Ahora es el Covid–19, pero hace un siglo fue la gripe española la que invadió a Puebla

“Que no concurran a lugares de reunión tales como cines, teatros, templos, etc. Evitar así mismo las visitas a casas o habitaciones donde existen enfermos… Todas las personas, pero muy especialmente las que estén obligadas a ponerse en contacto con enfermos de gripa deberán, cada vez que toquen al enfermo, lavarse las manos cuidadosamente con jabón, secarlas y frotarlas durante algunos minutos con un lienzo de algodón empapado de alcohol de 90 grados”.

“Como el contacto con una persona portadora de los gérmenes de la enfermedad es suficiente para producir el contagio deben considerarse como peligrosos: el saludar estrechando la mano, el beso y el abrazo. En consecuencia conviene abstenerse de esos actos”.

Esas, como hoy ocurre con la contingencia marcada por el Covid 19, eran las recomendaciones que hace más de 100 años daban los médicos a la población en general para combatir la epidemia de la gripe española que a nivel local causó decenas de muertes, y a nivel mundial de entre 20 y 40 millones de fallecimientos.


Mediante un documento fechado en octubre 19 de 1918 en la Puebla de Zaragoza, firmado por el doctor Luis Unda, presidente de la Oficina de Salubridad de la ciudad de Puebla, pueden leerse las medidas que, actualmente, siguen los ciudadanos para evitar el contagio del coronavirus, que se encuentra en su fase dos de desarrollo en el país.

En la circular pública reproducida por La Jornada de Oriente y proporcionada por Manuel de Santiago Hernández, colaborador de esta casa editorial, el doctor Luis Unda da una serie de recomendaciones “a efecto de limitar hasta donde sea posible los estragos que pueda causar entre los habitantes de esta ciudad la epidemia que empieza a manifestarse”, es decir, la gripe española o influenza.

Entre los consejos médicos estaban, además del confinamiento y la limpieza, estaban el “abstenerse de excesos de toda clase, procurando especialmente no exponerse a enfriamientos, no desvelarse, dormir el tiempo necesario… y tomar alimentos sanos y sencillos”.

Resalta que además de la desinfección de las manos, se recomendaba asear la nariz poniendo en su interior con “una pomada compuesta de vaselina, ácido bórico al cuatro por ciento y thymol al uno por ciento”; la boca, en cambio, se “desinfectará con frecuencia haciendo buches y gargarismos”; además de que era importante el “aseo corporal y el cambio frecuente de ropa”.

Asimismo, de acuerdo al Consejo Superior de Salubridad en México y algunas autoridades europeas de la época, Unda recomendó como “preservativo el zumo de limón tomado con agua o con infusiones aromáticas… el uso de uno o dos gránulos de sulfuro, de calcio de un centigramo cada cuatro o cinco horas”.

El médico poblano señalaba que, para quienes ya sentían enfermos con un “catarro intenso, tos y calentura”, habría que estar en cama, usar purgantes, sulfatos de sosa y de quinina, así como aspirina cada tres horas, además de provocar el sudor “con bebidas calientes ligeramente alcoholizadas y fricciones estimuladas”.

Más allá de los remedios que la propia familia podía recetar, Unda señalaba que “si los síntomas que se presentan son alarmantes e indican gravedad, es indispensable que el tratamiento sea dirigido por un médico competente”.

“Es absolutamente necesario… mantenerlo enteramente aislado y en contacto solamente con los que estén encargados de su cuidado y éstos antes de ponerse en contacto con personas sanas, deberán asearse las manos, la boca, la nariz y cambiar de ropa”, escribió el presidente de la Oficina de Salubridad de la ciudad de Puebla.

Según Miguel Ángel Cuenya, en su libro Reflexiones en torno a la pandemia de influenza de 1918 en la ciudad de Puebla, el primer entierro registrado causado por el virus gripal se realizó el 10 de octubre de aquel año, nueve días antes de que la oficina de Salubridad de la ciudad de Pueble emitiera la circular.

“Siete días más tarde las defunciones ocasionadas por la enfermedad comenzaron a aumentar; los libros de registro del Panteón Municipal atestiguan el notorio avance de la influenza: el 17 de ese mes fueron cuatro, el 18 cinco, el 21 había saltado a 14, el día 25 de octubre se contabilizaban 41. El número de muertos fue incrementándose día a día, hasta alcanzar su cúspide entre el 28 de octubre y el 5 de noviembre”.

Uno de los fallecidos por aquella pandemia, recuerda Lourdes Elvira Cossío, fue su abuelo, el médico Carlos Tamariz Oropeza, quien murió por atender a los enfermos que revisaba en su consultorio de la 6 Oriente número 13.

“Se contagió por prestar ayuda, por eso murió. Atacó la influenza, éticamente, como médico. Así fue que, atendiendo a los enfermos, entonces, enfermó”, señaló su nieta durante una breve entrevista.

Como también se refiere en el volumen Creo para poder entender, autoría de la antropóloga Anamaría Ashwell, la enfermedad también afectó severamente a la población. “En otoño de 1918, entre septiembre y noviembre, una epidemia letal de influenza abatió a una vasta geografía mundial. Los cálculos de los epidemiólogos aseguran que murieron entre 20 y 40 millones de personas en el mundo”.

La investigadora manifiesta que “en 1918 –la gripe española– atacó a la población más fuerte y más sana y a los más jóvenes. Fue también más benévolo con ancianos y enfermos y poblaciones desnutridas”.

Asimismo, Ashwell da cuenta de cómo, en Cholula, “una circular, pegada en los muros de la ciudad por los mayordomos de la iglesia del santuario de la virgen de Los Remedios, en 1918, dan cuenta de este nuevo brote de peste”, la cual fue calificada de “terrible”.