Domingo, abril 11, 2021

Verdad del Osito Bimbo

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Diría Armand Mattelart en su libro “Geopolítica de la Cultura” que “…el consumo y el individuo consumidor ocupan un lugar destacado en la legitimación de la concepción neoliberal de la sociedad. Porque no se trata de cualquier consumidor, sino de un consumidor soberano respecto de sus decisiones en un mercado libre. En su combate contra todas las formas de control -incluidas la suyas propias, la de la libre empresa-, ya emanen del Estado o de la sociedad civil organizada, el neoliberalismo resulta ser también un neopopulismo”. Dicha soberanía del consumidor y su capacidad de decisión, por supuesto, vienen determinadas, por contradictorio que parezca, por lo que viene dictado por una “autoridad” o grupo específico, sea político o mercantil, que dictan cuál habrá de ser la mejor decisión. Empero, queda la sensación de que es uno quien elige sin darse cuenta de que hay alguien que indudablemente elige por nosotros. “Por esta razón -la del neopopulimsmo, continúa Mattelart-, experimenta continuamente la necesidad de apelar a la representatividad de los consumidores metamorfoseados en cuotas de mercado. Habla en su nombre. El discurso construido sobre la base del consumidor, o mejor, de ese consumidor libre de ataduras y determinaciones que no sean su propia voluntad, se constituye en un argumento tan autorizado que a menudo se convierte en el único discurso, mientras que el consumo debe encontrar en sí mismo su explicación y su razón de ser”. En este sentido, por tanto, se refuerza la idea de que aquello que está en el mercado, está en boga; es decir, forma parte del “mainstream”, en los índices más importantes del consumo y, por ende, es un producto exitoso que viene demandado por el consumidor. Por supuesto, quien lea esto con agudeza habrá encontrado la falacia detrás de semejante argumento. No existe tal libertad, pero el sistema neoliberal es tan “populista”, como aquellos líderes autoritarios que critica y les da a sus ciudadanos/ consumidores la sensación de ser libres. Manipulación sobre manipulación producida por la publicidad más ramplona y llevada a nivel de memoria cultural. Por supuesto, hablo del “anarquista” Osito Bimbo. Sí, como comentó una aguda amiga mía en un video en la red, observando detenidamente a la cámara y con pausas dramáticas: “en contra del sistema el Osito Bimbo, ¿están seguros?… ¿Bimbo?”

En efecto, en una de las tácticas más embusteras de la publicidad reciente, Bimbo decidió darle la vuelta a la legislación que prohíbe el uso de mascotas para promocionar productos chatarra y colocó al Osito Bimbo en el producto y no en la etiqueta. Esto hizo evidente según un reportaje publicado por la revista Etcétera que analiza las posturas en contra y a favor de esta llamada “resistencia” que en “el medio de estas dos posturas, se encuentran quienes de manera muy adulta llaman a la reflexión: si el personaje pudo reaparecer en las servilletas o en otras modalidades, es que hay vacíos legales que hablan de una deficiente labor legislativa. Y es verdad. Bimbo cumplió la letra de la ley, que no su intencionalidad. Y si la ley no lo prohíbe expresamente, no está en falta”. No sé si el reconocer los posibles huecos de una legislación pudiera ser “adulto”, pero sí me parece que tal argumento es mañoso. Es decir, es aceptar todas las injusticias que ocurren en este país gracias a que los legisladores no previeron cuanta falaz interpretación de las normas exista. Es encumbrar al tramposo a nivel de héroe, nada más. Pero eso sí, el reportaje aclara: “Aunque se pueden cuestionar, por supuesto, sus matices éticos”. Pero sigamos con este argumento porque estoy seguro de que más de uno estará levantando la ceja en este momento preguntándose cómo es que no puedo ver la “genialidad” detrás de esta balandronada de la empresa de comida chatarra. Pues los llevo a contestarse algo que es el origen del asunto. ¿Creen ustedes que Bimbo ofrece a los consumidores productos de la calidad suficiente para que sus hijos los consuman? Y claro, dependiendo de su respuesta, creerán si es conveniente o no que existan los sellos que advierten sobre el auténtico contenido de estos “alimentos” procesados. Genialidad hubiera sido que mejorara la calidad de sus productos…

Esa “máxima” publicitaria de que, si te dan a vender mierda, debes convencer a cualquiera de que es abono, se cumple de manera excelente en este caso. Tal como lo menciona Michel de Certeau en su libro “La Invención de lo Cotidiano”, por “lo general, una manera de utilizar los sistemas impuestos constituye la resistencia a la ley histórica de un estado de hecho y a sus legitimaciones dogmáticas. Una práctica del orden constituido por otros redistribuye su espacio; hace, al menos, que dentro de éste haya juego, para maniobras entre fuerzas desiguales y para señales utópicas. Allí se manifestarían la opacidad de la cultura ‘popular’, la roca negra que se opone a la asimilación. Lo que se llama ‘sabiduría’ (sabedoria) se define como estratagema (trampolinagem, que un juego de palabras asocia con la acrobacia del saltimbanqui y con su arte de saltar sobre el trampolín, trampolim) y como ‘trapacería’ (trapaçaria, ardid y engaño en la forma de utilizar o de hacer trampa con los términos de los contratos sociales). Mil maneras de hacer/deshacer el juego del otro, es decir, el espacio instituido por otros, caracterizan la actividad, sutil, tenaz, resistente, de grupos que, por no tener uno propio, deben arreglárselas en una red de fuerzas y de representaciones establecidas”. Esto es, que la publicidad de Bimbo, a falta de una identidad real en el presente, decide asumir la de la resistencia y el público -en su mayoría detractores de la 4T- se compran la válvula de escape montada en la nostalgia de la mascota elevada a prócer nacional en contra de la “venezualización” de México. Es un Oso Bimbo con símbolo anarquista pintado con crayola y con estoperoles de corcholata o mimetizado con el duende que afirma “oblígame prro (mega sic)”. Claro, la resistencia del Osito Bimbo parece simpática y hasta cierto punto pícara; no como aquella “agresiva, fuerte y demandante” que es la manera en que los grupos sociales de verdad (como las feministas o los familiares de los 43) exigen justicia. ¿Y qué quedó oculto detrás de la chunga? La auténtica verdad: que los productos Bimbo no nutren y que, junto con toda la comida chatarra y los alimentos procesados, tienen a nuestro país en los primeros lugares de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares del mundo, nada más. En el reportaje de Etcétera afirman que el “activismo a favor del ‘etiquetado claro’ tiene varios años en México y encontró terreno fértil en la presente administración, cuando la crisis sanitaria por la COVID-19 empezó a acumular miles de muertos. El gobierno federal necesitaba un enemigo visible y lo encontró en las ‘comorbilidades’: diabetes, obesidad, hipertensión. Y apuntó un dedo acusador en contra de la industria refresquera (el ‘veneno embotellado’, llamó Hugo López-Gatell al refresco)  y la industria de las golosinas y botanas”. Ignoro cuáles sean las razones que llevan a Etcétera a minimizar la realidad de estos productos, pero tal campaña no es sólo de activismo, es un asunto científicamente comprobado: los productos son una porquería. Por otro lado, más allá del Covid, esas comorbilidades existen y sus estadísticas en nuestro país son terroríficas. Estas compañías han hecho mucho daño y lo han hecho sustentando su publicidad en personajes simpáticos y al parecer, inocuos, como Chester, Melvin, Pancho Pantera, El Tigre Toño, Iván el Tucán y, por supuesto, el Osito Bimbo. Y lo peor es que dicha campaña también echó mano de una supuesta nostalgia detrás del Oso Bimbo y nos hizo creer que es un personaje impreso en la memoria de la cultura. Cierro con el contenido de un meme que aclara muy bien las cosas: “No mamen, el Osito Bimbo no es punk, ni resistencia contra el gobierno, es un ejemplo de cómo las corporaciones se pasan por los huevos las normas gubernamentales y son prácticamente intocables. Es Salinas Pliego, pero más bonito”. Cuánta verdad, “verdad del Osito Bimbo”.

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