Sábado, agosto 13, 2022
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Un barco contra una flota

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El barco cañonero transporte Guerrero es sobre todo conocido –al menos en tiempos recientes– por su participación en la Batalla de Topolobampo, en 1914, cuando las fuerzas constitucionalistas y del gobierno federal protagonizaron –en el contexto de la Revolución– el primer episodio bélico aeronaval de la historia de México. El Guerrero, como parte de la Armada al servicio del régimen de Victoriano Huerta, se enfrentó al también cañonero Tampico, del cual se habían apoderado las fuerzas revolucionarias. El 14 de abril esta última embarcación consiguió salvarse de ser destruida debido a la en ese entonces inusual intervención de una aeronave: el biplano Sonora, que atacó al Guerrero, el cual se vio forzado a huir para evitar ser hundido desde el aire. Unos meses más tarde, el 16 de junio del mismo año, ambos barcos volvieron a enfrentarse, resultando esta vez el Tampico hundido por el Guerrero.

Este incidente ha sido ampliamente difundido, especialmente tras el descubrimiento de los restos del Tampico en el fondo de aguas sinaloenses. Sin embargo, otro que involucra al Guerrero permanece misteriosamente oculto por la mayor parte de las fuentes mexicanas, e irónicamente se encuentra mucha más información sobre el mismo en las estadounidenses, pese a la aparente vergüenza que a este país pudiera llegarle a producir el hecho de que un solo barco se haya opuesto en aguas de Nicaragua a una escuadra del país de las barras y las estrellas y al final haya conseguido su objetivo.

El Guerrero fue construido por la casa Vickers Sons Maxims LTD en Inglaterra, en 1908, como parte de un plan de modernización de la Armada de México que se había iniciado años antes, cuando Bernardo Reyes ocupó la cartera de Guerra y Marina. Una vez salido de los astilleros, el cañonero zarpó bajo el mando del capitán de navío Manuel Azueta, quien lo llevó de Liverpool al Pacífico mexicano, en donde entregó el mando al capitán de fragata Hilario Rodríguez Malpica Segovia, en julio de 1909.

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En ese mismo año, como apéndice de un complejo conflicto que desde décadas atrás había involucrado a México, Estados Unidos y casi toda Centroamérica, el presidente de Nicaragua José Santos Zelaya se convirtió en persona non grata para Washington, que decidió entonces proceder de acuerdo con su clásica política intervencionista, pretendiendo arrestar y juzgar en cortes de su país al jefe de Estado nicaragüense, tomando como pretexto para ello el fusilamiento de dos mercenarios estadounidenses que formaban parte de las fuerzas rebeldes al gobierno.

Para intimidar y lograr la captura del mandatario centroamericano, Washington desplegó hasta aguas nicaragüenses a una flota encabezada por el crucero Albany, la cual se conformaba por los también cruceros Des Moines, Tacoma y Prairie; los cañoneros Yorktown y Vicksburg y el minador Hannibal.

En respuesta, el gobierno de Porfirio Díaz envió a Nicaragua al Guerrero. Como bien saben los entendidos en asuntos de guerra naval, muy poco hubiera podido hacer este solitario cañonero en caso de enfrentarse en combate a una fuerza no solo numéricamente superior, sino compuesta en su mayoría por naves de mayor desplazamiento y artillería. Pese a ello, el barco mexicano ancló en aguas nicaragüenses, concretamente en el puerto de Corinto, dispuesto a llevarse a José Santos Zelaya como asilado político a México.

Debido a la presión estadounidense, el presidente de Nicaragua renunció el 14 de diciembre de 1909, tras lo cual fue escoltado por guardias armados hasta abordar el Guerrero, que llevaba órdenes muy específicas para el supuesto de que “la escuadra yanqui lo ataje en su salida de Corinto y le exija con amenazas de vías de hecho la entrega del presidente de Nicaragua, refugiado político a bordo… sin arriar bandera, en formación armada la tripulación y tocándose marcha de honor, taladre los fondos de su barco y lo hunda sin empeñar batalla”.

La noche del 23 de diciembre el Guerrero zarpó de Corinto, que está en la costa nicaragüense que da al Pacífico. Frente a él aguardaban el Albany, el Yorktown y el Vicksburg. El resto de la referida escuadra estadounidense estaba en la costa atlántica de Nicaragua, pero estando ya en pleno uso del Canal de Panamá no hubiese demorado en llegar al lugar de los hechos en caso de habérsele requerido. Sin embargo, ni el Albany ni ninguno de los otros barcos enviados por Washington emprendió acción alguna para impedir que el cañonero mexicano saliera de Nicaragua y llevara a José Santos Zelaya a salvo a Salina Cruz.

barco
José Santos Zelaya

¿A qué se debió esta inusitada pasividad de parte de Estados Unidos, acostumbrado desde entonces a imponer su voluntad en cualquier parte del mundo? La respuesta se complica si entramos al análisis de las causas, lo que conllevaría un estudio pormenorizado de la geopolítica de principios del siglo XX. En vez de ello, y para los propósitos de esta serie, baste decir que Estados Unidos no consideró que valiera la pena entrar en un conflicto con México por Santos Zelaya, quien de nuestro país se iría a Francia y luego –irónicamente– a Nueva York, en donde moriría en 1919.

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