Miércoles, julio 6, 2022
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Tzompantli

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Allá por 2012 se hallaron restos humanos en la denominada Cueva de Comalapa en el Municipio de Frontera Comalapa en el estado de Chiapas. Como era de esperarse, producto de nuestra historia reciente, se dio cuenta del hallazgo a la Fiscalía del estado para que iniciaran con la investigación de lo que se pensó una fosa atribuible al crimen organizado. Sin embargo, al entrar en escena investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), se determinó que se trataba de un hallazgo arqueológico. Según consta en un boletín emitido este año por el INAH a cuento de los resultados encontrados después de una década de estudios, “se han realizado análisis que permiten a los antropólogos físicos del INAH, adentrarse en un contexto funerario de aproximadamente mil años de antigüedad y teorizar incluso que existió un altar de cráneos o tzompantli, en la Cueva de Comalapa”. La nota me interesó en demasía por numerosas razones, principalmente porque está reportando un tzompantli en plena frontera chiapaneca con Guatemala y que “se ha establecido que los restos óseos de la Cueva de Comalapa tienen modificaciones craneales de tipo tabular erecta y que datan del Posclásico Temprano (900 y 1200 d.C.)”. De ser cierto lo anterior, estaríamos hablando de dos posibles ideas: por un lado, que los habitantes de la región habrían recibido influencia del Altiplano Central mexicano -ya sea directa o indirecta- (específicamente de Tula), o que este tipo de prácticas se encontraba diseminada en todo el territorio mesoamericano lo que implicaría que el concepto del tzompantli no necesariamente vendría de las comunidades del norte del país que en algún momento, entre el Clásico Tardío y el Postclásico temprano, habrían migrado a Mesoamérica trayendo consigo numerosas prácticas como el culto a Chac Mool, un incremento de la representación de motivos de guerra -como guerreros y deidades vinculadas a la guerra- y la elaboración de tzompantlis. De hecho, vale decir que el cuerpo humano y sus partes constituyentes, fueron elementos fundamentales en una enorme cantidad de rituales diversos en Mesoamérica. Como lo menciona la Dra. Gabriela Rivera al hablar del sacrificio humano en el portal de Noticonquista, la “evidencia más temprana -del sacrificio humano- es la descubierta por Anderson en los entierros 2 y 3 de la cueva de Coxcatlán, Tehuacán (5750 a.C.), correspondientes a una fase precerámica, en donde fueron hallados dos infantes decapitados con las cabezas intercambiadas y con marcas de descarnamiento. Otras evidencias tempranas se encuentran dispersas por Mesoamérica y el resto del territorio mexicano: Zacatecas, Oaxaca, Ciudad de México y Guatemala por poner algunos ejemplos. Esta evidencia es así mismo prueba de que el sacrificio humano no fue exclusivo de los mexicas, o una invención de los castellanos para justificar la Conquista, como erróneamente suele pensarse”. En efecto, la ofrenda de la vida y de las partes del cuerpo resultó primordial para la Cosmovisión Mesoamericana. Y como bien apunta ella en su aportación, no sólo se ofrendaba la vida o el cuerpo de otra persona, sino que era común el denominado autosacrificio que solía contemplar la sangre de las elites gobernantes y sacerdotales en ritos propiciatorios y de comunicación con ancestros y entidades diversas -entre ellas, las deidades-. Por tanto, la presencia de este posible tzompantli, alude quizá más a la práctica sacrificial y a la disposición de la ofrenda, que a una necesaria influencia de lo tolteca o lo mexica -que todavía no existía para el momento en que está datado el hallazgo.   

Más adelante regresaré al sacrificio en general y al asunto de la ofrenda -y en la que se presenta la cabeza y su importancia-, pero por el momento vale la pena definir primero qué entendemos por tzompantli. De acuerdo con Emilie Carreón Baile en su artículo “Tzompantli, horca y picota. Sacrificio o pena capital”, publicado en 2006 en la revista Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM,   el “término náhuatl tzompantli comúnmente es traducido al castellano como ‘andamio de cráneos’, ‘altar de cráneos’, ‘hilera de cabezas’ y ‘plataforma de calaveras’, a pesar de que, más que una traducción literal, es una transformación del término.  Se trata de una baja plataforma de piedra sobre la cual se levanta un andamio o armazón de madera del cual generalmente cuelgan, perforados horizontal o verticalmente, cráneos o cabezas humanas, atravesadas por varas o delgados postes de madera. No obstante, la palabra se emplea para designar tanto huesos humanos —ya sea un cráneo aislado o un grupo de restos óseos desarticulados— como una o varias cabezas, o bien una plataforma o las huellas de los postes de un bastidor de madera que se piensa alguna vez sostuvo restos humanos”. Efectivamente, al parecer, lo mismo en Chichen Itzá que en Tenochtitlan, existieron numerosas expresiones del tzompantli. Es decir, no sólo se trata de este andamio en donde se colocan las cabezas y que tiene la forma de un ábaco; de hecho, el concepto alude a la presentación de los cráneos en plataformas, ya sea con cabezas reales o en estuco para adornar edificios, como sucede en Chichén Itzá y en Tenochtitlan. Y ello nos lleva a considerar, en principio, dos cuestiones importantes: la primera, la idea pública del tzompantli, es decir, el discurso que proyecta a la población del lugar donde se encuentra ubicado. Carreón lo plantea de esta manera en el artículo antes comentado: “Taussig escribe acerca del espacio de muerte y de su importancia para la creación de significado y conciencia. Explica que tiene ‘una larga y rica cultura. Es donde la imaginación social ha poblado sus metamorfoseantes imágenes del mal y del inframundo: en la tradición occidental, Homero, Virgilio, la Biblia, Dante, El Bosco, la Inquisición, Rimbaud, Joseph Conrad’. En la tradición nativa americana: ‘zonas de visión, comunicación entre seres terrestres y sobre naturales, putrefacción, muerte, renacimiento y génesis’. También advierte que ‘con la conquista y colonización europea, estos espacios de muerte se baten en un estanque común de significadores clave, atando la cultura transformadora del conquistador con aquella del conquistado’”. Por tanto, la categoría “espacio de muerte” podría dar sentido a la relación mesoamericana de vida y muerte, indudable componente de la cosmovisión de estos pueblos, aquella que plantea la idea de los opuestos complementarios sustentada por Alfredo López Austin. Sin embargo, la comparación que harán cronistas e historiadores más adelante considerando al tzompantli como un dispositivo de castigo y de ejecución pública -que es lo que evidencia Carreón en su artículo- no sólo es incorrecta, sino que no nos permite comprender del todo los alcances que una expresión como esta pueden tener. Por ejemplo, Eduardo Matos Moctezuma comenta a raíz del hallazgo del Huey Tzompantli en el Templo Mayor -tal como registra el boletín del INAH- que esta “estructura tenía un simbolismo específico y muchos de estos cráneos podrían ser de enemigos de los mexicas que eran capturados, sacrificados y decapitados, como una advertencia de su poderío”. Otro tanto dice Vera Tiesler en su artículo “Simbolismo de la cabeza en Mesoamérica”, inlcuido en el dossier dedicado al Tzompantli y publicado por la revista Arqueología Mexicana en 2017, pues opina que “bajo el abrigo religioso, las matanzas rituales en masa se convertirían en medidas eficientes para confirmar la supremacía absoluta, mantener el statu quo de las autoridades en turno y controlar a los súbditos”. Bien, no dudo que existiera un sentido político y propagandístico no sólo detrás de esta práctica, sino detrás de muchas otras. Pero quizá vale la pena considerar que no necesariamente la elaboración de estos altares tiene un sentido tan terreno. 

Quizá vale la pena explorar la segunda función del tzompantli y es aquella dirigida al culto y que no siempre es pública -o al menos, ubicada en alguna plaza o espacio concurrido-. Podría ser que esto está relacionado con lo que Johanna Broda expone sobre la ofrenda en su capítulo “Ofrendas mesoamericanas en una perspectiva comparativa”, publicado en el libro “Convocar a los dioses. Ofrendas mesoamericanas. Estudios antropológicos, históricos y comparativos” publicado por la UNAM en 2016: “Propongo definir el concepto de ofrenda como el acto de disponer y colocar en un orden preestablecido ciertos objetos los cuales, además de su significado material, tienen una connotación simbólica que refleja conceptos claves de la cosmovisión, proyectados en el espacio. La ofrenda va dirigida a los seres sobrenaturales, persigue un propósito, es decir pretende obtener un beneficio simbólico o material de estos seres o divinidades”. Siguiendo este argumento, no se debe pensar al tzompantli como un mero medio propagandista o disuasor de disidencias, sino como un altar sumamente complejo donde se fusionan numerosas ideas y concepciones. Después de todo, como menciona la misma Tiesler en el artículo antes comentado, que “los pueblos andinos y mesoamericanos asignaban a la morfología cefálica el papel de locus anímico, sede de la vitalidad humana, y en el caso de los aztecas del alma-calor tonalli”. De hecho, como sucede en la zona andina, numerosas comunidades mesoamericanas relacionaban la cabeza con elementos primordiales de su cosmovisión como, por ejemplo, el maíz, y representaban a deidades -como el dios joven del maíz- y gobernantes con la cabeza en forma de mazorca. Algo similar sucede en Cacaxtla con la pintura de la escalinata donde de la planta del maíz emergen mazorcas que son cabezas de personas. De hecho, la idea de que las cabezas se equiparen a la simiente fundante y se conviertan, según Tiesler, en “dones consumibles para nutrir lo divino durante y después del sacrificio humano, convirtiéndose su casco cefálico en la semilla vitalizante, equiparable quizá con los granos del maíz”, arroja otra perspectiva. Por tanto, si consideramos que las ofrendas implican la “existencia de un lenguaje y simbolismo de los objetos”, como sostiene Broda y las cabezas tendrían este sentido de “semilla vitalizante”, entonces el tzompantli es un altar donde se ofrenda acaso lo más importante de una cultura y trasciende su papel meramente político y discursivo, máxime cuando hablamos de que el tzompantli encontrado en Chiapas está en una cueva, no en un sitio público. Como vemos, un hallazgo como este nos brinda enormes posibilidades para el estudio de Mesoamérica, de las posibles relaciones de los grupos diversos que la habitaban y de la fascinante forma en que concebían su mundo. Sobra decir que el horror y la condena producto de un excesivo cristianismo y de nuestra mentalidad moderna deben quedar totalmente fuera de la discusión porque, no sólo no tienen relación con el pensamiento de estos pueblos, sino porque pueden hacer que no entendamos a profundidad expresiones tan complejas como esta. Falta mucho por desentrañar, pero la discusión se ve fascinante.  

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