A”.

Paulatinamente iban a ser reconocidas sus múltiples funciones: Fundamental para la visión, sobre todo en la tenue oscuridad nocturna; también es necesaria en el desarrollo de huesos, el crecimiento, la reparación de las mucosas, la piel, el cabello, las uñas y el esmalte de los dientes.

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También está involucrada en algunas reacciones de defensa de nuestro sistema inmunológico. Juega un papel en la función del ciclo reproductivo en la mujer y en la formación de esperma. Aumenta la resistencia a infecciones y fomenta la reparación de tejidos dañados. Presente en alimentos de origen animal como un compuesto que se denomina Vitamina A preformada, es denominada Retinol y abunda en todos los lácteos, la yema del huevo, pescado, en las vísceras (principalmente el hígado) de res, pollo, cerdo; aunque también se encuentra en vegetales como una provitamina en formas denominadas carotenos o carotenoides, destacando los betacarotenos, que, como pigmentos naturales, se encuentran típicamente en verduras y frutas de color intenso naranja, rojo, amarillo o verde.

Nuestro organismo sintetiza vitamina A, a través del retinol en un 80 a 90%, mientras que solamente es elaborado entre un 40 a 60% partiendo de los betacarotenos. Sin embargo, esto no implica que se requiera forzosamente alimentarse con productos de origen animal pues nuestras necesidades básicas no necesariamente deben ser muy elevadas. De hecho, el 90% se almacena en el hígado y solamente el restante se deposita en el resto del cuerpo, sobre todo en nuestros riñones, pulmones y grasa. Además los requerimientos diarios se miden en microgramos, es decir, la milésima parte de un miligramo. Por esta razón, ingerir cantidades elevadas de esta vitamina es más peligroso de lo que se podría imaginar, sobre todo, cuando la fuente de ingestión se provoca con suplementos alimenticios y no con productos naturales.

Es teratogénica (produce defectos al nacimiento). Altera la función del hígado. Reduce la densidad mineral en huesos y ocasiona trastornos en el Sistema Nervioso Central, dando lugar a vómitos, visión borrosa, irritabilidad, caída de cabello, dolores de cabeza, debilidad, insomnio, falta de fuerza, cese del periodo menstrual y hasta hidrocefalia en niños. Por esta razón, su utilidad médica está restringida a ciertos padecimientos como ceguera nocturna, resequedad en los ojos, úlceras en las córneas y queratosis cutáneas, por médicos con experiencia en su manejo, que definitivamente debe ser solo un tiempo bastante limitado.

Llama la atención una variedad de exceso en la vitamina A conocida como “hipercarotenosis”, producido por el consumo irracional de verduras con un alto contenido en betacarotenos que, al acumularse en la piel, ocasiona un color amarillento, sobre todo en la palma de las manos. Curiosamente, este fenómeno no pone en peligro la vida y no se asocia con efectos adversos pues, una vez que disminuye la ingestión, se normaliza el color de la piel. Es extraño que el exceso de vitamina A en su forma artificial es peligroso y su desproporcionada abundancia, siendo natural, no ponga en riesgo la salud. Esta magia en la naturaleza intrínseca de la vitamina A, me hace pensar que estar bien puede tener una fórmula: poca medicina y buena alimentación es igual a más vida.

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