Sábado, junio 15, 2024

Toros y política

Destacamos

El matador Rafael Ortega acaba de recibir la constancia de mayoría que lo convierte oficialmente en presidente municipal electo de su natal Apizaco, donde el Señor de los tres tercios cuenta con el aprecio de sus conciudadanos, que le otorgaron su voto en cantidad levemente superior a la de su contendiente panista. Es de desear, en bien de todos, que la buena disposición y frecuente acierto que Rafael ha tenido en el ruedo lo acompañe durante sus actividades como funcionario público. Apizaco tiene la problemática típica de una ciudad media –es la segunda en importancia del estado de Tlaxcala–, y el diestro, que aparentemente va a alternar su flamante investidura con la profesión taurina, va a necesitar en ambos terrenos la firmeza y el valor que como lidiador lo han distinguido.

 

Antecedentes varios

 

No es el de Rafa Ortega el primer caso de un espada dispuesto a cambiar el vestido de luces por la tenebra política. Hace unos años y en su mismo terruño apizaquense, El Pana fue postulado a una diputación por el Partido Acción Nacional (PAN), sólo que el recuento comicial le resultó desfavorable, pues las simpatías de que goza entre sus paisanos el pintoresco lidiador por lo visto no consiguieron rebasar desconfianzas suscitadas por su desigual y arrebatado temperamento.

Mejor fortuna que Rodolfo Rodríguez tuvieron otros matadores que se postularon para alcaldes a lo largo del siglo XX mexicano. Silverio Pérez, el queridísimo y universal compadre, además de Faraón de Texcoco fue electo por dos veces alcalde de su pueblo, para los trienios de 1958–60 y 1964–66; en el ínterin, fue diputado de distrito y todo mundo habló en términos elogiosos de su gestión, cercano siempre a las necesidades de la gente y sin que hubiera asomo alguno del hoy inevitable enriquecimiento ilícito. También encomiable fue el desempeño de Joselito Huerta como alcalde de Atizapán de Zaragoza, la localidad cercana al Distrito federal donde residía; a diferencia de Silverio, ya retirado cuando incursionó en la política, José aún triunfaba fuerte en los ruedos como rugiente León de Tetela en aquel 1972 en que resultó electo.

Pero el primer antecedente mexicano data de tiempos pretéritos, cuando en los años veinte del siglo pasado, el malogrado Merced Gómez gobernó Mixcoac, todavía un municipio más del estado de México. Y no lo habrá hecho nada mal –como tampoco Silverio ni José Huerta– pues existe en la actual delegación que suplantó al antiquísimo pueblo una calle con su nombre. Éste Merced alcanzó efímera nombradía en la temporada novilleril de 1912 –entre el tiroteo revolucionario no hacía menos ruido su rivalidad con Luis Freg– pero su carrera quedó cortada de tajo una noche de timba y copas, cuando el Carbonero de Madrid, oscuro novillero, lo agredió navaja en mano por disputas relacionadas con el juego, con tan fatal tino que le seccionó la femoral y, agresión que, al costarle la pierna, lo retiró de la profesión. No fue el último infortunio del futuro alcalde, pues Merced Gómez encontraría una muerte prematura y trágica, sepultado por el derrumbe de una mina de arena de su localidad, negocio al que había encaminado sus pasos al abandonar la política.

Por cierto, el general Luis León fue un revolucionario connotado que, sin ser torero profesional, ejerció de magnífico aficionado práctico y llegó a vestir el terno de luces, antes de convertirse en ministro del gobierno de Álvaro Obregón, cuya afición por las corridas era tal que en temporada grande nunca faltó, salvo fuerza mayor, a su barrera de sombra durante los años que duró su mandato (1920–24), una vez desaparecido –por oscura intervención del propio Manco de Celaya– Venustiano Carranza, que siendo presidente había abolido las corridas de toros en el Distrito Federal. Entre los ayudantes cercanos del Primer Jefe constitucionalista figuraba un sobrino suyo, norteño como él y militar e ingeniero como Luis León, que a la larga tendría un hijo torero llamado Manolo Martínez.

 

En España

 

Probablemente el ex matador de toros que más alto y fuerte pisó la arena política haya sido Luis Mazzantini y Eguía, aquel recio lidiador vasco que hacia 1919, ya retirado, fue nombrado alcalde de una demarcación madrileña, y en los primeros años veinte años sería efímero gobernador civil de Guadalajara y más tarde de Ávila, postulado siempre por el partido conservador, y removido en ambas ocasiones porque al parecer el rigor y rigidez de su carácter casaban mal con los diversos intereses en juego. Éste Mazzantini fue el primero en romper con la tradición de escalar a la categoría de matador partiendo del oficio de subalterno, y el primer espada famoso que alternó en los salones de la alta sociedad de su tiempo, pues era políglota, amante de la ópera y de modales refinados que no concordaban con la imagen típica, aflamencada y agreste, del torero de la época. En la plaza, en cambio, se movía con suma torpeza, y su celebridad se debió únicamente a las grandes estocadas que propinaba, con gran pureza de estilo.

Antes, en el siglo XIX y albores del XX, desempeñaron cargos públicos, aprovechando su nombradía como toreros, El Americano, Lobito, Algabeño padre, Enrique Vargas “Minuto” e incluso figuras tan connotadas en la segunda mitad del 800 como Cara Ancha y El Gordito.

Durante el resto del siglo XX, copado durante casi cuarenta años por la dictadura franquista, el omnipresente caudillo se mantuvo cerca de los toreros que mayor popularidad podían granjearle, y prácticamente todos ellos accedían a participar gratuitamente en el anual festival de navidad, pero sin atreverse a incursionar en el terreno de la política, más allá de pasajes anecdóticos como la invariable presencia del generalísimo en las corridas de Beneficencia, y la obligada presencia en el palco de honor de los diestros alternantes. Además, para simular una cercanía con el pueblo que nunca sintió, Franco solía invitar a su coto de caza de El Pardo a los espadas de máximo cartel, incluido Luis Miguel Dominguín, que se decía comunista, o El Cordobés, cuyo padre murió en prisión, tras haber combatido al franquismo como miliciano.

Ni qué decir tiene que, a la hora de la verdad, todos ellos se mostraron obsequiosos y complacientes con el Caudillo.

 

Media belmontina

 

Cuentan que Juan Belmonte, en charla de amigos, fue interrogado por uno de los contertulios acerca de cierto banderillero suyo que acababa de ser nombrado alcalde de su pueblo; “¿Y cómo es que pudo lograrlo?”, fue la pregunta. “Pues ya lo verás, tú –contestó el trianero–… degenerando, hombre… degenerando.” Una respuesta que compendia admirablemente el abismo entre los valores de la ética taurina –que se despliegan a la vista del público– y los de la política, famosamente retorcidos y opacos.

Aunque esa visión idílica de los valores inmutables del toreo es frecuentemente puesta en entredicho por la cruda realidad de los hechos. Existe, qué duda cabe, una activa política interna en el mundo del toro, latente entre su gente la tentación de manipular a conveniencia los hilos del negocio con la clara intención de influir en las decisiones empresariales, mediáticas o del colectivo coletudo en beneficio propio y en perjuicio de otros actores. Y la historia de la tauromaquia es rica en (malos) ejemplos de ese jaez, desde vetos velados o abiertos hasta boicots como el que en 1936 expulsó de España a los toreros mexicanos –el boicot del miedo, lo llamó Belmonte– o las maniobras de la dupla Herrerías–Ponce para bloquear o dificultar al máximo el acceso a la México de José Tomás. Éste, como caso excepcional, ha sido considerado contrario a la monarquía y simpatizante de la república a partir de la tarde en que omitió brindarle un toro al rey Juan Carlos. Pero habría que recordar que el padre de Tomás fue alcalde de Galapagar por el derechista PP. En realidad, que yo recuerdo ahora, las únicas figuras señeras que alguna vez se declararon públicamente de izquierdas son Antonio Chenel “Antoñete” y José Miguel Arroyo “Joselito”. El resto de la torería de aquí y de allá, incluidos Dominguín y El Cordobés, se han mantenido tradicionalmente en posiciones conservadoras.

Aunque como ejemplo de lo políticamente correcto, qué mejor que el actual activismo de los taurofóbicos, empeñados en la abolición de las corridas de toros a nombre del desarrollo civilizatorio y bajo el emblema de esa presunta superioridad moral que les hace abominar de la manifiesta barbarie representada por toreros, taurinos y taurófilos. Civilización, animalismo, ecología… como si no estuviera a la vista el talante involucionista de una globalización que, bajo directrices anglosajonas, se dedica a triturar impunemente y por igual a la humanidad y a la  naturaleza, amenazando seriamente nuestro futuro. Y no sólo el taurino.

Lo cual en nada estorba que se le desee a Rafael Ortega la mayor suerte del mundo para enfrentar, con ánimo resuelto, muleta garra y mente despejada, al morlaco que los comicios del pasado día 7 le depararon.

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