¡Usted no, señor Monsiváis!

De tan escuchada, la historia pareciera no ser cierta. Sólo historia. Una hoja más del imaginario social de los años recientes. Resquicio a partir del cual pudiéramos adentramos en el páramo de vida diaria, reflexión y personaje.

Se cuenta más o menos así:

Mediados de los años noventa. La inseguridad, una manifestación más de nuestras recurrentes crisis, golpea fuerte a la gran ciudad. Fraudes, extorsiones, secuestros, asaltos, robos… Nadie se siente seguro. Nadie está seguro. Ni en la propia casa ni en la aparente tranquilidad de cualquier restorán, a media tarde, en colonias como Polanco o la Condesa.


Ahí, en uno de tantos, agua mineral en mano, comparte sobremesa el cronista Carlos Monsiváis. Se han degustado ya los alimentos, las bebidas. Toca pedir la cuenta, pagar y emprender el retorno a las actividades vespertinas.

Pero en eso…

Los gritos se escuchan: ¡esto es un asalto, tranquilos todos, vamos a pasar por sus mesas y vayan dejando encima celulares, carteras, joyas y cosas de valor! ¡Tranquilos y de prisa o se los carga la chingada! Un hombre, pistola entre las manos, apunta a una y otra mesa, a la espera de que sus compinches comiencen a realizar la delictiva recaudación.

El robo avanza. El cañón amenazante del arma señala una mesa, otra, otra más, señal para que los comensales se despojen de sus pertenencias y los otros dos asaltantes echen en sus talegas el botín. Una mesa en cada grito y despojo, y así hasta llegar a la que preside Monsiváis.

Entonces sucede el hecho.

El arma en las manos, el líder del asalto realiza una curva, los brazos hacia arriba, saltándose la amenaza a la mesa en cuestión y grita un fuerte:

“¡Usted no, señor Monsiváis!”, para proseguir de inmediato desvalijando con insultos a los demás comensales.

¡Absueltos Monsi y compañía!, el cronista que de acuerdo a Elena Poniatowska supo teñir de inteligencia y humor todo lo que salió de sus manos. Ese mismo que José Emilio Pacheco vio como un último polígrafo que podía escribir y hablar sobre todas las cosas.

Treinta años después

Cuando salgamos de ésta, escucho una y muchas veces, haremos esto o aquello. Iremos a tal o cual parte y, entonces sí, nuevamente, retomaremos con más fuerza los andares suspendidos por la insospechada pandemia donde, digo yo, bien cabría rendirle un tributo a Carlos Monsiváis (1938-2010), el cronista de los aconteceres relevantes, como este por el que atravesamos, a 82 años de su nacimiento y diez de su deceso.

Un homenaje a Monsi, por ejemplo, no porque los esfuerzos para recordarlo de diversas entidades culturales, la semana pasada, hayan pasado desapercibidos. Mucho de la obra monsivaiana pudo recordarse en redes sociales (#Monsi mi amor, en el marco de la programación cultural virtual que la Secretaría de Cultura federal desplegó a partir de la Sana Distancia y el golpe epidémico).

Ya habrá tiempo para retomar lo planeado, ahora hacia la segunda mitad de este 2020 que habríamos de identificar como el Año Monsiváis. Nuevos acercamientos, ediciones, relanzamiento de sus obras, conferencias, radio, cine y la exaltación de su constante presencia en ese México social que nítidamente nos hizo observar el vecino de la colonia Portales (Días de guardar, 1970; Amor perdido, 1977; Nuevo catecismo para indios remisos, 1982; Escenas de pudor y liviandad, 1988; Los rituales del caos, 1995; Aires de familia, 2006).

En espera de ello, y desde el confinamiento salvador, reproduzcamos aquí, por ejemplo, la Nota Preliminar de Monsiváis a Escribir, por ejemplo. De los inventores de la tradición, libro (FCE) donde se rinde tributo a José Revueltas, Jaime Sabines, Ramón López Velarde, Alfonso Reyes, Julio Torri, Agustín Yáñez, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Rosario Castellanos y Carlos Fuentes.

Tradición modificada

“Uso la línea célebre de Pablo Neruda como punto de partida. Escribir, por ejemplo… Escribir poemas, cuentos novelas, crónicas, ensayos, piezas literarias que en pleno desacato de los géneros literarios se extravían y vivifican. Escribir por ejemplo obras caudalosas o muy breves; escribir desde la autobiografía desbordada o desde las revelaciones que desdeñan la confesión y le entregan a la escritura la pena de perderse y la dicha de hallarse (o al revés); escribir desde la ironía, la jactancia, el ánimo clásico; escribir a partir de los temas nacionales o de las experiencias comunes a todos; escribir desde la pasión por la técnica o, no sin preocupaciones, desde el arrebato de la inspiración… Escribir, por ejemplo.

A las tradiciones literarias las construyen simultáneamente las herencias nacionales y las internacionales (¿qué sería en rigor lo nacional en la experiencia literaria además de un acervo de temas y de lectores bien predispuestos?); los autores irrenunciables y los relegados por los vuelcos de la memoria; las leyes del Mercado, y su juego cada vez más artero de inclusiones y omisiones; los lectores asiduos y los intermitentes; los gustos genuinos y las predicciones volátiles; los temperamentos intransferibles y las tendencias de la época.

Escribir, por ejemplo, los textos de donde se extraen las sensaciones de pertenencia a una colectividad, o en donde la poesía produce la refundación incesante del idioma, o en donde se transmiten las otras visiones de la vida cotidiana o de la épica. Así, Octavio Paz, que lleva a la prosa el valor extraordinario de la poesía, en Piedra de Sol ve en la pareja a la especie inextinguible. Si el contexto directo es un bombardeo fascista en el Madrid de 1937, la poesía lírica sitúa a los que se renuevan en el horizonte del amor y la sensualidad, fijados y recreados en la escritura:

los dos se desnudaron y se amaron

por defender nuestra porción entera,

nuestra ración de tiempo y paraíso,

tocar nuestra raíz y recobrarnos,

recobrar nuestra herencia arrebatada

por ladrones de vida hace mil siglos…

Toda tradición literaria se modifica, se subvierte a sí misma, se reconstruye, se inventa, se enriquece, se lee de manera distinta de un tiempo a otro o de un año al siguiente. La de México, en vínculo orgánico con lo internacional, dispone de autores primordiales, más frecuentados por sus compatriotas por razones de la cercanía, pero válidos en sí mismos, y que persisten no obstante la apoteosis y las precipitaciones del canon, un término reciente muy controvertido en la industria académica y en los lectores.

De entre el número muy significativo de creadores mexicanos, elijo ahora a diez, sin olvidar mi gratitud de lector hacia otros varios, muy especialmente poetas. Dos de los textos son crónicas, las dedicadas a José Revueltas y Jaime Sabines, los demás son ensayos. Un común denominador de estos autores: se les sigue leyendo con entusiasmo renovado, y esta continuidad del criterio exigente no es un hecho menor de nuestro desarrollo literario”.

@mauflos