Viernes, febrero 23, 2024

Tributo a Bobby Charlton

Hace ya más de un mes que Robert Charlton desapareció de la faz de la Tierra y se fue con él el más grande futbolista inglés de todos los tiempos. Esta columna le debía un tributo adecuado a su historial incomparable, su calidad humana y la profunda huella que dejó de su paso por las canchas. Sobreviviente, con su hacedor Matt Busby, de la catástrofe del aeropuerto de Múnich una década antes de la consagración de ambos, Busby en el banco y Bobby Charlton con la casaca roja del United. Campeón del mundo y también, con su Manchester, de la Copa de Europa original, disputada y ganada en el emblemático año 68, junto con Best, Foulkes, Stiles, Kidd… al formidable Benfica de Eusebio, José Augusto, Torres, Simoes, Coluna y Jaime Graca. Ambas finales tuvieron a Wembley por escenario. Como lo había sido también de la semifinal de la World Cup 66, precisamente contra Portugal, con cuya crónica rendimos hoy justo homenaje a su señorío y grandeza. 


Bobby Charlton, caballero de la reina

Londres, 26 de julio de 1966. Robert Charlton, nacido en Ashington en octubre de 1937, de una familia de mineros que en sus ratos de intemperie practicaban el futbol, fue el tercer profesional del balón a quien la corona británica confirió el status de Sir, después de Stanley Mathews y Alf Ramsey. Lo ganó en el campo, guiando al equipo inglés hasta el título mundial y coronándose sin discusión as de ases de la World Cup 66, por encima incluso del asombroso Eusebio da Silva, gran goleador del certamen.   

El menor de los Charlton había sobrevivido al espantoso accidente del aeropuerto de Múnich que devoró entre llamas al legendario Manchester United de Matt Busby, también predestinado, como director técnico, a superar las secuelas de aquella trágica noche de 1958. Ambos levantarían, ante la multitud reunida en Wembley una tarde de mayo, diez años después, la Copa de Europa de clubes campeones. Pero antes, en el día crucial de una carrera rica en gestas y prodigios de alta escuela, Bobby había conducido a Inglaterra a su final soñada, la que como anfitriona de un mundial de ninguna manera podía permitirse perder. Para ello, debió vencer antes a Portugal, la sensación del torneo tras arrasar el grupo de la muerte (Brasil, Hungría, Portugal, Bulgaria) y protagonizar contra los coreanos el partido más emotivo de la Copa. 

Mientras eso sucedía en Liverpool, en otro de los cuartos de final Wembley se entregaba a un tenso y prolongado silencio, solamente roto cuando Geoff Hurst logró vencer la meta argentina muy cerca ya del minuto 90. Fue la tarde en que un silbante alemán expulsó a Rattin porque se había dirigido a él con cara de pocos amigos (la única que el capitán albiceleste tenía). Al término del accidentado encuentro, Ramsey, director técnico británico, debió soportar un alud de justas críticas: jugando así, su equipo difícilmente alcanzaría el gran objetivo, la victoria absoluta que la patria del futbol jamás había rozado. En tal estado de nervios, al adusto entrenador no se le ocurrió cosa mejor que llamar “animales” a los argentinos. Más gasolina al fuego.  

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Contra los lusos, el menor de los Charlton –su hermano Jackie jugaba la defensa central–tomó las cosas por su cuenta. No sólo empuñó la batuta con reconcentrada maestría, también se dio tiempo para marcar los dos tantos de su equipo ante un inoperante Portugal, cuyo temible, versátil y contundente ataque (14 tantos en cuatro partidos) súbitamente se llamó a silencio. 

Su primer gol llegó a los 30´, mandando a puerta un rechace de Costa Pereira que había tapado con el cuerpo el fusilamiento de Hunt; el definitivo a los 80´, coronando con sencillez y precisión –raso y al rincón– otra de las espaciadas ofensivas británicas. En ambos casos, el mítico zurdo del United utilizó un solo y preciso toque de su empeine derecho justo antes de pisar el área y utilizando más que la violencia la colocación. 

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Pocos han echado cuentas de que los cuatro goles de Bobby Charlton en Copas del Mundo fueron hechos todos con el pie derecho. El primero se lo marcó a Argentina en Chile 62, el segundo a México en la ronda inicial de la World Cupm y fueron ambos un derroche de habilidad y clase de belleza sobrecogedora. Contra Portugal, en cambio, eligió la eficacia. 

En realidad, Inglaterra no necesitó hacer un gran partido para superar a los lusos, completamente desambientados sobre el pasto sagrado de Wembley tras haber librado todos sus compromisos anteriores en Goodison Park. Ahí debió jugarse también éste, pero el comité organizador cabildeó a última hora un cambio de sede que la FIFA no iba a atreverse a negarle. 

No sería la única anomalía en torno a esta semifinal: días después, en una recepción que se suponía libre de periodistas, el árbitro francés Pierre Schwinte, copa de champán en mano, confesaba a un desconocido que había dejado pasar una segunda mano de Jackie Charlton en el área inglesa porque “no era conveniente marcar dos penales al equipo anfitrión en los minutos finales”. En efecto, el gol visitante lo había anotado Eusebio a los 82 minutos lanzando a la derecha de Banks un penalti por mano de la Jirafa, como se conocía informalmente al mayor de los Charlton. Nadie sabe qué clase de duelo hubiera podido producirse en el seno de la familia Charlton si el silbante galo llega a sancionar la segunda infracción de Jackie, el cumplido artesano de la zaga, que a punto estuvo de anular con su largo brazo lo que Bobby, el mediocampista genial, acababa de cincelar con su privilegiado cambio de perfiles y la precisión de su empeine diestro.  

Quizá fue mejor así, porque Sir Bobby Charlton ha sido –por clase, talento y generosidad–, el gigante indiscutible entre los mayores futbolistas ingleses. (Reiba, Horacio. Baile de marcadores mundialista. Edit. BUAP, 2014. pp 56-59) 


Una final más. Cuando parecía que ¡por fin! la liguilla nuestra de cada semestre iba a tener en la final a los dos mejores de un torneo para el olvido frente a frente, el América se dejó ganar en casa un partido de bostezo capaz de despertar toda clase de suspicacias. La semifinal entre el equipo de Jardine y el de Leal, brasileños los dos, maestro y discípulo, yo te goleo allá y tú te desquitas acá, me aseguro yo en la ida y tú salvas el pellejo en la vuelta, un puro y perfecto ganar-ganar a conveniencia de ambos… ¿Perfecto? Porque la silbatina final del sábado en el Azteca todavía resuena, No eran muchos los presentes pero su denso abucheo sigue ahí. Y qué caras tan inexpresivas, tan raras en la banca americanista, qué extraño todo. Y, sobre todo, qué necesidad…     

Miren que salirnos con su gracia cuando ¡al fin! parecía perfilarse una final digna de ese nombre. Y me refiero, claro, a un promisorio América–Tigres, por más que en este momento ignoro aún si Tigres habrá completado su parte de la tarea, confirmando en el Volcán la neta superioridad sobre Pumas expuesta en el partido ida del México 68. Confío en que lo haya hecho, pues se pierde en las brumas de la memoria la última vez que Pumas pudo salir airoso del vetusto coliseo de la universidad neoleonesa, y la verdad es que nadie, a estas alturas, se atrevería a apostar un cacahuate por la escuadra del Turco Mohamed, cuyo pico máximo parece haber sido el encuentro de vuelta del domingo anterior, con paseo y goleada a expensas del Guadalajara y la tribuna en llamas, coreando al Chino Huerta como preámbulo de la afonía forzosa provocada por la visita de Tigres a media semana que sofocó cualquier intento de apoyo coral a un equipo que ni cosquillas pudo hacerle al de Robert Dante Siboldi en su primer lance semifinal. Y no parece Con que ni el Puma ni el Turco ni el Chino sean una amenaza real para el campeón que defiende su título.  

Volviendo al América, superlíder y principal candidato a la corona, lo que en perspectiva parecía un alegre entrenamiento en la devolución de visita del San Luis luego del 0-5 del miércoles, se convirtió en fuente de toda clase de sospechas. Pudo haber o no “arreglo”, esas cosas nunca se saben con certeza, pero para la gente que fue al Azteca, americanistas casi todos, el tamaño de la decepción abre la puerta a especulaciones interminables. Con los dos brasileños al mando –Jardine y Leal– como blanco de las iras, dudas y reproches de la frustrada afición. Frustración que sólo se aliviará si las Águilas se alzan con la victoria final. 


Tigres, por su parte, ganaba con el raquítico 0-1 del jueves, saldo corto pero significativo de su visita  a CU, lo que no quiere decir que no haya superado de cabo a rabo a su rival; eso sí, tuvo que mediar el fallido lance de Julio González que facilitó el solitario gol de Angulo (73´), confirmación de que, sin Gignac, el ataque neoleonés pierde un altísimo porcentaje de efectividad. Aun así, no se veía cómo pudieran a arrebatarles el pase a la final unos Pumas con más garra y partidarios que clase.  

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