Viernes, agosto 19, 2022
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Virus peligroso por no ser tan peligroso

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 Estableciendo una línea de tiempo que define históricamente lo que ha sucedido con la infección viral producida por el coronavirus SARS-CoV-2 y la enfermedad COVID-19, resultan particularmente interesantes una serie de conclusiones que van surgiendo en la medida en la que vamos experimentando, socialmente una visión objetiva y lógica de este fenómeno biológico. 

     El 27 de febrero de 2020 la Secretaría de Salud detectó el primer caso de COVID-19 en México. Al siguiente día, el 28 de febrero, se registró en la plataforma de la dependencia, cumpliendo ya dos años de ese anuncio que literalmente paralizó a una gran parte de la población. La enfermedad que China había anunciado desde el 31 de diciembre de 2019 como causante de neumonías de una etiología desconocida, por fin llegó a nuestro país. 

     Un cúmulo de experiencias se han acumulado en una forma extraordinaria, generando más polémicas que acuerdos y que, sobre todo, muestran nuestra extrema vulnerabilidad ante los fenómenos naturales que dominan a nuestra existencia en este mundo.

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     SARS es el acrónimo en inglés de “Síndrome Respiratorio Agudo Grave” que no es otra cosa que, afectando en una forma peligrosa al sistema respiratorio, puede provocar la imposibilidad de inhalar correctamente el aire y así, condicionar la muerte. CoV es la abreviatura de “coronavirus”, al que se le agrega el número 2, pues ya en el pasado se había presentado una enfermedad generada por este tipo de agente biológico.

     La primera vez que se informó sobre el SARS fue en Asia, durante el mes de febrero de 2003. La enfermedad se propagó a más de dos docenas de países en Norteamérica, Sudamérica, Europa y Asia antes de que se pudiera contener el brote global, pues se trató de una enfermedad tan letal, que de alguna manera pudo controlarse, ya que, siendo un problema de transferencia respiratoria, se rompió la cadena de transmisión (nunca he visto a un muerto respirar y así, transmitir una infección a través del aire que entra y sale de los pulmones).

     A partir del año 2004 no se detectaron casos de este síndrome; sin embargo, para el año 2012, en Arabia Saudita, se informó de un problema de salud que impedía respirar, denominándose MERS (Síndrome Respiratorio de Oriente Medio). Con un porcentaje aproximado del 35% en el que este problema de salud desembocó en la muerte de los pacientes, se pudo comprobar que los dromedarios son un importante reservorio de este coronavirus y si bien, se desconoce hasta la actualidad el papel específico de estos animales en la cadena de transmisión, definitivamente este agente biológico con una capacidad de infectar fue, de alguna manera, relativa; es decir que fue poco trasmisible.

     Pero ya estaba generándose el preludio de lo que sucedería en poco menos de una década después, cuando en las fechas decembrinas del año 2019, convivimos en la inocencia e ignorancia de lo que ya se estaba generando de información, a nivel global, por un coronavirus que originalmente se denominó 2019-nCoV (en inglés, 2019-novel Coronavirus, “nuevo Coronavirus de 2019”) y también, ocasionalmente, HCoV-19 (en inglés, Human Coronavirus 2019). 

     Haciendo una exhaustiva revisión de lo que se ha generado como conocimiento y difusión en la Organización Mundial de la Salud (OMS), como bases de información y tratando de evitar sesgos de escrutinio (sesgo es una palabra que puedo definir personalmente como aquella conclusión equivocada que nace de observaciones parciales), analizo con una frialdad absoluta a qué nos enfrentamos en este momento y tomo en consideración, todo lo que ha pasado en esta línea de tiempo, que en la atroz pasión de conceptos políticos, generan ideas que pueden ser debatibles pero que no tienen una base lógica ni concreta.

     En una forma disciplinada y obsesiva, diariamente reviso el “mapa mundial COVID-19” en el teléfono celular. En este momento, 28 de abril del año 2022, tenemos informes a nivel global de 512,079,912 casos confirmados de COVID-19, cifra que puede ser alarmante, pero que se atenúa cuando consideramos que vivimos en el mundo casi 8 mil millones de seres humanos. Pero lo que impresiona más, es la mortalidad que alcanza 6 millones, 230 mil 212 casos que se han informado. Por supuesto, una sola muerte representa una catástrofe, un siniestro, un evento fatal y amargo, una desdicha inconmensurable; pero si tomamos en cuenta el efecto que han tenido las pandemias en el transcurso de nuestra historia, este fenómeno deriva en conclusiones relativas, no por menospreciarlas sino por ajustarlas a su verdadera dimensión. 

     Pero, analizando lo que sucede por país, resulta sorprendente y revelador que Estados Unidos sea el primer lugar en casos confirmados, con México en el lugar número 21. 

     Aquí se informa de cinco millones, 736 mil 579 de enfermos cuyo padecimiento está debidamente documentado, representando menos del 10% de nuestra población, con una mortalidad de 324 mil, 221 fallecidos por esta enfermedad, que no llega ni al uno por ciento, inclusive si duplicamos este número, considerando el sub registro de datos. 

     Es evidente que este fenómeno deriva en conclusiones que lastiman la conciencia de muchos, sobre todo, a quienes han experimentado la inenarrable pérdida de un ser querido; sin embargo, también nos debe de conducir a análisis críticos que tengan como base la lógica y el sentido común. 

     Con todas las diatribas que se podrían derivar, el manejo de la pandemia en México ha sido adecuado y refleja puntos positivos que fácilmente se pueden comparar con los resultados de acciones seguidas en otros países. Por supuesto hay cosas que critico y con las que no estoy de acuerdo; sin embargo, la frialdad de los datos y la objetividad de los números, pueden hacernos ver que México ha sido un referente mundial que, desde el punto de vista sanitario, se debe de reconocer. 

     No trabajo para la Secretaría de Salud. No tengo conflictos de interés de índole político ni gubernamental. Tampoco tengo compromisos económicos que me condicionen a emitir un juicio lógico. Simplemente soy un epidemiólogo que, en una postura humilde, valoro lo que condicionó mi formación, con base en la fría y displicente analítica de los datos, que muestran una parcialidad de los números; pero considerando que en el 80% de los casos COVID-19 generan un problema de salud que va desde una condición de síntomas leves e incluso asintomáticos, hasta molestias graves (como en el amor, donde uno deja de comer, siente dolor generalizado, no duerme, sufre… pero no se muere), hasta un 20% de complicaciones, que llegan a requerir de oxigenación complementaria o inclusive intubación, con una tasa de mortalidad que puede llegar hasta el 5% o 12%. 

     Mientras no nos toque a alguno de nosotros o a un ser querido, todo lo anterior nos hace ver que el coronavirus SARS-CoV-2 es un virus extremadamente peligroso, pues dentro de los casos de personas con síntomas leves o inclusive asintomáticos, dispersarán la enfermedad, convirtiéndolo en un agente biológico, poco peligroso. 

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