Domingo, agosto 7, 2022
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Una mirada al incidente de Antón Lizardo

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Al desmontar el bulo de los cañones de Salina Cruz se hizo en este espacio el compromiso de repasar hechos históricos reales –y no inventados por youtubers– en los que México haya tenido que enfrentarse a la Armada estadounidense. Quizá el más importante de ellos, por las repercusiones que tuvo, fue el ocurrido el 6 de marzo de 1860 en la bahía de Antón Lizardo, en Veracruz.

Este suceso es escasa y escuetamente referido –cuando no a menudo deliberadamente ignorado– por la mayoría de las fuentes convencionales que cuentan la historia de la Guerra de Reforma. Se minimiza su importancia y se reduce también lo útil que resulta como ejemplo de que los dos bandos en pugna –liberales y conservadores– no tuvieron remordimiento alguno para involucrar a potencias extranjeras en su conflicto.

Vayamos a los hechos concretos. En un momento decisivo de la también llamada Guerra de Tres Años, el entonces presidente conservador, Miguel Miramón, logró sitiar en Veracruz al presidente liberal, Benito Juárez. Para apoyar su ofensiva por tierra, Miramón ordenó al capitán Tomás Marín adquirir dos barcos para atacar el puerto también por mar. Cumpliendo dichas órdenes, fueron comprados en Cuba un buque inglés al cual se le colocó la bandera mexicana y se le bautizó como General Miramón, y otro español que conservó su nombre de Marqués de La Habana. El cónsul estadounidense en el puerto informó de lo anterior al gobierno de Juárez, quien pidió ayuda a Washington solicitando que se considerase piratas a ambos barcos. Ello dio pie a una cacería nocturna ordenada por el comandante de la flota estadounidense en el Golfo de México, Joseph R. Jarvis, y ejecutada por el capitán Turner, subordinado del anterior y quien, utilizando a la corbeta Saratoga y a los vapores Indianola y Wave, capturó a los dos barcos mexicanos. Turner pretendió justificar la operación alegando que las dos embarcaciones llegadas desde Cuba se negaron a izar sus banderas para identificarse y una de ellas –el General Miramón– abrió fuego primero en contra de las suyas. No obstante, dos hechos asentados en su propio diario demuestran la verdad de lo ocurrido: Turner pretendió que los barcos se identificaran a media noche y se tomó atribuciones para actuar con entera libertad en aguas mexicanas. Este segundo hecho fue enfatizado en la reclamación oficial que el gobierno de Miramón hizo al de Washington, el cual respondió que como no reconocía al régimen conservador, sino al instalado en Veracruz, se negaba a dar explicación alguna. Por supuesto, tampoco atendió la demanda de devolver los barcos capturados sino hasta 10 años más tarde, cuando aparentemente regresó al General Miramón completamente inutilizable. El Marqués de La Habana, por su parte, había sido adquirido por los Estados Confederados, que lo convirtieron en el cañonero CSS McRae, hundido el 28 de abril de 1862 en una batalla contra barcos de guerra yanquis.

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Antón Lizardo
La corbeta Saratoga

El episodio tuvo una repercusión decisiva. Gracias al auxilio de Estados Unidos, el gobierno liberal se salvó. Veracruz no fue tomada y eventualmente el bando juarista se recuperó y terminó por triunfar en esa fase del conflicto.

Como en tantos sucesos de la historia de México, particularmente los del siglo XIX, lo ocurrido en Antón Lizardo tiene dos versiones por demás contradictorias: por el lado liberal se dice –palabras más, palabras menos– que el gobierno de Juárez se vio obligado a solicitar la ayuda estadounidense no por la fuerza de los barcos comprados por Miramón, a los que más de un autor llama burlonamente “la escuadra de Papachín”1, sino porque estos iban a ser respaldados en su ofensiva a Veracruz por la flota de guerra española. Se aduce, además, lo ya mencionado sobre la negativa de los buques a identificarse y sobre el hecho de que el General Miramón habría disparado primero. A lo anterior debe añadirse que existe evidencia de que el gobierno español reclamó al estadounidense por la confiscación que este hizo del Marqués de la Habana, lo cual siembra una confusión sobre el verdadero estatus en el que el gobierno de Miramón utilizó a esta última embarcación. Si fue comprada, ¿por qué todo parece indicar que no llevaba la bandera mexicana?, ¿por qué aparentemente seguía teniendo una tripulación española? Y lo más importante: ¿por qué tendría que haber reclamado el gobierno de Madrid al de Washington por un navío que ya no pertenecía a su flota?

La versión conservadora señala que los barcos fueron debidamente comprados, sin detenerse a dar mayores detalles sobre el estatus del Marqués de la Habana, pero insistiendo en que las acciones de Miramón no eran sino una respuesta al Tratado McLane–Ocampo, signado por los ministros de dichos apellidos que representaban, respectivamente, a los gobiernos de Juárez y de James Buchanan. La polémica que rodea a este pacto y el análisis de su contenido merecen otra entrega. Por ahora solo basta mencionar que el Partido Conservador lo juzgó ignominioso para la soberanía nacional, por lo cual consideró justificada cualquier acción para derribar al gobierno juarista. Bajo su óptica, fueron los liberales quienes involucraron primero a un extranjero, al pactar con los estadounidenses la entrega de territorio y la cesión de múltiples concesiones a cambio de fondos. Sin embargo, tres meses antes del McLane–Ocampo la facción conservadora firmó con el gobierno español el Tratado Mon–Almonte, el cual, si bien presenta múltiples diferencias con el de los liberales –las cuales también habrán de ser tratadas posteriormente en este espacio–, no era tampoco un acuerdo muy patriótico que digamos.

Y la secuencia sigue: Miramón, comprados o no, recurrió a barcos extranjeros para enfrentarse a un bando que no tuvo el menor reparo en pedir la ayuda de otra potencia ajena para enfrentarlos. Para los liberales quedará por siempre abierta otra gran pregunta: ¿qué estaban haciendo los buques de guerra estadounidenses en aguas mexicanas? Y para sus apologistas panfletarios el diario de Turner revela una gran mentira que han difundido: la “escuadra de Papachín” no era tal, sino que se componía de dos barcos a los que el capitán estadounidense sí consideró peligrosos por su artillería, razón por la que procedió a capturarlos. Aunado a ello, si las embarcaciones eran tan insignificantes como más de un autor ha pretendido, el gobierno sureño no se hubiese interesado en adquirir una de ellas para incorporarla a su marina de guerra.

Como sea, lo que prueba el incidente de Antón Lizardo es que la cuestión de dilucidar cuál de los dos bandos acudió primero a una potencia extranjera resulta tan compleja como decir si fue primero el huevo o la gallina. También nos demuestra lo interesante que resulta conocer estos episodios casi olvidados, a menudo incluso escondidos adrede. Los liberales propiciaron la intromisión de Estados Unidos en los asuntos mexicanos. Los conservadores la de España. Al final fue Francia la que abiertamente intervino. Y si los conservadores estuvieron del lado de dicha intervención, también es cierto que los liberales siguieron buscando incansablemente la estadounidense, hasta el grado de obtenerla en otros episodios poco difundidos de la historia. Y a cambio de lo que fuera.

Antón Lizardo
Tomás Marín

En cuanto a Tomás Marín, no fue ningún “Papachín”, sino uno de tantos hombres que por haberse plegado al bando conservador hizo que todos sus actos patrióticos quedaran en el olvido, al menos para el gran público. Una biografía suya en la página oficial de la Secretaría de Marina reseña sus prácticamente desconocidas victorias contra embarcaciones estadounidenses en la Guerra de Texas y en la de Intervención de 1846–48, además de que concluye llamándolo “uno de los más distinguidos marinos en la historia de la Armada de México”. Los prolegómenos de las mencionadas victorias formarán parte de la serie contenida en este espacio destinada a contar los verdaderos encuentros de México con barcos de guerra estadounidenses.

1 “Escuadra de Papachín” era una frase despectiva utilizada para definir a un oponente insignificante: “La escuadra de Papachín, un navío y un bergantín”. Hace alusión a Honorato Bonifacio Papachino, almirante de la Real Armada española en el siglo XVII. La expresión procede de una desastrosa derrota que Papachino sufrió en 1688 frente a la Armada de Francia.

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